Como un gran desafío, hace algunos años se proyectó, para el bicentenario, la recuperación de los espacios públicos, tanto en Santiago como en regiones; algunos se concretaron, pero muchos quedaron en el papel, por diversas razones. Esta carencia ha llevado a las personas a no valorizar su propia ciudad y, por lo tanto, a carecer de una cultura urbana, entendida esta como el conjunto de valores que median las relaciones de los ciudadanos entre sí y de estos con la ciudad. Así se ha generado un individualismo âpuertas adentroâ, en donde el entorno no tiene mayor importancia. Tan importante como la cultura urbana es la ciudadana, que es la incorporación de un conjunto de normas a la vida cotidiana de las personas que permiten usar la ciudad y establecer relaciones entre desconocidos. La cultura ciudadana busca, construir convivencia mediante dos tipos de estrategias: la autorregulación de personas y grupos, esto es, la observancia de normas por voluntad y convicción propias, y el ejercicio legítimo de la autoridad. De esta manera, tenemos que la cultura urbana, cuando se desarrolla y consolida, produce la unidad de lo diverso edificada sobre el respeto por la diferencia, y a su vez, la cultura ciudadana se propone construir convivencia sustentada en normas de comportamiento. Pero para que eso sea así, los promotores de ambas líneas deben comprender la lógica y el funcionamiento de la ciudad y sus participantes, y estos últimos involucrarse más y tomar conciencia de la importancia de la vida que constituyen los espacios públicos.