Tell Magazine

Columnas » Presta Oído

EDICIÓN | Octubre 2015

Ni Pink ni Floyd

Por Marcelo Contreras
Ni Pink ni Floyd

Escribo esto mientras la gente comenta en redes sociales que David Gilmour ha vendido prácticamente todo el Estadio Nacional para su concierto del próximo 20 de diciembre en pocas horas, el mismo lugar donde se ha presentado a tablero vuelto su ex socio en Pink Floyd, Roger Waters. Nunca he sido fan del grupo. Cuestión de gustos, sintonías. Siempre encuentro inaudito cuando conozco a alguien a quien le resbalan Los Beatles, pero supongo que en esta mano estoy en las mismas.

Hago concesiones: The Wall (1979) me parece un disco fantástico, y no me resisto a The Dark Side of the Moon (1973). Mi distancia con Pink Floyd tiene que ver con preferir otra dinámica en la música. Las lánguidas vocalizaciones y las eternas introducciones de los títulos clásicos de los ingleses, simplemente me aburren. Y, claro, uno se contradice también. De contemporáneos como King Crimson, Yes y Genesis, adictos a las canciones auto indulgentes, con múltiples partes y solos hasta por si acaso, no tengo objeción. Al contrario, me encantan.

Creo que Roger Waters sufre el mismo problema de Jimmy Page. En rigor, no sé si califica como problema, pero me cuesta pensar en artistas que siguen tocando y hablando de lo que hicieron hace cuarenta años. Lo sé y no se discute: son geniales e imprescindibles. Sin embargo, para ambos la vida creativa quedó detenida, estancada. Son curadores de sus propios museos donde no hay nada nuevo que mostrar.

David Gilmour es distinto. Trae un nuevo disco y lo mezcla con los clásicos de su antigua banda, esa que para él —por suerte— no es una cárcel, sino parte de un pasado brillante, y una perfecta excusa para demostrar que hay vida tras pertenecer a una institución del rock.

 

Otras Columnas

» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación4+6+1   =