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EDICIÓN | Agosto 2015

Cable al agua

Pablo Fernández, buzo Divemaster
Cable al agua

Así define su conexión con el mar y el buceo. A los treinta años, se lanzó por primera vez a las profundidades, cumpliendo con una deuda personal pendiente. Cada vez que puede, este médico diabetólogo, deja el delantal blanco y lo reemplaza por un traje húmedo de neopren, para recorrer los más enigmáticos cenotes, arrecifes, cavernas y naufragios de Chile y el mundo. Una afición adictiva que, afirma, le cambió su percepción de la vida.

Por Verónica Ramos B. fotografía Patricio Salfate T.

Creció viendo las series de Jacques Cousteau y soñando con viajar en el Calipso. Su interés por la tecnología submarina, los misterios del mar y el buceo, quedaron anclados a la deriva por largo tiempo y sin mayores posibilidades de desarrollar una afición que, con los años, se convirtió en una deuda pendiente.

Estudió medicina en la Universidad de Chile y una vez recibido emigró a Puyehue, como general de zona. Luego, vivió tres años en Huasco y regresó a Santiago para hacer la especialidad en diabetología. “Cuando estaba cursando el último año de la beca, un amigo me invitó a bucear a Punta de Choros, lugar donde hice mi bautismo, que es la primera inmersión guiada.

Un mes después tomé un curso, tenía treinta años y era la primera vez que buceaba. Me convertí en buzo de verano, esporádico y ocasional, pero me enfermé de cáncer renal, así que después de dos operaciones grandes, me propuse dejar de fumar y bajar de peso. Dentro de todo este proceso, pasaron cerca de cuatro años. Saqué el pie del acelerador y quería vivir de manera distinta, es decir, desarrollándome en otras áreas, diferentes a mi profesión”, relata Pablo Fernández (43), y agrega que el mismo año que le diagnosticaron la enfermedad, se vino a vivir a La Serena, junto a su familia.

¿Este episodio te llevó a reencontrarte con el mar?
El cáncer generó un enfoque de la vida muy distinto en mí. Quise salir de las setenta y cuatro horas a la semana de trabajo y recuperar mi vida personal. Cuando la enfermedad estaba superada, me sentí libre y dije “sobreviví”.

¿Después de tantos años sin practicar, no lo olvidaste?
La capacidad de desenvolverse en el agua no se olvida, pero en materia de seguridad y formación de buceo fue necesario recordarlas. En la medida que comencé a bucear más seguido, fui adquiriendo, en forma automática, el control de flotación, la facilidad para manejar diferentes situaciones y a tomar este ambiente de manera natural.

Una disciplina que requiere de mucha responsabilidad La idea del buceo es que se transforme en un disfrute, pero con una responsabilidad clara de qué estás haciendo y dónde los estás haciendo. Hago esto porque me encanta, es un paseo flotando, pero involucra dos grandes responsabilidades, la primera es contigo mismo, porque estás en un ambiente absolutamente adverso a ti y, la otra, es con el entorno, porque estás invadiendo un ambiente que no está adaptado a ti. Los corales demoran muchos años en formarse y con un solo aletazo puedes destruir quince años de formación de coral, entonces, si uno no sabe lo que está haciendo, puede provocar riesgos muy altos.

¿Cuál fue el siguiente paso?
El nivel Advance que permite llegar de manera segura y responsable a treinta metros de profundidad y hacer otro tipo de buceo, como navegación submarina, flotabilidad y buceo nocturno. Cuando hice este curso en Playa Blanca, me motivé aún más por bucear en otros lugares.

En los últimos años, podría decir que Punta de Choros, Chañaral de Aceituno, Playa Blanca y Las Tacas se han convertido en mis lugares favoritos para bucear, en esta zona.

¿Incorporaste a tu familia a esta afición?
Es que era necesario, así nadie me saca en cara las horas que paso adentro del agua (risas). Mi hija Javiera fue la primera en sacar la licencia de buzo Open Water Junior. Luego se sumó mi esposa, Lorena, y Vicente, cuando cumplió los diez años.

¿La playa, entonces, es un destino fijo para las vacaciones?
Tratamos de alternar, hemos ido varias veces a República Dominicana y a Playa del Carmen, pero este verano, por ejemplo, buceamos en Caburgua.

¿Que diferencia hay entre bucear en lago y mar?
La flotabilidad y paisajes son muy distintos, de hecho, no es común bucear en lagos. Como tenemos mayor autonomía y experiencia, llenamos las botellas de aire comprimido en los bomberos, con la intención de bucear en Villarrica y ¡no vimos nada!, porque el agua es muy turbia. En Caburgua, en cambio, el agua es cristalina y la temperatura espectacular.

CENOTES Y CAVERNAS

¿Y qué viene después?
Hice algunas especialidades, entre ellas, la de nitrox, una botella con aire pero con una concentración mayor de oxígeno, que permite mantenerte más tiempo sin acumular nitrógeno y en buceos más prolongados, con menor riesgo. En Playa del Carmen realicé la especialidad de buceo en caverna. Fueron dos días de buceo en cenotes y es ¡maravilloso! Luego, en Playa Blanca, tomé el curso de buceo profundo. Aprendí técnicas especiales de manejo para una inmersión de treinta a cuarenta metros de profundidad, que es el límite absoluto para un buceo recreativo.

¿Cuántos buceos tienes en el cuerpo?
En este último año y medio, debo llevar más de cien buceos.

¿Es adictivo?
¡Sí!, absolutamente, pero está también el hecho de cumplir con ciertos desafíos personales. En enero de este año terminé el tercer nivel de formación del Advance, que se llama Rescue (formación de rescate) y en México, di un siguiente paso con dos especialidades más: navegación submarina y búsqueda de recuperación. Ahora, como me gusta enseñar y me dedico también a la docencia, decidí tomar el curso Divemaster, que es el primer nivel profesional.

¿Con esta certificación, puedes dar clases de buceo?
El Divemaster permite guiar buceos recreacionales y asistir a instructores en la formación de buzos. Aquí se aprenden muchos métodos y es bastante intenso, con exigencias teóricas y físicas. Estuve trabajando dos semanas, en el centro de buceo Scuba Playa, en Playa del Carmen. Fue una experiencia bien sacrificada, pero fascinante.

¿Está en tus planes formar parte de un centro de buceo?
Si pudiera trabajar como médico de lunes a jueves, ¡lo haría feliz! Si mis hijos no estuvieran chicos, trabajaría encantado de viernes a domingo en un centro de buceo. Más adelante quizás… ¿por qué no?

CONEXIÓN PROFUNDA

Pablo describe sus viajes submarinos como un ambiente enigmático, de una conexión absoluta con el sonido de su respiración y como un descubrimiento progresivo, donde entra en contacto con una fauna en abundancia y de colores sorprendentes. “Lo vives, lo haces tuyo y adquieres un compromiso con este medio y empiezas a protegerlo”, señala.

¿Te vuelves más sensible?
¡Absolutamente! La contaminación en el agua no solo son desechos o plásticos, los cambios de temperatura generan destrucción y contaminación, como es el caso de las termoeléctricas. Los arrecifes son lábiles, si borras un manglar, aumenta la flora en el agua y se mueren los corales… un equilibrio que tarda miles de años en desarrollarse. La premisa del buceo es que no te lleves nada, salvo la basura, fotografías y el recuerdo.

¿Cuál ha sido tu mejor experiencia sensorial en el buceo?
Mi encuentro con los tiburones ballenas en México. La sensación es impresionante… imagínate, más de cinco toneladas pasando por el lado. El buceo en cenotes, encontrarse con un mero goliat gigante es increíble. Cozumel es otro lugar espectacular para bucear y en Chañaral de Aceituno hay un lugar que se llama el Cañón de los Perdidos, con paredes tapizadas en actinias coloniales, ¡inolvidable!

¿Y de tus buceos en naufragios?
He buceado El Falucho y el Indus en Quintay, y el Indus 8 en Pichidangui. El Lynch, el Daslav y el PAM Denisse en Chañaral de Aceituno. Fue súper emocionante bucear el Lynch, es una sensación distinta, porque es un encuentro con la historia.

¿Qué te ha enseñado el buceo?
A vivir más conmigo mismo, a sentir mi respiración, casi hipnótica. Es un camino que me ha permitido superar muchas cosas y en un área absolutamente distinta a mi profesión. Puedo bucear veinte veces en el mismo lugar, pero la experiencia siempre es distinta. Nunca pensé desarrollar esta afición a un nivel tan grande y lo puedo disfrutar cuando quiera… me pongo el traje y ¡listo!

 

"Los corales demoran muchos años en formarse y con un solo aletazo puedes destruir quince años de formación de coral, entonces, si uno no sabe lo que está haciendo, puede provocar riesgos muy altos”.

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