El vino, desde su descubrimiento en Mesopotamia y hasta nuestros días, nos ha acompañado en distintas esferas de la vida en sociedad, desde su trascendencia en lo espiritual y religioso, hasta su glorificación en las jerarquías del poder político y económico.
En cada cultura generó mitos, creencias, ritos y costumbres: Grecia tuvo a Dionisio y Roma a Baco, sus fiestas dieron origen a las celebraciones dionisiacas y a las bacanales, cuyos excesos no conocieron límites en la aristocracia, en sus sirvientes y esclavos. En Chile, y en particular en La Serena, desde 1553, el vino tuvo un desarrollo tan excepcional que, en 1581, las autoridades ordenaban arrancar las viñas por el exceso de producción, su efecto en los bajos precios y el impacto nefasto en la salud de los indígenas, mestizos y esclavos.
Durante los tres siglos coloniales, la viticultura fue el sustento de cientos de pequeños productores dispersos en los valles de La Serena y Copiapó y pese a las innumerables reales cédulas para eliminar la producción, hacia 1732, la región producía de treinta a cuarenta mil arrobas de aguardiente y cuarenta mil de vino; solo el Valle de Elqui, con noventa y ocho familias, entregaba veinte mil arrobas. En treinta y un predios había 40.432 plantas. Los jesuitas en sus propiedades explotaban 39.476 plantas. Una síntesis estadística de producción nos revela que seis cuarteles contienen siete mil pies. Un cuartel, en 1746, medía treinta por treinta varas, en cuya superficie cada melga contenía ochenta y un plantas, y cada una de ellas entregaba 1,4 litros de mosto. La actividad vitivinícola generaba verdaderas fortunas regionales, beneficiando a la corona, a la iglesia y a los comerciantes.
¿Dónde y quiénes consumían tanto vino y aguardiente? El mercado peruano y Charcas, y por supuesto, la población regional. La extraordinaria cantidad de reuniones religiosas, además de las fiestas cívicas locales y de la Corona, cubrían más de la mitad del año calendario, propiciando inmejorables condiciones para un estado de somnolencia alcohólica permanente en la población. El modelo cultural de los españoles hacía obligatorio el consumo del vino en la dieta mediterránea y la incluía, forzosamente, en la dieta del trabajador, al que se le entregaba una ración diaria de alcohol etílico, más charqui, ají y cebolla. Esta alimentación permitía recuperar el gasto de energía, o bien, adquirir la sensación de fortaleza, induciéndoles a cargar pesados capachos mineros o voluminosos bultos de mercaderías.
Las aldeas, puertos y villas mineras eran el mercado colonial del vino y los lugares de expendio, las pulperías, los bodegones, los ventorrillos, las casas de remolienda, los paraderos para renuevos de animales y atención del viajero, además de los lupanares, casas de truco y chinganas. También las quebradas, cercanas a las minas y haciendas, que servían de escondrijo para reducir las especies robadas, donde convivían bandas de ladrones, criminales fugitivos, lachos y engavillados, junto a mujeres y niños de la más variopinta casta, mestizos, españoles pobres y mercaderes clandestinos, hasta que se terminaba el vino y el aguardiente. La mezcla de alcohol con los juegos de azar, las disputa por las pocas mujeres sueltas, y la práctica del pecado nefando o sodomía, desencadenaban la violencia y la degradación sin Dios ni Ley.
La Serena no fue ajena a esta situación extrema, y en vano el Cabildo y la Iglesia trataron de controlar la embriaguez con penas de doscientos azotes en la plaza pública y pago de diez pesos oro, que después subió a veinte, más prisión por diez días. Se redujeron las tabernas, prohibiéndose el servicio de sambas, indias y mulatas y debiendo tener un farol a la puerta, pero ni las multas, los cierres de locales, la cárcel y las penas de destierro, terminaron con la ingesta de vinos y aguardientes: el negocio era tan bueno que la corrupción permeaba la sociedad.