Para enfrentar el presente, se requiere conocer y valorar nuestra identidad, nuestras raíces, las que van ligadas directamente al patrimonio natural y cultural, tanto tangible como intangible.
Se considera patrimonio cultura material, a todo el conjunto de bienes muebles o inmuebles, heredados de los antepasados, que nos sitúa de manera actual en el entorno en el que vivimos y que, desde una nueva perspectiva, nos impulsa a proyectarnos al futuro. Los bienes inmuebles que conforman el patrimonio arquitectónico y urbanístico de una ciudad constituyen uno de los tesoros patrimoniales más importantes para una comunidad, ya que representan la memoria viva de la historia de una ciudad y su cultura.
Por otro lado, el patrimonio inmueble es la evidencia tangible de la riqueza cultural de la ciudad, que abarca a la arquitectura desde sus orígenes, a la modernidad actual. Su valor reside en el hecho de que a partir del patrimonio arquitectónico es posible leer y entender la historia de un pueblo o comunidad, pues refleja la idiosincrasia de sus habitantes, la evolución y transformación de su sociedad, y se convierte en motivo de legítimo orgullo de su presente.
La conservación de nuestro patrimonio inmueble es imprescindible, pues es el registro visual y material de las diferentes épocas que han marcado la evolución y desarrollo de la ciudad. Nuestro patrimonio cultural es rico y vulnerable, su protección corresponde a cada ciudadano, y la estrategia para cuidarlo es a través de la educación, y la formación de valores culturales desde niños.
Luchar por el mantenimiento y florecimiento cultural es luchar por el equilibrio ecológico, el desarrollo económico, la valoración del pasado. Entender el presente y soñar el futuro de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos es más que una prioridad.