María Luisa Bombal Anthes Editorial Andrés Bello (2000), 450 páginas
Es considerada una de las figuras de la literatura hispanoamericana, a pesar de su breve obra. María Luisa Bombal Anthes (nacida en Viña del Mar en 1910, muerta en 1980) se trasladó a París, en 1923, tras la muerte de su padre. Sus estudios superiores los curso en la Universidad de la Sorbona, donde se licenció en filosofía y letras. Luego viajó a Buenos Aires, donde inició su carrera literaria colaborando en la mítica revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo. Continuó con sus viajes, antes de regresar a Chile. Esta notable edición de obras completas contiene las dos novelas cortas escritas por Bombal, sus cuentos y algunas notas autobiográficas. En 1935, con tan sólo veinticuatro años, publicó La última niebla. Se trata del relato en primera persona de una mujer nostálgica, que da cuenta de su frustración y de sus delirios. De su particular mundo, marcado por el recuerdo de un romance, que quizás sea pura ensoñación, pero que es mejor que el aciago presente de su existencia. Es inútil separar los hechos de la ilusión. La realidad aparece en la historia de mano de Regina, concuñada de la protagonista, y su amante, de carne y hueso, que la lleva a pegarse un tiro. En 1938 se publica La amortajada, en donde, nuevamente, la profundidad de lo femenino es expuesto al mundo por la escritora. Pero ahora el experimento narrativo es más radical, pues la muerta es en parte narradora y protagonista. Mientras la velan, antes de enterrarla, aparecen los hombres de su vida (y la narradora explica la importancia de esa presencia: â¿Por qué, por qué la naturaleza de la mujer ha de ser tal que tenga que ser un hombre el eje de su vida?â). Los contornos de la realidad se hacen difusos. El enfoque subjetivo de la historia, que trasciende la muerte, nos impone una perspectiva alejada de lo puramente exterior. La conciencia es también realidad. El resto de los cuentos reafirman lo notable de esta viñamarina, la densidad de su relato y lo novedoso de su literatura. Se niega a adornar sus historias con lo pintoresco descriptivo del Chile de su época, lo que le da universalidad a sus relatos.