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EDICIÓN | Agosto 2015

Barrio Puerto

Por Carolina Arias Salgado @carolaarias Ilustración: María de los Ángeles Pradenas M.
Barrio Puerto

Caí en rebeldía y no quise ser parte de Valparaíso, no lo miré, no lo pisé, no lo viví, simplemente lo ignoré. Aunque seguí viviendo en esta ciudad, me mantuve como caballo de carrera enfocada en mis asuntos. Eso hasta que una vez más la historia tocó mi puerta y mi curiosidad, que es más grande que mi indolencia, me volvió a ganar.

Ahí estaba parada en el corazón del barrio puerto, la Plaza Echaurren. Ya les he hablado de ella; en tiempos lejanos, el centro de la actividad cívica y comercial, antigua Plaza de Armas de la ciudad, que alguna vez estuvo rodeada de emporios, droguerías, restaurantes. Ahora, medio abandonada a su suerte, se mantiene custodiada por los residentes estables del Ejército de Salvación. Mientras esperan que las puertas se abran, pasan el día bebiendo el alcohol más dañino y económico que encuentren; eso se mantiene firme en el puerto, las botillerías de barrio. Y tratando de perder cualquier atisbo de lucidez desde temprano se entregan, de manera sencilla, liviana, a estas botellitas que los envuelven en una triste felicidad, ¿suena raro, no? Pero así es.

Me alejo de la plaza y camino cerro arriba, mientras más subo más difícil de resolver se vuelve el laberinto, se juntan los cerros, se estrechan las calles, aparecen las escaleras, los pasajes, las calles peatonales empedradas, resbalosas. Eso hasta que me doy vuelta y vuelvo a ver el mar. Si bajamos, nos acercamos; si subimos, nos alejamos, una frase como esa decía Lukas para orientarse en Valparaíso.

Entre estos cerros alejados de los turísticos decidí volver a emprender, compré una casa muy pequeña de tres pisos; a medida que la subo se angosta, como los cerros. Cuando la vi por primera vez pensé que bien se podría haber inspirado Sylvain Chomet para crear la película Las trillizas de Belleville. En esta casa todo es medio sepia y rosado y todo está a punto de derrumbarse. Desde el pequeño balcón del tercer piso (ya les dije que todo es pequeño) y mientras los maestros hacen todo lo posible por restaurarla, veo cómo trascurre el día en el Barrio Puerto; por ejemplo, cómo bajan las abuelitas del cuento llevando de la mano a algún nieto y en la otra sujetando la chauchera de tela media sedosa que se convierte en bolsa para comprar verduras para el almuerzo. Antiguamente iban al mercado, pero hace un par de años que está clausurado a la espera de un proyecto. Como la mayoría de los edificios patrimoniales porteños. Veo cómo se dirigen los hombres a sus trabajos, llevando, además de un maletín desgastado, una peineta en el bolsillo de la camisa; cómo los abuelos llevan un gran añillo dorado, veo que el tiempo a ratos está dulcemente estancado. Pero un certero grito me devuelve, un hombre golpeando a su mujer en la calle, le grito, trato de defenderla, pero ella me regaña de vuelta. Veo colgada de los cables, no un par, sino una veintena de zapatillas que marcan el territorio y para hacerlo más tenebroso aún, también cuelgan los cadáveres de dos ratones ejecutados. Los niños que antes vestían bermudas y jugaban a la pelota ahora usan pantalones ajustados, zapatillas flúor, se cortan el pelo como el futbolista de moda y se depilan las cejas. Cierro las ventanas. Así está el barrio puerto, alerta, intimidante, melancólico y violento.

No sé bien qué destino le daré a esta casa. De momento, permanecerá guardada, esperando a que los proyectos prometidos se ejecuten para mirar desde el tercer piso la vida cotidiana de antaño; hasta entonces, las ventanas estarán cerradas.

 

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