Para gran parte de los pueblos aborígenes, los objetos manufacturados se dotaban de alma. Tanto en las formas como figuras, manifestaban el carácter de quien lo habitaba; zoomorfas y antropomorfas, no eran, por lo tanto, mero decoro en platos, vasos, jarrones o cesterías. Se trataba de seres que cohabitaban en el espacio doméstico y sagrado y que, por ende, alcanzaban los mismos estatutos sociales y culturales de los hombres de aquellas comunidades. El concepto de artesanía, tal como lo conocemos hoy, prácticamente no existía en el mundo precolombino. Aquellos habitantes siempre âse imaginaban acompañados por los objetos (seres) que los rodeaban, entraban en comunicación con todos ellosâ, se sentían con la capacidad de âhablar con las cosasâ, según los relatos de algunos cronistas españoles. La relación entre los objetos (artificios) y la naturaleza era filial, ya que estos eran parte de ella: las formas, los motivos, los trazos y las texturas de aquellos seres-objetos eran expresiones físicas de vivacidad y existencia, de comunión con el mundo. Fue en las inmediaciones de las ciudades coloniales americanas que comenzaron a surgir las primeras artesanías de expresiones mestizas. En el campo se dio vida a un primer mestizaje cultural, una materialización del ideario de vida rural a través de las representaciones que llevaban distintos objetos. A pesar de que existió un predominio de manufacturas basadas en formas europeas, había signos de una mixtura, de una improvisación y fusión de los oficios. El nombre de la galería de artesanía rancagüina que presido, Tresalvo, tiene su origen en esta mezcla de culturas, pues así les llamaban a los hijos de mestizos indios que también tenían sangre de españoles. Esta palabra es, entonces, una expresión de mestizaje, de la influencia y presencia de la cultura originaria occidental, un nombre que es medida y memoria.