Hace unas semanas se leía en Twitter: “Madonna es la reina del pop. Britney es la princesa del pop. Taylor Swift es el presidente del consejo estudiantil del pop”. La estrella más rutilante del firmamento musical femenino es también modelo de virtudes. Sus cualidades abarcan desde una belleza de muñeca, hasta la demostración de un carácter férreo capaz de aconsejar a otras figuras, enfrentar peces gordos como lo hizo con Apple por pagos, discutir sin descalificar y pedir disculpas si —eventualmente— la embarró. Todo encomiable, también un poco inquietante. Taylor Swift parece perfecta.
En su biografía resaltan los movimientos calculados y un notable sentido del timing. A los catorce años se mudó a Nashville, la capital del country, para impulsar su carrera, consiguiendo contrato con Sony, además de un sello independiente. Por años fue un verdadero fenómeno de ventas y premios, hasta que la música vaquera le quedó chica. En 2012, editó Red, un álbum de transición al pop, y el año pasado 1989, su primer título comercial. En paralelo, ganó reputación al escribir abiertamente sobre sus novios, todos famosos. Luego vino el periodo de apadrinar a Ed Sheeran hasta que su protegido se convirtió en sensación de quinceañeras.
Florence Welch, de Florence and the machine —banda del momento en Inglaterra—, contó que su retorno discográfico le debía mucho a Taylor. ¿Qué hizo? Le aconsejó que la cortara con los excesos etílicos y a trabajar. Por si fuera poco, después de los rounds con Nicki Minaj por Twitter, Taylor selló la polémica pidiendo disculpas, asumiendo su parte, humilde y equilibrada. Una extraña demostración de balance y templanza en un mundo como el del pop, donde la gran mayoría de las estrellas, en algún momento, revienta.