La noche cae convertida en un manto de vapor húmedo y frío, algonostálgica, siniestra, bohemia. La ciudad dormida se sume en un tiempo relativo que parece detenerse ante la comprensión de su propia inmensidad, confundido ante tal vastedad.
Solitaria, la noche se arrastra sigilosa como un espectro invisible que rehúye de su condición. Deslumbrado, maltrecho y desterrado de su propia oscuridad por cientos de artificios eléctricos que lo despojan de su naturaleza etérea y misteriosa.
A media luz, sumido en mi propia atmósfera, tal vez mi propia oscuridad, me dispongo a un nuevo viaje sobre esta ciudad de arquitecturas desgastadas, seriadas e invisibles en su nueva monotonía. El rito de esta catarsis exige de sus propios rituales y he aprendido a ser respetuoso de ellos. Así, escribo palabras, ideas y reflexiones que vienen acompañadas de una música exquisita en cada beat. R&B y algo de trip hop de Esthero y su disco Breath from another.
La música sugiere, induce, cataliza e ilumina procesos creativos. Los lleva, fluyen y confluyen en emociones y propuestas conceptuales, al igual como lo hace la arquitectura a través de sus espacios, de las texturas, del color, de la luz, de la nobleza de sus materiales.
Tal vez nos hace falta un poco más de música por estos lados, en esta ciudad que vive o más bien sobrevive. Despertarnos un poco, estar más conectados. Algo que curiosamente el fútbol nos regaló por un momento. Ese día fui a la plaza y me sumergí en un mar rojo de personas que no conocía, sin embargo, todos éramos chilenos, un sentimiento transversal nos cruzaba y eso bastaba…
Las canciones pasan una tras otra, Heaven sent, That girl, Lounge, superhéroes hasta llegar a Indigo boy… De pronto me detengo ante la idea de una arquitectura más despierta, abierta, propositiva en su diseño, más humana y consciente con el medio ambiente. La música continúa, escucho la letra, Indigo boy… Índigo, un color, un estado, una condición que me permita establecer un paralelo. Hay algo distinto en la manera de entender nuestras estructuras que nos indica que se están quedando atrás, que ya no calzan como solía ser. Algo está empezando a cambiar para mejor en nuestra sociedad. Debemos sentir, aprender y atrevernos a creer más en nosotros.
Nada es casualidad y así es como tuve la suerte de conocer a una persona de esas que te tocan sutilmente. Ella me regaló este texto que comparto con ustedes: “Creo en mis formas, en mis caminos, en esos que duelen pero que rinden frutos. Creo en el sendero de la verdad, en el sendero difícil. Creo en mi alma, en esa porción agazapada de mí. Creo en mis palabras, en mis frases, en mis abrazos y en mis miradas. Creo en quien soy y, por lo tanto, en quien, a pesar de las derrotas, no tengo intenciones de dejar de ser. Creo en mi sueño, en el magnífico sueño que seguiré construyendo hasta que no me queden más fuerzas para creer.
Creo en el destino, en mi historia, en mis pasos y en mi experiencia. Creo en mis ganas de dar y creo en un mundo maravilloso que espera recibir mi gota de cariño. Creo en la amistad, en los besos, en la lluvia, en las sonrisas y en los secretos. Creo en mi esfuerzo por crecer, en mis ganas de crecer. Creo en la vida, y en la magia con la que toca todas las cosas. Creo en un futuro de recompensa para quienes afrontan el desafío de ser fieles a sí mismos.
Creo en mí, sobre todo creo en mí cuando caigo, cuando no tengo fuerzas, cuando el viento sopla y mis velas ceden, sigo creyendo en aguantar y en volver con todas mis fuerzas para seguir y seguir creyendo, y seguir andando, y seguir viviendo. Creo en los sentimientos que pueden hacer de cada día un sol distinto, y por supuesto, creo en el amor y en ese modo indescriptible de estar parado ante la vida, en esa manera intrépida de hacer transcurrir el tiempo, en esa forma tan peligrosa y a la vez tan excitante de tener el corazón abierto…”.