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EDICIÓN | Agosto 2015

La fidjicracia

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
La fidjicracia

Fidji, Fiji o Fiyi es un enjambre de ochocientas islas ubicadas en el Océano Pacífico. Otrora parte del imperio británico, hoy es una república con capital en Suva, ciudad en la isla de Viti Levu, que junto a Vanua Levu, Teveuni, Lau, Kadavu, Koro y Ovalou, hacen el núcleo del archipiélago, donde se concentra la población. Los fidjianos, que son de etnia maorí, viven ahí su mundo de fantasía. Su ingreso principal proviene del turismo. Y claro, Fidji es un paraíso que seduce y hasta trastorna al viajero (como la serie ochentera con Ricardo Montalbán y el enano Tattoo).

En Fidji todo es posible; incluso poseer una isla arrendándola por noventa y nueve años, o adquiriéndola para siempre. Hay unos setecientos islotes disponibles, todos con playas de arena blanca, aguas color turquesa, protegidas por arrecifes de coral, y paisajes submarinos que superan en belleza a la glauca exuberancia de las islas. Pero una cosa es ir a gozar de ese edén oceánico pagando impuestos y las rentas que corresponda, otra pretender ser un fidjiano.

La historia de Fidji tiene ribetes aterradores. La población original pobló las islas hace milenios. Provenían del sur de Asia, correspondiendo a lo que se llama dispersión austronésica (no obstante el poblamiento de islas del Pacífico es un tema en discusión). El aislamiento, la presión demográfica, la lucha por subsistir, mantuvo la cultura fidjiana en nivel de primitivismo feroz. Cuando en el siglo XVII, los europeos contactaron Fidji, vieron con horror que los nativos practicaban el canibalismo (Scarr, D. A Short History of Fiji. 1984). El jefe fidjiano Ratu Udre, todavía en el siglo XIX, se ufanaba de haberse comido 872 personas, solo en sus años mozos. En las creencias fidjianas, se tenía como muy conveniente manducarse al enemigo vencido porque de ese modo se anulaba su ardor y combatividad, aprovechando su energía en beneficio propio. A más enemigos se consumía, más imbatible e inmortal se hacía un guerrero. Si usted no ha visto a un fidjiano amenazante, busque en YouTube demostraciones de haka, que si bien muchas de esas provienen de Nueva Zelandia y ya es folclore, se parece bastante al modo que los guerreros de Fidji se preparaban y amostazaban para la lucha. Imagínese usted, arribando a una playa paradisiaca, y de súbito salen desde la floresta a recibirlo, aunque no para darle una bienvenida, un centenar de nativos que tras amenazarlo, perseguirlo y cazarlo, lo hacen su almuerzo. No bromeo; por algo, y por varios siglos, los viajeros llamaban a esta zona “Islas de los caníbales”. Nadie siquiera pasaba cerca, porque los nativos eran hábiles remeros, asaltaban y capturaban naves en plena navegación.

Sin embargo, finalmente los ingleses conquistaron Fidji e incorporaron las islas a sus dominios de ultramar. A los fidjianos, los convencieron de que no era correcto comerse al prójimo, sino amarlo y, de paso, cederles la tierra. Los ingleses entonces plantaron café, cacao, tabaco y especias. Como los fidjianos hallaban que esas labores eran femeninas, los británicos trajeron trabajadores desde la India. Los británicos, ya conocedores de ambas culturas, la india y la fidjiana, eligieron indios dóciles, de castas bajas y los llevaron con familia. La población india, a la larga, se asimiló al paisaje, a la vida agraria, y mientras Fidji fue parte del British Empire, no hubo problemas. Pero, en 1970, la Gran Bretaña entregó las islas a sus habitantes, y facilitó el camino para la creación de una república. Por veinte años, la jefatura estuvo en manos de familias fidjianas. Mas la población de etnia india fue superando a los nativos y, organizados en un partido hindú, lograron el gobierno. Eso no gustó a la minoría nativa; entonces el ejército dio un golpe de Estado, sacó a los indios de palacio y decidió cambiar la constitución. El sistema eleccionario se modificó de modo de evitar el triunfo de la mayoría no-nativa. En la nueva “fidji-cracia” un nativo sería igual a un voto; para todos los demás, cinco personas igualarían a un voto fidjiano. Santo remedio.

Con todo, los gobiernos fidjianos duraron poco. Han sido frecuentes los motines y los desencuentros. Los líderes son todos de puro abolengo fidjiano: Sir Ratu Kamisese Mara, Soqosoqo Duavata, Laisenia Qarase, por citar algunos recientes jefes políticos. Los últimos han tratado de suavizar la curiosa fidjicracia, pero siempre se topan con la poderosa oposición militar. Demás está decir que el ejército tiene un cedazo étnico. Jamás podría ingresar a sus filas alguien que no sea de origen nativo.

En los últimos años, el general Frank Bainimarama ha liderado un movimiento de re-endurecimiento político y legislativo, que ha vuelto a dar todo el mando a los nativos. La “mayoría que es minoría”, en la  fidjicracia, poco puede hacer, a pesar de sus denuncias a organizaciones internacionales. El archipiélago, que no alcanza a tener un millón de habitantes en total, posee un enorme ejército, que mantiene muy buenas relaciones con varias superpotencias, colabora en las misiones de paz de la ONU y tuvo una destacada participación en la invasión a Iraq… donde no se reportó a ningún iraquí devorado. ¿Alguna muestra de interés hacia la receta fidjiana?

 

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