Cada vez que septiembre se acerca, es inevitable sentir que estamos reviviendo un ritual que año a año nos convoca a todos como país. Planeamos el descanso, sacamos las parrillas y repetimos en familia el orgullo del blanco-azul-y-rojo que nos acompaña todo el mes. Brindamos por los héroes patrios y recordamos todo aquello que nos hace sentir eso que algunos llaman chilenidad.
Dentro de estos recuerdos surgen en mi memoria aquellos clásicos del arte que me hacían sentir parte de la historia. Álvaro Casanova, Pedro Lira y Ezequiel Plaza son algunos de los nombres que aparecían en los libros de historia, transportándonos a aquellas épocas en que se delineaba nuestra identidad como nación.
La Generación del 13 nos hizo testigos de costumbres y personajes que Chile hasta entonces no conocía. Su trabajo surgió en medio de un escenario social adverso, donde las contradicciones eran pan de cada día y aún flotaba en el aire el fervor del Centenario.
Desde su vereda aportaron a la reflexión pintando un Chile desconocido para muchos y llevándolo a los más aristocráticos escenarios. Supieron desmarcarse de modelos foráneos y crearon un lenguaje propio que nos hizo sentir inmersos en paisajes de antaño con una fuerza rotunda que los hace fundamentales hasta hoy.
Han pasado un poco más de cien años y la Generación del 13 nos sigue invitando a sentir el arte como una experiencia más allá de cumplir el rol de espectadores. Quizás septiembre sea un buen mes para elegir la forma de sumergirnos en nuestra historia y sentirla en la piel.