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EDICIÓN | Octubre 2015

Rostros vivos

María Eugenia Selamé Zacarías artista
Rostros vivos

La artista ha expuesto en Santiago y en importantes espacios de la región, como el Edificio Consistorial de la Municipalidad de Valparaíso, el Casino Enjoy de Viña del Mar y en la Cámara de Diputados de Chile. Hoy está pronta a retomar los pinceles, con varios cuadros encaminados y otros en mente que, de seguro, verán la luz este año.

Por Maureen Berger H. fotografía Teresa Lamas G.

Cuando tenía ocho años, María Eugenia Selamé Zacarías, no había día en que no estuviera dibujando; a veces, incluso, se encerraba para que la dejaran pintar tranquila: “me salían tan lindos los retratos que no me creían que los hacía yo”, recuerda la artista que ya entonces soñaba con ingresar a la Escuela de Bellas Artes. Su niñez la pasó en Talca, influenciada especialmente por un tío —Salvador Zacarías— que tenía el don del arte y pintaba maravillosos y enormes cuadros que a ella impresionaban muchísimo. Tuvo que esperar bastante para que en su familia le dieran permiso para seguir su pasión y recién a los quince años, ya viviendo en Santiago, la dejaron entrar a un taller.

Pero no tomó cualquier curso, sino que ingresó a aprender con el destacado profesor alemán Kurt Herdan de la Academia Tótila Albert, donde permaneció tres fructíferos años. A los dieciocho pudo ingresar a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Tras pasar por un exhaustivo examen de admisión, fue aceptada y recibió un constante incentivo durante sus primeros años de estudiante de dibujo, acuarela y pintura, iniciados en 1962, por parte de Israel Roa, Fernando Morales Jordán, Reinaldo Villaseñor y Carlos Pedraza, entre otros. Incluso, obtuvo la Medalla de Bronce en el Salón Nacional de dicha academia. “Estuve toda la carrera, fueron seis años, pero curiosamente a mí lo que me motivaba era pintar y aprender, vivía para el arte, nada más, por eso ni siquiera fui a buscar mi diploma de título” (ríe).

Efectivamente, ese vínculo estrecho con las telas, los tubos de óleo y los pinceles son los que han atraído por décadas a María Eugenia, a quien le costó mucho decidirse a exponer por primera vez. “Soy muy quitada de bulla, el proceso finaliza y termino un cuadro cuando me convence el resultado. No busco los aplausos ni la exhibición, para nada”. Esta fuerte razón llevó a que, en un comienzo, sus obras se distribuyeran en casas de amigos y familiares que tras mucho insistir, conseguían que ella les vendiera sus creaciones. Además, a fines de los años sesenta se casó con el viñamarino Nasro Maluk (Q.E.P.D.) y se fue a vivir a la Ciudad Jardín. “En ese momento hice una larga pausa en mi faceta de artista. Primero por las labores de esposa, y luego, porque nacieron mis hijos, Juan Pablo y María Eugenia”.

Gracias a unos amigos de Santiago, la artista aceptó exponer, por primera vez, en la casa de uno de ellos. Y la respuesta fue impresionante, el público asistente quedó muy admirado con su trabajo y compraron varias obras. Esto generó un nuevo impulso en María Eugenia, quien se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar, bajo los consejos y tutela de su director, Luis Labraña Muñoz. “No quería hacer carrera para transformarme en profesora ni mucho menos. Yo solo deseaba un espacio para pintar, un taller amplio y un ambiente idóneo como el que otorga el Palacio Vergara”. Así, se quedó varios años asistiendo algunos días de la semana, para plasmar sus obras, participando de diversas exposiciones colectivas y otras individuales, como la que realizó en 1989 sobre cerros y lugares clásicos de Valparaíso, en el Centro Cultural de Reñaca. Hasta que por motivos familiares, optó por asentar su taller en su propio hogar, donde existe hasta la actualidad.

¿Cómo es su proceso creativo?
La inspiración nace de alguna imagen de personas que fotografié alguna vez, de una imagen que vi en un diario o en un libro de arte. Me inspira lo humano, las caras, los retratos, mostrar el colorido; yo vivo con la figura humana, me gusta su desarrollo. Dibujo con carboncillo, hago un acuarelado y luego un empaste con colores intensos al óleo y fondos más livianos, pero envolventes y unidos con el resto.

Usted ha expuesto en espacios muy importantes de la región, ¿cómo fue dicha experiencia?
Primero debo agradecer a quienes fueron responsables de ellos, sin el ímpetu de mi amiga Silvia Zahr (Q.E.P.D.) y de mis hijos, no lo hubiese hecho jamás. Incluso estamos hablando de muestras bien recientes, la del Edificio Consistorial de la Municipalidad de Valparaíso (Mujer: Femineidad, belleza, espiritualidad) y el Casino de Viña del Mar (Encantos Pictóricos) ocurrieron el 2013 y en la Cámara de Diputados de Chile (30 Joyas Pictóricas) fue el 2014. Todas fueron experiencias increíbles, donde yo me dediqué a observar y escuchar las impresiones de los invitados, que me dejaron muy contenta. Los expertos —como Jorge Salomó— también alabaron mi técnica, y eso tiene que ver con los años de estudio y dedicación para aprender esto, que es lo único que me apasiona.

¿Cómo define su estilo?
En una ocasión, Milan Ivelic, cuando era director del Museo Nacional de Bellas Artes, me felicitó por mi técnica y me dijo que él me podía ayudar y conectar, si me aventuraba por un estilo más moderno y actual. Pero yo le di las gracias y le dije que, en realidad, no me interesaba. Yo siento que lo mío es más impresionista, clásico, tal como el estilo de pintores que admiro mucho, como Pierre Auguste Renoir, Joaquín Sorolla y Benito Rebolledo Correa.

¿Cuáles son las tres obras que más le enorgullecen?
El beduino saudí, por la fuerza del personaje que realmente está vivo en la tela; Carnaval veneciano, por su colorido y femineidad y Misteriosa sensualidad, debido a la sutileza de sus líneas y el movimiento. Todas mis obras expresan sensualidad, pasión, belleza, espiritualidad, ternura y melancolía.

¿Dónde le gustaría exponer ahora?
Primero tengo que volver a pintar, pues hace seis meses que no tomo un pincel, ni retomo cuadros que quedaron a medio terminar en el caballete, debido a que quedé viuda recientemente. Sin embargo, mi hijo Juan Pablo me dice que el siguiente paso es exponer en el Palacio Cultural de La Moneda o algunas de las galerías privadas de Santiago y yo… lo estoy pensando.

 

"No quería hacer carrera para transformarme en profesora ni mucho menos. Yo solo deseaba un espacio para pintar”.

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