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EDICIÓN | Septiembre 2015

Cazadora de imágenes

Hildegard Steffen Galán, documentalista.
Cazadora de imágenes

Con cámara en mano, esta audiovisualista registra sucesos y personajes para poner en valor el patrimonio cultural regional. Rescata del olvido a protagonistas de historias inéditas y sorprendentes. Ya suma diez títulos en un prolífero trabajo que rinde homenaje a la memoria visual. Uno de sus documentales con mayor reconocimiento retrata el último tren elquino.

Por Iván Fredes G. / fotografía Patricio Salfate T.

Está fascinada con su nuevo personaje. Uno de carne y hueso. Como todos los que desfilan por sus imágenes. Simplemente, le dice “el cojo” y alucina con su historia. Cuenta que, quizás, sea el último operador de celuloide del país, de esos que proyectaban ensoñadoras películas dominicales en pequeñas salas de cine, en pueblos ya olvidados. De los mismos que recibían rechiflas y apodos cercenadores de extremidades cuando un súbito corte truncaba la película en el momento cúlmine.

A Hildegard Steffen Galán, documentalista y audiovisualista, la sola idea de registrar la historia del último “cojo” —por su valor patrimonial, testimonial y cultural— la traslada a poblados desérticos, montañosos y minerales, donde el mencionado operador de cine aún asombra y deslumbra con empolvadas películas que carga al hombro para proyectarlas en las pantallas de villorrios nortinos anónimos.

“En los pueblos hay historias y personajes fascinantes. Es cosas de abrir los ojos. De escuchar a la gente. Ellos mismos te van orientando y uno va rescatando esas historias, sin registros, para que no se pierdan en la memoria colectiva”, comenta Hildegard, al recordar que precisamente su trabajo lo comenzó hace más de una década en el vecino villorrio de Altovalsol.

Iquiqueña de nacimiento y sureña por adopción —vivió desde los cuatro años en Temuco, Valdivia y Osorno— estuvo radicada dos décadas en Alemania, junto a su esposo académico universitario y obtuvo un magíster en Filología Románica, con mención en Literatura Hispanoamericana, Lingüística y Filosofía, en la Universidad Johann Wolfgang Goethe.

De regreso a Chile, en 1995, primero a Arica, luego a Copiapó y finalmente a La Serena, ingresó a un taller de cine dictado en el 2000 porque desde pequeña, especialmente en su época universitaria, el séptimo arte ejercía una atracción especial, al punto que el refugio de la lluvia sureña en Valdivia era el club de cine de la ciudad. Cuenta que en la familia todos son cinéfilos. Ven, leen y conversan mucho de cine. De hecho, una de sus hijas es una exitosa montajista cinematográfica en Alemania.

Terminado el taller de cine quería dedicarse a los documentales, pero con todos los hijos universitarios, no alcanzaba el dinero para comprar su propio equipo audiovisual. Un golpe de suerte facilitó su incursión audiovisualista. Un premiado “Raspe” le permitió adquirir su primera cámara y, también, descubrir con sus ojos las historias pueblerinas que la emocionaban con el relato de sus protagonistas.

El resto ya es otra historia. Desde entonces, ha producido diez documentales, entre los que destacan los retratos socioculturales de Altovalsol, Algarrobito, la nostalgia omnipresente del tren elquino y hasta los misteriosos suicidios de los adolescentes de Tongoy. También ha incursionado en la ficción con cortometrajes. Y se ha coronado con laureles en festivales de documentales en Ovalle, Coquimbo y La Serena.

FAMILIA CINÉFILA

Al documental llegó como consecuencia natural de una precoz afición del cine, alimentada por una familia enamorada de las imágenes con historias de héroes y villanos.

¿Cuál es tu acercamiento al cine?
En la casa se hablaba mucho de cine. Veíamos mucho cine, leíamos, conversábamos. Íbamos al Cine Club de Valdivia. Tengo una hija que es montajista. Vive en Alemania y le va muy bien. Creo que una cosa importante es que las películas hacen reflexionar. Son ideas, imágenes, símbolos que quedan resonando, dando vueltas en la cabeza. Hay disfrute, alegría, emociones ¡Es algo maravilloso!

¿Alguna película que te haya impresionado?
Sí. El eterno resplandor de una mente sin recuerdo. Es una película que debe tener unos diez años. Quedé marcando ocupado con el tema. De la posibilidad que se pueda borrar parte de la memoria, los recuerdos. Y cuando uno pierde los recuerdos, se angustia, los quiere recuperar.

¿Algún autor favorito?
Me gusta la Nueva Ola Francesa, François Truffaut. También el cine chileno, sobre todo el documental. Patricio Guzmán, Ignacio Agüero, Coti Donoso, Paola Castillo. Hace unos días vi Ancestros, un documental sobre la negación de un pariente mapuche. El documental tiene la virtud de conectar rápidamente.

¿Y cómo llegas al documental?
Eso ocurrió en el 2000. Venía llegando de Alemania. Había un taller de cine en La Serena. Quería saber cómo se trabajaba, sus tiempos, sus procesos, los guiones, la investigación, el montaje, el audio, la narrativa. No imaginé que el taller sería tan bueno y estimulante como para empezar a grabar.

¿Entonces saliste con cámara en mano?
No, no tenía grabadora. Pero justo tuve la suerte de ganarme un premio en el “raspe” y partí a comprarme la cámara. Antes no había podido hacerlo porque todos mis hijos estaban estudiando. Ahí empecé a recorrer los pueblos y te das cuenta de que aquí uno tiene una riqueza impresionante. Puedes recorrer veinte pueblos que tienen historias no contadas y yo quería contar sus historias.

¿Cómo fue eso?
Partí con Altovalsol. Me gustaba ese nombre. Me atrapaba esa idea de “alto va el sol”. Comencé a ir y me gustó. En esa época era mucho más modesto de lo que es ahora. Conversaba con la gente, reunía los datos, los anotaba en una especie de diario de vida. Me contaron la historia de un payador. Después me contaron que penaban en muchas casas antiguas, entonces, fui a entrevistar a un cuidador de una casa donde penaban. Así fue surgiendo. Grabé a los evangélicos desfilando por las calles del pueblo. Así fui mostrando como se va construyendo la historia de un pueblo. Fue mi primer trabajo individual. El documental se llamó Resonancias de Altovalsol.

¿Algún otro pueblo cercano?
De ahí pasé a Algarrobito. Iba y venía en auto. No tenía claro qué era lo que quería hacer, pero bastó con conversar con la gente. Todo el mundo me hablaba de la capilla. Que la habían construido artistas italianos. Indagué por todos lados. Incluso, investigué en el arzobispado.

¿Son los protagonistas los que orientan el guión?
En parte. En ese tiempo andaba con un diario de vida y anotaba todo. Hacía la investigación. Buscaba mis entrevistados. Ellos son el alma de los documentales. Hay que tener cuidado en el tratamiento de los entrevistados.

HISTORIAS PATRIMONIALES

Para Hildegard, el mayor valor de su trabajo radica en la recopilación o recuperación de la memoria colectiva de pequeños poblados o de sucesos que alguna vez conmovieron a la población.

¿Cómo defines tus documentales?
Creo que son documentales patrimoniales. Por ejemplo, al documental que mejor le ha ido es al Tren elquino. Cuando lo hice, me sentí tan fuerte por el hecho de que la gente tenía una nostalgia muy grande y se enamoró de mi trabajo. Fue la primera vez que me entrevistaron los periodistas porque la gente lloraba impactada por el recuerdo. El tren desapareció, en 1975, porque venía el negocio de los buses.

¿Y cuál es tu objetivo, la intención?
Mi propósito es hacer un registro de lo que sucede en la región. Si pudiera haría un gran archivo audiovisual porque mucho de lo que existe no permanecerá. A diferencia de los reportajes periodísticos, creo que en lo mío hay mucha estética, muchos simbolismos. Por ejemplo, cuando hubo una polémica con el mercado municipal de Coquimbo, me preguntaba cómo puedo reflejar lo que sucede aquí. Y me fui a grabar a la orilla, el agua, cómo se mueve, turbulenta, espesa, con aceite. Reflejaba lo que estaba pasando y busco esas imágenes simbólicas que sinteticen lo que sucede en el lugar o en la historia. Me interesa contar una historia lo mejor posible y eso pasa por la estética. Grabar no cuesta nada. El montaje es más complejo. A veces hemos debido regresar a grabar de nuevo.

¿Cómo crees que perciben tu trabajo?
De muchas maneras. En uno de los últimos documentales se me acercó un siquiatra y me dijo que mi trabajo le había abierto los ojos. Había dejado de ver arte por una sobrevaloración del mismo. A algunos le gusta, a otros no. A mí me provoca mucha satisfacción y siempre tengo que agradecer a mi equipo y a todos quienes se expusieron a contar sus experiencias. Esto no es ficción, es realidad.

¿Cuál documental es el próximo?
El del Cojo. Esa es una gran historia. Es la vida de un operador de cine de un poblado minero-agrícola rodeado de cerros. Es como un cuentacuentos que recorre los poblados. Son pueblos olvidados que están muy vivos y activos. Es cosa de abrir los ojos. Y abrirlos muy bien.

 

"Si pudiera, haría un gran archivo audiovisual porque mucho de lo que existe no permanecerá”.

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