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EDICIÓN | Septiembre 2015

Mi otro yo

Constanza Pérez, domadora de caballos
Mi otro yo

Apostó por la palabra, la paciencia y el cariño. Serena y segura de lo que hace; tiene carácter y una voz firme; conoce el lenguaje del cuerpo y lo ocupa para comunicarse de forma eficaz con ellos porque sabe que dentro de la troya no hay espacio para la duda. Busca los ojos del animal, quiere su mirada y espera que mastique para comenzar; con ese gesto el caballo le dice que se relajó y está listo para trabajar.

Texto y fotografía Constanza Fernández C.

Vengo de Antofagasta, allá tengo una yegua y busco nuevas técnicas para aplicarlas con ella—, responde Kenita cuando le piden presentarse.

—Ricardo, soy de Chiloé, me compré un caballo y quiero aprender a domarlo—.

—Yo soy Eduardo, vengo de Los Ángeles a disfrutar y capacitarme—, sonríe mientras hace un amigable gesto con su sombrero. El aire es fresco en Maitencillo y la niebla abandona rápidamente el Cerro Tacna, Constanza luce radiante en su rol de instructora y advierte que en esto no hay que confiarse, hay que estar despiertos y atentos, ser claros y observar al caballo porque todo en él habla. “Cuando mastica ocupa su boca para decirnos que está relajado, si se asusta esconderá la cola entre sus piernas y… ¿qué más habla? Las orejas, claro, para mí el indicador más importante, porque si le hablo de frente y un tractor suena atrás, una de sus orejas me apuntará y la otra se irá hacia la máquina y, si las mueve para todas partes (imita el movimiento con las manos sobre su cabeza) no entendió nada”, dice sonriendo.

—Nosotros trajimos nuestras yeguas desde Catapilco, son nuevitas y esperamos domarlas sin golpes—. Germán invitó a su hija Marcela a vivir juntos la experiencia.

Son dos yeguas árabes y serán las protagonistas del fin de semana. Puede que sean pateadoras o nerviosas, eso se verá en la troya. Es un tema de manejo, porque puedes tener una línea bien mansa pero si el manejo es malo, lo manso se pierde. Y puedes tener una línea briosa, es decir muy temperamental en sus movimientos y reacciones, pero si en el haras la mansedumbre es buena el caballo es un dulce, asegura Constanza, una mujer que conoce la fórmula del triunfo: disciplina, compromiso y paciencia.

“Primero, hay que establecer el liderazgo, quién manda a quién”. Y continúa explicando los detalles del proceso. Irán paso a paso, deberán tocar al caballo por todos lados, mostrarle pausadamente cada parte del equipo para que las olfatee y conozca; le hablarán suave, pero si desobedece, la voz se volverá firme y los gestos serán determinantes. Si aparece un trauma se detendrán a trabajarlo y cuando integre algo nuevo vendrá el descanso, nada de azúcares o zanahorias, para el animal no hay mejor premio que sacar el equipo y volver a la libertad.

EL ELEGIDO

El caballo no tenía como saberlo, pero su destino era la feria, un lugar donde muchos como él llegaron a morir. Después de años corriendo enduros su cuerpo se desgastó y difícilmente podría triunfar, entonces sus dueños decidieron dejarlo. Ella lo llamó Mustafá: el elegido. ¿Elegido para qué? Elegido para ser libre. Constanza lo rescató a los catorce años, cuando se desbocaba y botaba a todo el mundo; comenzó un minucioso trabajo de observación.“Me di cuenta de que si asomaba la mano, como si tuviera una fusta, salía corriendo a gran velocidad”.

Los estudiantes la escuchan con atención y ella aprovecha de mostrar sus “gracias”; es admirable la relación que han construido y la rapidez con que Mustafá responde. Parece sencillo, pero es un trabajo de años.

—Es muy dulce—, dice mientras lo acaricia, pero advierte: —Tiene una marca y no olvida—. Necesita que entiendan que si descubren una maña podrán bajarle el grado y buscar otro trato que la apacigüe, pero nunca desaparecerá por completo.

—Los jinetes tienen que capacitarse y ser cuidadosos, si no esto no resulta—. Y es enfática para decir que los caballos no se prestan porque si el que lo monta no conoce su trauma puede llevarlo al pasado y perder lo aprendido.

—¿Quién quiere entrar a hacer liderazgo con la yegua?—, pregunta y, aunque nunca obliga a nadie a entrar a la troya, afirma que las cosas se ven diferentes adentro. “Afuera la visión es más amplia, pero al entrar aparecen los miedos, las dudas y confusiones. Ahí es donde hay que poner atención porque el caballo siempre será tu espejo”. Kenita es la primera en levantarse y parece decidida a entrar.

JAQUE MATE

Nació en Iquique, en Santiago estudió veterinaria pero nunca se acostumbró a la ciudad ni a la profesión. No le gustó el rubro y asegura que no estudió para dopar animales. Se escapaba a la casa de sus padres en Maitencillo para ver el mar; en tiempos cuando sus vecinos eran los caballos, las vacas y las flores. Era algo así como la tierra de nadie y, un día, en medio de esa libertad, se encontró con Jacinta. —¡No se meta pa’ dentro que la va a patear!— le advertía un huaso de la zona, pero ella no tenía miedo; le llevaba pasto y alimentos, la acariciaba por todas partes y la cepillaba con una escobilla para lavar la ropa. Intuitivamente, con esos nobles actos aplicaba importantes técnicas de la doma natural que más tarde desarrollaría profesionalmente.

Capacitar personas para que amansen sin golpes es su misión. Enseña a rehabilitar caballos que fueron mal educados y le gusta hacerlo con los pies en la tierra, porque para ella el vínculo se genera desde abajo. Ha lidiado con animales traumados, de esos que nadie quiere montar, y sabe que su quehacer es de alto riesgo, por eso a los treinta años decidió que no sería madre. Es valiente y su coraje tiene un linaje. “Mi abuelo paterno tenía una pata de palo y montaba igual”. Los estudiantes descansan y ella me cuenta que le cortaron la pierna a los veinte años por un problema a lo huesos. El hombre era dueño de un fundo y tenía caballos de carrera, pero perdió todo en una mano de póker, de esas que se jugaban a puertas cerradas.

“MI MOTOR ES LA YEGUA”

El segundo día avanza rápido, todos entran y salen de la troya sin problema, las posibilidades de montar a una de las yeguas son altas pero las cosas cambian con la montura. Recibe bien la silla pero al bajar los estribos entra en pánico, se agita hasta quedar paralizada. Yo también estoy helada, decidí entrar justo en un momento difícil.

—…Tranquila pequeña, todo está bien—, el tono de Constanza es suave, quiere que se dé cuenta de que esta vez no habrá golpes. — Masticó— dice y respira largo. ¿La vieron?— y, en pocos minutos, ya está a su lado.

Años atrás, en el mismo cerro, su madre quiso aprender a montar pero la yegua no estaba preparada. —No sabía que mis papás tenían caballos; estábamos distanciados hace años. Después supe que mi papá quiso formar algo parecido a la vida que tuvo con mi abuelo cuando niño y se fue a vivir a Maitencillo.

 

Capacitar personas para que amansen sin golpes es su misión. Enseña a rehabilitar caballos que fueron mal educados y le gusta hacerlo con los pies en la tierra, porque para ella el vínculo se genera desde abajo.

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