Las figuras que cambiaron el curso de la historia nunca se agotan. El tiempo suma perspectivas, como si sostuvieras una piedra preciosa para observar nuevos destellos y ángulos. De un ícono como Elvis Presley, un verdadero revolucionario nacido y criado en la pobreza del conservador sur estadounidense, todo parece estar dicho. Pero el Elvis que no acaba y que aún merece vueltas es el músico. Merece más título que el rey del rock & roll, una corona estrecha ante sus capacidades interpretativas. No era su género predilecto y más de una vez declaró, apremiado por las presiones mediáticas y de autoridades superadas por su energía sexual, que el rock sería algo pasajero en su repertorio.
La distancia del tiempo confirma que así fue. El Elvis dedicado al rock duró apenas los primeros cinco años de su carrera, y de ese periodo cabe descontar dos que pasó como recluta en Alemania sin grabar y actuar. A su regreso, lanzó el magnífico Elvis is back! (1960), un álbum del mejor pop, y ese mismo año apareció His hand in mine, su primer título de música góspel, lejos el género que más le apasionaba.
Cuando abandonó las películas en Hollywood — que le habían convertido en hazmerreír— para grabar el especial de televisión de 1968, aquel segundo aire de su carrera le instaló como amo y señor del gran cancionero estadounidense del siglo XX. Elvis podía cantar de todo: soul, folk, baladas, rock, canciones religiosas. Al final de sus días, los rankings de popularidad le habían olvidado, pero triunfaba en los listados de country. A treinta y ocho años de su muerte, el 16 de agosto de 1977, el rey aún sorprende. Su territorio más conocido puede ser el rock, pero jamás fue el único.