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EDICIÓN | Octubre 2015

Indolente

Por Carolina Arias Salgado @carolaarias Ilustración: María de los Ángeles Pradenas M.
Indolente

Leí por ahí que este era el único país del mundo donde después de un terremoto, de un tsunami y de réplicas constantes, al otro día la población se levanta a trabajar como si nada. ¿A qué se referirá? ¿Tal vez a la impresionante capacidad de sobreponernos ante las catástrofes, o a que ocurren tan a menudo que ya no nos impresionamos o, simplemente, que somos unos indolentes?

Pueden ser las tres alternativas al mismo tiempo; superficialmente puedo decir que entre tanta réplica telúrica, estuve a un tris de dejar de sentirlas y tomarlas como algo habitual en mi día. Y a veces pienso eso, que nos acostumbramos y ya nada nos sorprende intrínsecamente. Que la sorpresa, la emoción y la empatía, no son nada más que algo momentáneo. El terremoto es solo un ejemplo, ya no hablamos de él ni de sus consecuencias.

Hace un par de semanas mirábamos llenos de tristeza la imagen de un niño muerto en las costas de una playa. Huía junto a su familia, buscaba un refugio. Eso es un refugiado, alguien que necesita refugio. Prontamente superamos la imagen y olvidamos toda la historia. ¿Habrá olvidado este país que hace no tantos años el mundo entero recibió refugiados chilenos, que se vieron obligados a salir, algunos de manera voluntaria otros obligados, que se subieron a un avión con lo puesto sin saber si algún día regresarían?

Es verdad, Chile ha recibido inmigrantes, qué mayor ejemplo que el barco español Winnipeg, en 1939, gestionado por Neruda o más bien por su señora Delia. Ese barco llegó lleno de esperanzados y al parecer fueron bien recibidos. Tal vez ese barco es el mayor ejemplo de un buen resultado. Pero de eso, han pasado demasiados años. Mucho tiempo después y con menos bombos llegaron veintiséis yugoslavos huyendo de la guerra. El programa de reasentamiento claramente no funcionó con ellos, pues luego de sufrir el abandono del país que los recibía, de vivir en la miseria incluso mendigando, la mayoría abandonó el territorio en busca de mejores condiciones. Y así podemos seguir; en 1998 un grupo de refugiados Palestinos se distribuyó por el país, al igual que el caso anterior, varios volvieron a huir.

¿Ven? al parecer olvidar es fácil por estos lugares. Qué malos anfitriones. De verdad pienso que somos un país apto para recibir refugiados, para empatizar y acomodarnos a nuevas costumbres. El problema es que una vez que llegan los olvidamos pronto, negando toda posibilidad de adaptación. Existen entidades encargadas de los refugiados en cada país, pero somos nosotros los que tenemos que acoger e insertarlos en nuestra cotidianidad. Aquí tenemos espacio.

 

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