Al atravesar la delgada línea roja de las texturas visuales de la obra de Andrés Bustamante, que se expone en el Centro de Extensión de la Universidad de Talca, hasta el 14 de noviembre, se palpa la otra voz de la tierra, el origen de lo primigenio, lo que perdura: el vestigio de las maderas nobles que un día fueron árbol, guardapolvos de una casa o maderas trituradas para convertirse en aserrín. Esta muestra devela colores intensos y genuinos de la tierra, además de las formas que generan los distintos volúmenes.
La idea del artista es marcar los territorios desde lo cotidiano, en donde las líneas son necesarias, y bien pueden ser verticales, diagonales, horizontales, todas representadas dentro de la obra a modo de pequeñas vigas que sustentan lo construido, vestigio de la existencia y también de la sobrevivencia amada.
Si cerráramos los ojos y pusiéramos los dedos en señal de una lectura Braille, sentiríamos la calidez de la madera, el color imaginario, la textura silenciosa de la materialidad, el tacto que abre los ojos para hacernos ver el misterio de aquellas líneas verticales que atraviesan otras inclinadas, y que recorren otras horizontales. Percibiríamos, también, los pequeños espacios, las diminutas murallas de trazos, que potencian la transversalidad de esta obra laberíntica.
Así, estas pequeñas esculturas a tabla rasa, son diminutas geografías que mezclan el volumen, espacio y color, los que cohabitan en tres dimensiones volumétricas. El artista Andrés Bustamante se hace constructor para dejar vestigio en el arte, para señalar que no todo se ha perdido, que la obra perdura más allá del imaginario colectivo.