No solo de gatos y alivio de pasar ileso sus treinta y un días se nutre agosto, sino también del valor de la solidaridad, en recuerdo del impulso que el primer chileno reconocido como santo desplegó por combatir el sufrimiento del más débil y la profunda desigualdad social de su época.
Da un poco de escrúpulos que setenta años después de que se fundara el Hogar de Cristo, el diagnóstico sea similar. Que el Chile pudiente, pavimentado y luminoso conviva con el barrial, la vivienda con goteras y la marginalidad. Sería extremo, en todo caso, no reconocer toda el agua que ha pasado bajo el puente de los sectores más desprotegidos de la sociedad chilena.
Hay pueblos que se caracterizan por ser trabajadores, otros por su puntualidad; algunos vibran de alegres, otros son espirituales. Nuestro valor estrella como chilenos es que somos solidarios (lo dicen las encuestas). Otros tantos estudios dicen que aunque la mayoría está dispuesta a meterse la mano al bolsillo o sacar de su despensa familiar para auxiliar al otro, pocos tienden a compartir tiempo, energía, talento, formación profesional, sonrisa y fraternidad. Sentido original de la palabra. Quien lo encarnó en vida y luego lo heredó fue el Padre Alberto Hurtado.
Su sonrisa que adorna desde los muros a los fieles en las parroquias nos recuerda al “curita” con sotana y el chuzo entre sus manos; al que se manifestaba “contento, Señor, contento” cuando la adversidad de un cáncer agresivo lo separaba tempranamente de sus compañeros y fieles. Hurtado vivió también en un Santiago opulento, producto de las fortunas salitreras, pero que crecía paralelamente con poblaciones insalubres, trabajo infantil, vagancia y enfermedad.
Equidad y justicia social no son consignas nuevas. Ya en los años treinta el joven jesuita las hizo suyas. Supo ver el rostro de Cristo en cada mendigo y marginado. Los invitaba a cambiar el frío, la lluvia, la delincuencia, la droga, no por mejores condiciones materiales, sino por dignidad y esperanza, para aquellos que “no tienen a quién llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de madre sobre la frente”, como señaló en uno de sus numerosos escritos.
Él mismo había conocido el lado duro de la vida. Si bien sus padres provenían de la aristocracia chilena, no eran personas de fortuna. La trágica muerte de su progenitor, defendiendo el fundo familiar de unos asaltantes, obligó a su madre, Ana Cruchaga, a buscar refugio como allegada con sus dos niños en casa de parientes, recuerda su amigo, el padre Álvaro Lavín, en su biografía.
De adolescente, en el colegio San Ignacio, tenía bastante claro que seguiría la vida como religioso jesuita, pero la situación desmejorada de su familia le pidió esperar e ingresó a la carrera de Leyes en la Universidad Católica. Pero el futuro de honores como abogado fue remplazado por el inicio de arduas jornadas de oración y estudio que comenzaron en el noviciado de la Compañía de Jesús ubicado en Chillán, primero, y luego se enriquecerían en Córdoba, Barcelona y Lovaina. Allí obtuvo su doctorado en Teología y también decidió ir por Pedagogía, convencido de su gran utilidad una vez que tuviera que ejercer su ministerio.
En su corta estadía terrena —murió a los cincuenta y un años— cimentó un legado que es palpable en todo Chile y en algunos países de Sudamérica. Entre ellos, el Hogar de Cristo; la Acción Sindical Chilena (ASICH); publicaciones incisivas como ¿Es Chile un país católico?, La crisis sacerdotal en Chile o la revista Mensaje, con temas para orientar al católico frente a los vaivenes del mundo contemporáneo.
Su incansable actividad despertó sospechas y críticas y, a la vez, había otros que casi proclamaban su santidad en vida. El padre tenía ciertos visos de milagro en los proyectos que emprendía y que aún se mantienen.
Fue canonizado en octubre de 2005. En su honor y recuerdo, calles, localidades, plazas, parques y establecimientos educacionales y más de algún compatriota han recibido su nombre, y el Día de la Solidaridad se celebró el 18 de agosto, en el aniversario de su muerte.