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EDICIÓN | Septiembre 2015

Para los ojos del mundo

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Para los ojos del mundo

Desde hace más de ciento cincuenta años los países se reúnen cada cierto tiempo en exposiciones universales en que muestran sus atractivos y riquezas culturales, comerciales y tecnológicas. En sus intervenciones anteriores, Chile ha querido declarar ante el resto del mundo su condición de país lejano, pero moderno, sus minerales y, más recientemente, el vino, la estabilidad institucional, la “loca” geografía y su gente.

A mediados del siglo XIX, el hombre occidental se sentía contento. Europa vivía su revolución industrial, transitaba desde la producción artesanal a lo seriado, se amasaban colosales fortunas, el transporte acortaba distancias, el planeta dejaba pocos rincones por conocer y la técnica daba una sensación de poder sobre la naturaleza. Era menester juntar todo ese progreso en un solo lugar. Así nacieron las exposiciones universales. La primera se celebró en Londres, en 1851; en ella se convocaba a exhibir todo los logros del hombre civilizado.

Desde entonces, se celebran regularmente, con pausas a veces, con una duración de varios meses y millones de visitantes. Chile ha participado en siete de estas cumbres, la primera de ellas, en París 1889, año en que los franceses conmemoraban un siglo de su revolución. De esa experiencia quedó la gran edificación de hierro en el centro de París. Con sus trescientos metros de altura, la torre Eiffel aterró a los contemporáneos, pero hoy convoca e inspira a los visitantes de la ciudad.

A la sazón, las autoridades chilenas discutieron cómo mostrar una nación tan distante en lo geográfico, pero a la vez tan conectada –se pretendía– con el ideal europeo. Se estimó que no contábamos con un pasado glorioso que mostrar, a diferencia del vecindario que podía referir las maravillas incaicas o aztecas, así que se optó por encargar un pabellón de hierro a una firma francesa. Moderno, monumental y desmontable. Luego del evento, se trajo por partes a Santiago, y reposa desde entonces en la Quinta Normal, usado como Museo Artequín. Allí se llevó lo mejor de nosotros: al centro, una escultura de Virginio Arias y en la exhibición frutos de la naturaleza e industria minerales, rocas, joyas, textiles, ropa, papeles, lanas, mariscos, perfumes y pomadas, tejas, riendas.

En 1992 se conmemoró el quinto centenario del Descubrimiento de América. Nuestro país, retomada su democracia, se tenía que mostrar “fresquito”, serio y conveniente para los negocios. Así que el símbolo fue un robusto iceberg de sesenta toneladas extraído desde la Antártica. Se quería transmitir que éramos tan confiables que podíamos trasladar intactas delicadas mercancías por todo el globo. Bien polémico en todo caso, algunos vieron el témpano como símbolo de cierto temperamento denso, porfiado y frío. Misma tozudez que se aprovechó coyunturalmente en Shanghái de 2010, cuando se exhibió un logro que nos llevó a la mayor fama ingenieril, logística y épica del planeta: una de las cápsulas Fénix que se usó en el rescate de los treinta y tres mineros atrapados en la mina San José. Esa vez, el país se lució al obtener el primer premio al desarrollo temático, en una exposición que se centró en el desarrollo de las ciudades.

Cada cumbre presenta una posibilidad de indagar sobre esos rasgos de identidad que nos hacen únicos y, a la vez, nos distinguen por sobre el resto. Un poco parecido a lo que se hace en septiembre espontáneamente, con ocasión de las celebraciones patrias. Este 2015, la cita se desarrolla en Milán, para arrojar claridad sobre un enigma apremiante: sustentabilidad, recursos naturales y alimentación. Casi obligado era mostrar nuestra solución: vinos, calzones rotos, conservas de copihue o cochayuyo, por nombrar algunos. El pabellón chileno, obra del arquitecto Cristián Undurraga es “El amor de Chile”, inspirado en la obra homónima del poeta Raúl Zurita, una construcción de dos mil metros que canta al visitante nuestros paisajes, aguas, vegetación, gentes, sonidos y poemas.

 

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