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EDICIÓN | Septiembre 2015

Andrés Sabella en Grecia

Andrés Sabella en Grecia

Sin pensarlo dos veces, en rápida decisión, hicimos las maletas y partimos hacia Grecia, en un viaje hacia esa Hélade desconocida. Nos motivaba la imperdible ocasión de encontrarnos con la cultura helénica que, en nuestra lejana adolescencia, habíamos estudiado, aprendido y admirado.

Como de costumbre en el equipaje iban textos de Andrés. Me acompañaban Hombres de cuatro rumbos y Sabella en prosa. Esta última publicación, de Sergio Gaytán, con poemas y prosas de Andrés traducidos a distintos idiomas. En la página 40 aparece “Griegos en Antofagasta”, escrito en dicha lengua. Este libro se fue a la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

El periplo comenzó en Tesalónica, para llegar a la ciudad sagrada de Dión, ciudad de Zeus, ubicada al pie del monte Olimpo. La emoción era inmensa. Recorrimos las ruinas del templo al dios Zeus, el principal de la mitología helénica. Estuvimos en el Museo Arqueológico de Dión, donde se conservan hermosas esculturas que fueron halladas en aquel templo y, sin embargo, las teníamos allí, frente a nuestros ojos, en la magnificencia del mármol, al alcance de nuestras manos.

Continuamos hacia Vergina. Caminamos la misma senda de piedras —de adoquines— que recorrió Alejandro Magno con su ejército, cuando fue a pedir la bendición de Zeus antes de empezar la campaña de Asia. Visitamos la impresionante Tumba Real de Filipo II, el conquistador de Grecia y padre de Alejandro Magno.

Seguimos nuestra caminata, para llegar —sorprendidos— al anfiteatro de Dión. Allí, en la inmensidad de esa obra magnífica, saqué de mi mochila un texto de Sabella y leí, con una emoción que me ahogaba y con lágrimas de orgullo, los versos de Andrés: ¡Nuestro “Duende” antofagastino recorría en palabras ese magnífico anfiteatro! ¡El magno desierto de Atacama y los históricos Balcanes, unidos en la intención de un verso! Instante mágico en que la voz poderosa de Andrés surcó los aires de la Hélade toda para dejar su mensaje... “Digo paz, dilo conmigo”.

Emprendimos, después, el camino de la montaña, hacia el templo de San Dionisio del Olimpo, un monasterio de monjes, situado al pie de dicho monte. Allí nos recibió el Padre Makarios y recorrimos la capilla y una valiosa biblioteca con textos muy antiguos, manuscritos de más de tres siglos, con reliquias de distintos santos. Y allí mismo, en esa biblioteca lejana en tiempo y en kilómetros, quedó la antología poética de Sabella Hombre de cuatro rumbos. Los monjes —al leer estos poemas— se preguntarán cómo llegó hasta allí dicho ejemplar, escrito en castellano. ¿Lo traducirán al griego alguna vez?

Cada día vivíamos fuertes emociones. Las costas del Mar Egeo, sus aguas azules muy azules, tranquilas, invitando a nadar. La gastronomía helénica, la dulzura de sus frutas, ese sabor tan propio de sus quesos, las verduras, todas, verdaderas delicias para el paladar.

Y cada día fuimos aprendiendo más de la historia helénica, de sus mitos, sus leyendas. Conocer sus museos, recorrer aquellas ruinas; escalar cerros cubiertos de árboles e historia, bajar hacia los ríos que irrigan las tierras balcánicas. Los dos últimos días de este increíble periplo, estuvimos en Atenas. Llegamos hasta la Acrópolis, el Partenón, las Cariátides, el museo del Partenón, lugares que cada vez nos provocaron mayor asombro.

Pero Andrés, siempre con nosotros, alzó su voz allí, en el anfiteatro del Partenón. Entre columnas y coronamientos de mármol, los versos de su poema “Antofagasta” les contaron a los dioses Partenos y Atenea que nuestra ciudad “principia en una huella”… Qué indescriptible emoción, saber y compartir la obra y la palabra de uno de los poetas mayores del Norte Grande de Chile, deambulando como un “duende” en la comarca helénica.

Andrés Sabella quedó en Grecia. Allá, en el anfiteatro de Dión y en el anfiteatro del Partenón perdura el eco de sus versos.

¡Orza, Andrés! ¡La Hélade también sabe de tu obra!

 

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