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EDICIÓN | Agosto 2015

Un 26 de agosto…

María Canihuante Vergara
Un 26 de agosto…

El lunes 27 fue la misa. Estaba todo Antofagasta, en la catedral, en las calles. Y las flores, las banderas, los pañuelos blancos, eran gaviotas que acariciaban las nubes para contarles del dolor de todo el pueblo. Las consignas de saludo, las frases de despedida, los rezos, los murmullos de dolor, llenaban el ambiente de pesar y consternación.

1989… Era un sábado como cualquier otro, con el mismo quehacer: desayuno, la ida a la feria a comprar la fruta y la verdura para la semana.

De vuelta a casa, apenas abrí la puerta, escuché “Señora, se murió el caballero que usted quiere tanto”. No entendía (o no quería entender). Y escuché, como en un sueño, en altavoz, como en una pesadilla: “En Iquique ha muerto Andrés Sabella”… y cayeron las bolsas y rodaron las frutas, tal como rodaron los recuerdos, las risas, las palabras del maestro, del poeta, del amigo. Y el día se llenó de Sabella y de tristeza. Radio La Portada silenció todos sus programas para dedicar sus micrófonos a Sabella, en toda su magnitud. Amigos, alumnos, colegas, anécdotas, historias, todo desfiló por esa radio que, como otras emisoras locales, sólo hablaban de Sabella, de ese Andrés que, con su obra, dio nombre a todo nuestro Norte Grande; de ese Andrés que, con su “Antofagastinidad”, nos enseñó cómo amar nuestra ciudad.

El domingo transcurrió, en el silencio hablado y llorado, con una gran congoja, con el dolor de la partida sin despedida, en la tensa espera de la llegada de Andrés. Llegó al anochecer a Cerro Moreno. La caravana que lo acompañó era extensa. En la Catedral estaba todo dispuesto. Había llegado su hija María Eugenia, su nieto Andrés y su yerno. Estaba Elba Emilia, sus primos, sus sobrinos. Y la pena, la gran pena.

El lunes 27 fue la misa. Estaba todo Antofagasta, en la Catedral, en las calles. Y las flores, las banderas, los pañuelos blancos, eran gaviotas que acariciaban las nubes para contarles del dolor de todo el pueblo. Las consignas de saludo, las frases de despedida, los rezos, los murmullos de dolor, llenaban el ambiente de pesar y consternación.

El cortejo salió de la Catedral, dobló por Sucre, por Washington y luego a Prat… Su calle Prat, esa misma calle que Andrés recorría a diario, camino al Correo, a la casilla 499, demorándose mucho, porque cada vecino, cada amigo, lo detenía para saludarlo, abrazarlo, escucharlo. Y, ahora, Andrés, por primera vez, iba en silencio… Y llegó la despedida. Andrés ingresó al mausoleo familiar, donde lo esperaban su madre, Carmela Gálvez, sus tías Delia y Martina y otros familiares.

2015. Han pasado veintiséis años. Y el dolor y la nostalgia son las mismas. Llega agosto y se nos sacude el alma. Y el día 25, como cada año, hacemos una romería: vamos a acompañar a Andrés entre las veintiuna y las veintitrés horas, para que no esté solo en esa noche especial. Ya tuvo su noche de soledad aquella en que Thanatos, con su suave mensaje de muerte, le arrebatara la vida.

“¿La muerte? Nunca he pensado en ella, porque soy un hombre de acción. Sé que vendrá, no sé cuándo. Y no la espero, porque soy un enamorado de la vida”

Andrés, en esa fría noche del Hotel Eben Ezer, en Iquique, no pudo despedirse de nadie. Ni de Elba Emilia, ni de su hija Quenoique. Él, ameno conversador, charlista de cuanto evento se le requiriese, subió en silencio al “Barco Ebrio”, para navegar hacia la eternidad, tal como lo predijo cuando cruzaba la Plaza de Iquique a medianoche:

“… Veo una barca que atraviesa las alturas, hundiéndose en el agua misteriosa de las sombras, como aquella otra que enrojeció de gloria la boca de las olas…”

Hoy, después de veintiséis años, Sabella está más presente que nunca. Pronto, el aeropuerto llevará su nombre. El término “antofagastinidad”, de su creación, ingresará a la Academia Chilena de la Lengua para su evaluación y aprobación, labor que cumplirán nuestros miembros de la Academia.

Andrés Sabella salió sonriente y lleno de proyectos hacia Iquique. Volvió en un ataúd, orlado de eternidad y gloria.

¡Orza, maestro!

 

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