El patriarca de la histórica fábrica de calcetines es un hombre cálido, moderno y divertido. Con una política de puertas abiertas y con la innovación como leitmotiv, lidera una empresa familiar que, gracias a su modernización, es líder indiscutido en el mercado. La clave está en el trabajo serio y con cariño, en el respeto por el otro y en un sistema en que, si hay diferencias, siempre el mayor es el que “corta el queque”.
Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.
Las fiestas de fin de año en Monarch siempre comienzan igual. Todos de pie, escuchando y cantando la canción La familia del dúo Pimpinela. Caen algunas lágrimas, todos se abrazan de igual a igual. Y siempre Aldo Magnasco hace un show. Y no cualquier show; hace dos años se subió al escenario vestido de Bombo Fica y repitió, íntegra, una de sus rutinas.
Así funcionan las cosas en esta empresa. El dueño se disfraza y cuenta chistes. Todos almuerzan juntos en el casino y comen la misma comida. Las oficinas son de vidrio y las puertas cerradas no existen. De hecho, ni siquiera se comunican por teléfono… como buenos italianos, se llaman a gritos. Se entienden, se responden y se quieren. No por nada jamás han tenido una huelga y el promedio de permanencia de los empleados es de dieciocho años. Esta es una empresa familiar, la empresa de la gran familia Monarch.
Los orígenes de la compañía se remontan a los años treinta. Juan Magnasco, padre de Aldo y Fernando, llegaba a Chile para hacerse cargo de la tienda La Confianza en Iquique, que años atrás había creado su padre y que estaba sufriendo los embates del fin del auge salitrero. Hábil para los negocios, entendió que debía diversificarse y viajó a Santiago donde se enteró de una fábrica de calcetines que estaba en venta. “Como no tuvo respuesta por su oferta, partió a Valparaíso a embarcarse de vuelta a Italia. Cuando estaba subiendo al barco sintió que alguien le gritaba ‘Juanito, aceptaron su oferta’… se bajó y se puso a trabajar”, recuerda Aldo.
En la época del salitre, el inglés estaba de moda, así que la fábrica ya se llamaba Monarch (pero se decía “Monarc”, el logo era una corona y el eslogan: “el rey de los calcetines”). Juan comenzó a trabajar, conoció en Chile a la que sería su esposa y, en 1945, invitó a trabajar a su cuñado, Darío Aste, quien resultó ser un tremendo comerciante, por lo que juntos comenzaron a vivir el crecimiento de la compañía. Ese mismo año nació Aldo y tres años antes, su hermano Fernando, quienes serían, sin siquiera pedirlo, herederos de la marca.
Nació sabiendo que iba a trabajar aquí.
Claro, es que en esa época eras dueño de una empresa o empleado bancario, no había tantas opciones como hoy. Desde chico iba a jugar a la fábrica, estudié ingeniería comercial porque siempre supe que iba a llegar a Monarch. Ni selección ni examen psicológico, la verdad es que nunca en mi vida he buscado trabajo. Aunque eso no significaba que llegar fuera tan simple.
¿Es cierto que tuvo que hacer de todo?
Así era la cosa. Entré y nadie me preguntó qué me gustaba, me dieron un escritorio y me pusieron en ventas. Cuando llevaba como un año, mi tío Darío me dijo que veía una veta comercial en mí, así que me tuvo seis meses sentado al lado de él, en su mismo escritorio, aprendiendo. Sin darme cuenta, me transformó en un comerciante animoso, mientras que mi hermano Fernando era mucho más metódico, más metido en la producción y en las finanzas.
El año sesenta y nueve, su tío abandonó la empresa, al igual que su padre lo había hecho poco antes, y los hermanos quedaron a cargo del negocio. Sortearon con éxito las dificultades del gobierno de la Unidad Popular y empezaron a crecer.
¿Cómo es trabajar cuarenta años con el hermano?
Será porque somos una familia italiana, pero en estos años nunca hemos discutido; sí hemos tenido discrepancias, pero los roles están muy separados. Cada uno siempre tuvo sus campos muy definidos, pero almorzábamos juntos todos los días. Por suerte, son altos y bajos, siempre nos ha ido bien y eso ha ayudado a que tengamos una relación fantástica. Yo en lo creativo y él en lo operativo llegábamos al mismo lado, pero por distintos caminos.
¿Cómo han manejado la entrada de la siguiente generación?
Primero fueron mi papá y mi tío, luego Fernando y yo. Como quince años después, entraron mis primos, Roberto y Darío Aste, con quienes también trabajamos de manera fantástica. Con el tiempo Fernando se retiró para dedicarse a otros negocios, principalmente relacionados con el campo y el mercado inmobiliario, lo mismo hizo Darío. La tercera generación partió con dos de mis hijos, Claudio y Alejandro, y después entraron los hijos de Roberto. Nuestro trabajo se basa en la absoluta confianza en el otro: yo no me meto en la producción ni Roberto en lo comercial. Pero tenemos un estilo de liderazgo bastante claro: todos proponen, pero si hay diferencias el que corta el queque es el mayor. En este caso, yo.
“Somos súper buenos gallos, pero tenemos una constitución interna muy dura. No nos interesa ser de las empresas familiares en que hay que darle pega al hijo pajarón. Tenemos establecido por escrito que el que llegue tiene que cumplir ciertos requisitos: ser hijo, con un título profesional acorde —porque no nos sirve de nada un veterinario—, debe tener mínimo un posgrado y haber trabajado por cuenta propia al menos dos años. Y por supuesto, que lo necesitemos… porque acá no le inventamos cargos a nadie. El próximo mes, por ejemplo, entra un hijo de Roberto… lo buscamos mucho y le dije que no a varios sobrinos, pero necesitábamos un comercial porque no sé cuánto tiempo me queda a mí trabajando. Y él va a entrar a una especie de servicio militar, que parte con dos semanas trabajando en los locales de Puerto Montt y Osorno, atendiendo y con turnos de fin de semana. Ahí vamos a ir viendo cuál es su veta…”.
INVERSIÓN Y ÉXITO
Hace diez años, Monarch debió tomar una de las decisiones más importantes de su historia. La entrada de los productos chinos a bajo costo desestabilizó la industria textil y debieron sentarse a analizar si valía la pena seguir produciendo o era mejor sólo distribuir los productos que llegaran desde Asia.
Como se definen a sí mismos como “fabricantes y no empresarios”, no fue muy difícil tomar una opción. Roberto Aste partió a recorrer el mundo, estuvo en India, Alemania, Italia y China y se dio cuenta de que si se traían nuevas máquinas y se importaban hilados era posible competir. “Hoy creo que fue la mejor decisión que pudimos tomar. Nos dimos cuenta de que la diferencia no estaba en el precio sino en el servicio, así que botamos todas nuestras máquinas, las reemplazamos por alta tecnología, y trajimos hilados desde India. Le achuntamos y comenzamos a crecer”.
Fue una gran inversión, que incluyó apertura de tiendas, nuevos materiales…
Sí, lo primero era ganar mercado. Y lo logramos. Hace diez años éramos terceros; hoy somos, por lejos, los número uno. Los últimos años han sido los mejores en la historia de Monarch. Y la gracia está en la distribución. Un calcetín chino vale un cuarenta por ciento más barato, pero distribuirlo es tan caro que los costos se compensan. Hoy el costo de fabricación es un treinta por ciento del valor final, el resto pasa por distribución, locales, promotoras. También innovamos en materiales, tenemos calcetines de cobre, de bambú… las nuevas máquinas nos permitieron aplicar nuevos hilados.
“El consumidor sabe que comprar Monarch es innovación, calidad y belleza. Nos metimos en un nicho muy bien recibido y transversal; en Puerto Montt vendemos lo mismo que en Talca y en Curacaví. Tenemos setenta y ocho locales a lo largo de Chile y a todos les va bien. También empezamos a comprar marcas que estaban peligrando, como Peruggi, Tais, Last y empezamos a fabricar poleras. Nuestra clave es la innovación y el cumplimiento… nuestro éxito está en ser muy buenos proveedores”.
Con tres plantas productivas, un centro de distribución y mil cien empleados, aseguran que venden una prenda al año para cada chileno, es decir, dieciocho millones de unidades. Pero no exportan. No les interesa, porque creen que hacer calcetines no tiene ninguna ventaja comparativa. La suya es la marca y el servicio, lo que sólo funciona en Chile.
EL PESO DE LA HISTORIA
En la esquina de Diagonal Paraguay con Vicuña Mackenna hay un letrero luminoso que muestra un abanico de medias de colores. Hace tres años fue declarado monumento histórico. Una muestra tangible del peso histórico de Monarch.
“Ese letrero lo instaló mi tío Darío, el año cincuenta y tres, y es nuestra tarea mantenerlo y pagar porque siga ahí. Es cierto que hay cierto simbolismo en eso, lo mismo pasa cuando las vendedoras de las grandes tiendas vienen acá y recuerdan que toda su vida usaron calcetines Monarch. Hace algunos años encontré un montón de revistas antiguas y me puse a revisar los avisos; había muchas marcas que ya no existen: sapolio, brillantina… y había uno nuestro, la única marca que aún existía”.
¿Lograr eso tiene que ver con saber avanzar a tiempo con la modernidad?
La palabra que más se repite en Monarch es “innovar”. No nos quedamos en la marca antigua, vamos dándole juventud a los productos. Una cosa es ser joven y otra tener mente joven y la verdad es que a mí se me ocurren muchas locuras.
¿Cuánto le queda a Aldo Magnasco en Monarch?
Es la gran duda que tengo. En enero del 2014 le escribí una carta a toda mi familia que se titulaba “el primer día de mis últimos días en Monarch”… y desde ahí estoy viendo cómo salir, pero todos los días sale algo nuevo. Lo que sí tengo claro es que la salud es importante y que no voy a venir a la oficina cojeando, pero felizmente me siento bien. Tengo setenta años y juego tenis todas las semanas. Y la verdad es que tampoco me imagino en la casa sin nada que hacer.
"Hace diez años éramos terceros, hoy somos por lejos los número uno. Los últimos años han sido los mejores en la historia de Monarch. Y la gracia está en la distribución”.