Descubrió este oficio a los cincuenta años y hoy, a sus setenta y dos, está tan incorporado a su vida que, además de no repetir sus diseños y mejorar la técnica, lo enseña. Las sillas de montar son su producto estrella y, cómo no, si “Doña Margarita” es la única mujer de esta zona que las elabora a mano, cosidas con una puntada mágica que solo ella sabe dar a este milenario arte de curtiembres.
Por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.
A los siete años debió ser internada en un colegio de monjas en Copiapó. A los diez, siguió el mismo camino, pero esta vez en La Serena y, a los catorce, comenzó a trabajar en un hospital. Margarita Rojas (72), oriunda de Chañaral, conoció, desde muy pequeña, el valerse por sí misma y eso, sin duda, se convirtió en su mayor arma para sobrellevar lo que vendría más tarde.
Tenía cincuenta años cuando sufrió un primer accidente vascular. En ese momento trabajaba en el día, como oficial primero en el Tribunal Electoral y, por las noches, como cajera en el Casino de Juegos de Coquimbo. Debió ser operada de inmediato de la carótida y eso le significó jubilarse por invalidez. “Quedé con problemas para modular y caminar, pero no fue tan severo gracias a la operación. Cerca de tres años duró mi recuperación. Mi hijo fue quien me incentivó a continuar y se convirtió en mi motor. Salí adelante gracias a él y a la oportunidad que me daba la vida”, recuerda Margarita.
Una vez recuperada, tomó todos los cursos de capacitación que se le presentaron en el camino: cocina, banquetería, pastelería, tejido, cerámica y otros. Tener un sustento económico y surgir a como diera lugar era la razón que movilizaba a Margarita.
“Cuando estaba en el colegio, le pagaba a mis compañeros para que me hicieran los dibujos. En ese entonces, las manualidades no me gustaban, no eran lo mío… mi sueño era estudiar medicina, pero por problemas económicos no pude cumplirlo“, comenta.
¿Y cómo logró encantarse con el arte?
Entre los cursos que hice, encontré que la artesanía en cuero era lo que más me llamaba la atención. La versatilidad de este material y la posibilidad que brinda para reinventar diferentes artículos es lo que me atrajo. De un molde puedes sacar cien moldes distintos y el proceso tiene muchas facetas.
COSIDO A MANO
Su primera pieza en cuero fue un monedero con la orilla tejida a crochet. Después, se sumó la elaboración de pinches, posavasos, billeteras, chequeras, bananos, carteras, cinturones, sombreros, etc.
Así nace su taller Doña Margarita, Arte y Cuero. “Hace tres años aprendí a hacer sillas de montar y estribos… tengo entendido que soy la única mujer talabartera que hace esto en la zona. Aquí hay mujeres que trabajan muy bien el cuero, pero no conozco a nadie más que haga monturas”, recalca Margarita.
Un motivo para sentirse orgullosa
Sí, porque es un oficio de hombres y yo he logrado hacer un excelente producto que con el tiempo se ha convertido en mi “joyita”. Elegí hacer este curso a través de CORFO, porque siempre tuve la inquietud de aprender a hacer sillas de montar.
¿Y tiene cierto grado de dificultad?
La silla de montar se hace por etapas y su proceso de elaboración puede durar hasta tres meses. Lleva un casco de madera y después se va cubriendo con varias capas de cuero para dar firmeza a la silla. Como esta región no es una zona de huasos, el producto no se vende con facilidad. Lo hago solo a pedido y personalizado. Tengo un cliente de Talca que ya me ha comprado tres monturas. Él podría comprar en el sur, pero prefiere mis sillas porque todo va cosido a mano, no uso máquinas…
¿Esta es la principal característica de su trabajo?
Sí y por eso también me gusta este oficio. Además de trabajar artesanalmente y con diseños únicos, los cueros de vaca o de oveja que utilizo son ciento por ciento naturales. Los traigo de curtiembres de Santiago y del sur y dos veces al año viajo y compro todo el material que necesito para abastecer el negocio. Me gusta elegir los cueros personalmente.
¿Además para estar a la vanguardia?
Claro, generalmente estoy revisando Internet para ver qué es lo que se usa, por ejemplo, cueros con diseños de animal print, floreados o con determinados colores.
¿Y trabaja en su casa?
Tengo mi taller en la casa, en el sector de Huanhualí, en La Serena. Cuando no estoy en mi taller, participo en alguna feria. Además, hago clases de talabartería. Tengo un curso de veinte alumnas y eso es muy bonito porque enseño lo que yo aprendí y no por una tradición. En mi familia no tengo antecedentes de personas que se dediquen a este oficio, de manera que todo lo que transmito a mis alumnas es por conocimiento propio. Yo sola he ido mejorando las técnicas e incorporando nuevos elementos.
Un oficio que, sin duda, la mantiene muy activa
Normalmente estoy en tratamiento por mi problema de salud, pero me he sentido bien porque hago lo que me gusta y trabajar en cueros ha sido una gran terapia. Me he sentido siempre muy reconocida por los clientes, por ejemplo, a los extranjeros les gustan mucho mis morrales, porque son cosidos a mano y esto siempre se valora.
"Además de trabajar artesanalmente y con diseños únicos, los cueros de vaca o de oveja que utilizo son ciento por ciento naturales”.