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EDICIÓN | Julio 2015

Nobleza criolla

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Nobleza criolla

Nieto político de Rockefeller, amigo de Salvador Dalí, noble con título conferido en España, apasionado empresario del ballet, millonario excéntrico y chileno. El Marqués de Cuevas fue una figura internacional que ha inspirado por décadas a investigadores y novelistas.

En el balneario de ricos y famosos europeos, Biarritz, el baile de fantasía organizado por el chileno Jorge Cuevas, en 1953, fue el evento del que se habló con ansiedad e impaciencia los meses anteriores y por años una vez celebrado.

Presidiendo el espectáculo, ataviado como el dios de la Naturaleza, envuelto en lamé dorado y coronado con un tocado de uvas y plumas, era el triunfo de un maduro “Cuevitas”, apodo con el que se le conoció en Santiago. “Simple jovencito” o “muchacho cualquiera”, pero dotado de una personalidad vivaz, recordaba Alone, quien lo conoció en una oportunidad. El diminutivo con que se moteaba al sencillo joven antes de irse a París, antes de que trabajara en una casa de modas con el príncipe ruso Yusupov, asesino de Rasputín, antes de que ingresara por matrimonio a la familia del magnate John Rockefeller…

Antes de todo eso, Cuevas era chileno de padre español dedicado a la diplomacia. Nació en Santiago el 26 de mayo de 1885. En el viejo continente, su carta de presentación fue el sonoro título de Marqués de Piedrablanca de Huana, una distinción que no se conoce con certeza si revalidó o fue comprada ante el rey de España.

En París, trabajando como dependiente de una boutique se hizo pasar por príncipe para impresionar a una de las herederas más deseadas del momento, Margaret Strong, una de las nietas regalonas de John Rockefeller, el soberano de la industria petrolera de su país y gran filántropo. Una señorita de bajo perfil, criada en Italia entre académicos e intelectuales.

Cuevas era todo lo contrario. “Exótica ave del paraíso”, “vivaz y colorido”, lo describió la revista Vanity Fair. Fascinante personaje para los cronistas como el propio Díaz Arrieta o Joaquín Edwards Bello, Jorge Edwards, hasta el actual Óscar Contardo. Sujeto de fascinación y de bullying.

Se casaron en 1928 y juntos brillaron en el ambiente artístico y bohemio por más de treinta años, entre la costa este de Estados Unidos y Europa. Le interesaba sobremanera estar en buenos términos con el cabeza de fortuna, con quien se le veía solícito jugando una partida de golf.

Dedicó su vida “laboral” al ballet, como gestor cultural de su propia compañía de danza, de una academia para niños y ayudando a artistas a ampliar su campo entre Francia y Nueva York. Las malas lenguas dicen que con el dinero de su mujer, eso sí.

En vida real, varios recuerdan su vida cotidiana, el marqués recibiendo en su villa con bata de seda y su séquito de perros de aguas, finos pequineses como se usaba entonces. En Cannes, Nueva York, París o Palm Beach. Sede de carretes con otros aristócratas, miembros de la pequeña nobleza europea y estrellas siderales como Salvador Dalí o María Callas.

Excéntrico y legendario. Otra anécdota recordada es la de su enfrentamiento con el coreógrafo Serge Lifar, en 1958, reyerta originada por una ofensa, egos porfiados y diferencias artísticas. En Francia hacía rato que estaban prohibidos los duelos, así que para saldar el honor se escogió un lugar secreto. Tanto que además de los ofendidos acudieron unos cincuenta reporteros y gráficos. Las imágenes de la época mostraron que nuestro personaje ganó el enfrentamiento dejando herido a su oponente, aunque de nuevo, las malas lenguas no tienen claro si fue pericia en el esgrima o un afortunado tropezón.

De su único matrimonio sobrevivieron dos hijos. George de Cuevas, como le decían, falleció en Cannes, en 1961. Su viuda se casó inesperadamente con otro chileno, quien había vivido como pupilo del marqués por muchos años, al punto que varios lo identificaban como su sobrino. No había tal parentesco. Pero las malas lenguas, nuevamente, especularon con la estrecha relación del matrimonio con el joven.

 

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