José Pedro Vicente Arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago. www.josepedrovicente.cl
Para sacarle partido a una ciudad, tenemos dos premisas tan elementales y necesarias como marginadas a la hora de su intervención. Me refiero a entender y respetar el lugar. Si dejamos caer un mall de manera aplastante en una ciudad que se identifica por sus palafitos, si dejamos aflorar un edificio al lado de otro sobre un Santuario de la Naturaleza, o si somos partidarios de que una ciudad mejora su funcionamiento a partir de las autopistas, quiere decir que de entendimiento hay muy poco y de respeto, nada.
Frutillar tiene permiso para jactarse de sus hechos. Con el Teatro del Lago supo demostrar que cultura,calidad de vida, entorno, magnitud y emplazamiento pueden dialogar en el mismo proyecto. Si bien el impacto de esta intervención no solo ha impulsado el turismo en la región, sino también, ha promovido la revitalización del comercio y espacios públicos, lo importante es el fundamento que respalda su presencia. Sus gestores sacaron esta obra adelante apostando a que la música y las artes enriquecen y mejoran la calidad de vida de las personas. Si esto es cierto, cabe preguntarse por el valor que se le asigna al momento de evaluar su viabilidad.
Si hoy la sociedad se divide —por una parte— entre los que sacrifican su salud para incrementar los ingresos, para luego gastar los ahorros tratando de recuperar su salud —y por otra—, los que han generando una dependencia adictiva al celular sacrificando horas de familia por lectura de mensajes muchas veces absurdos, no podemos rechazar entonces la presencia protagonista de un proyecto que busca humanizarnos mediante la entrega de experiencias emocionales de alta calidad artística y educacional.
Con diez mil metros cuadrados y una sala para 1.178 espectadores, los arquitectos Gerardo Köster y Gustavo Greene no solo lograron desarrollar este contenedor de cultura, sino además, entendieron su entorno. El Teatro del Lago, entre otras características, hace desaparecer el límite entre el espacio público y área de proyecto, siendo la playa y sus alrededores, parte de la obra y a la inversa. En otras palabras, el contexto en el que se encuentra se transforma en el foyer del teatro, el cual, ciertamente, logra ese momento necesario de transición para dejar de lado la contaminación mental y comenzar a sensibilizarnos con lo que quizás, realmente vale la pena.
Un buen mensaje para algunas ciudades que apuestan a no construir en el borde costero como sinónimo de protección. Entendemos que buscan asegurarse "por completo" de algún brote aberrante, sin embargo, una propuesta bien regulada genera una aporte para la ciudad que la reciba. Una vez más comprobamos que hay maneras de construir sin pasar a llevar. Con un poco de respeto y sensibilidad con el lugar, se puede.
Finalmente, y luego de la pausa que significó escribir esta columna, entendemos que no solo debemos apelar a un progreso urbano, sino y más importante aún, es darse el tiempo de humanizarnos con actividades de mayor relevancia.
pd: Por favor, apague su celular antes de entrar.