…El zorro calló y miró largo tiempo al Principito:
- ¡Por favor… domestícame! –dijo.
- Bien lo quisiera –respondió el Principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
- Solo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro.
- Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos, ¡domestícame!
- ¿Qué hay que hacer? –dijo el Principito.
- Hay que ser muy paciente –respondió el zorro…
Extracto, Le Petit Prince por Antoine de Saint-
Exupéry. Abril de 1943.
Lo esencial es invisible a los ojos, sin embargo lo no esencial es muy visible. Así solemos quedarnos en la circunstancialidad objetual de las cosas y nos perdemos del fondo, de lo inesperado que se esconde detrás del brillo aparente, detrás de un velo, detrás de un muro… De lo que no vemos de las cosas y de las personas…
Pregunté hace un tiempo a algunos de mis estudiantes en una clase de taller, ¿cuál es la diferencia entre los conceptos de casa y hogar? O dicho de otra forma, ¿casa es sinónimo de hogar? y, a su vez, ¿hogar lo es de casa?... Las respuestas fueron bien interesantes, pero lo que puedo concluir a partir de mi experiencia es lo siguiente: lo que entendemos por casa no es más que el objeto construido, mientras que el hogar representa su esencia, lo inmaterial, lo invisible a los ojos, pero que se siente cuando existe… Ese calor de hogar que no se puede ver y que es difícil de describir con palabras, porque se tiene que sentir. Ese calor tiene que ver con el todo en su conjunto, ya que implica a las personas, al tiempo vivido y a los espacios diseñados.
Entonces, y solo entonces, un arquitecto puede sentirse pleno, ya que su obra construida se convierte en una obra de arquitectura.
La arquitectura es esencial, porque trabaja con esencias, porque es capaz de construir un entorno que da “lugar” al acto humano y en sus esencias dignifica y eleva. La buena arquitectura no es la más cara, la más grande o la más sofisticada. La buena arquitectura es aquella que sabe ser auténtica, simple, cuidadosa, dócil, aquella que en su nobleza reconoce que solo sirve para estar al servicio de las personas.
Es muy cierto lo que dice el zorro, “solo se conocen las cosas que se domestican”… y para domesticar hay que ser pacientes, humildes y grandes a la vez. Sí, grandes, porque la humildad solo hace grandes a las personas.
El 19 de septiembre, Carlos Márquez (*), ex profesor y a estas alturas, un gran amigo, dio una conferencia en Pakistán donde fue invitado. La conferencia se tituló: “Design as learning… It is about learning and it is about time”. Aprender requiere de estudio y trabajo sin duda, pero también requiere de tiempo para madurar y crecer conscientes en dicho proceso. Creo firmemente que es difícil ser “buen” arquitecto si no ha habido el tiempo suficiente para vivir la vida, para domesticar y, a su vez, haber sido domesticado. No tiene que ver con posgrados sino con madurez ganada a punta de años estando ahí.
Vivimos preocupados, corriendo, cumpliendo. En ello se van nuestros días y olvidamos la importancia de las esencias por la “falta de tiempo”. Si la vida es tiempo…
No he podido más que preguntarme esto, una y otra vez, después de ver las imágenes de un pequeño niño, Aylan Kurdi, muerto en una playa en Turquía… Muerto junto a su familia y muchos otros en busca de un nuevo hogar… A veces recordar y reencontrar las esencias duele… Lo esencial es y seguirá siendo invisible a los ojos, solo espero que nos demos el tiempo para sentirlas…