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EDICIÓN | Julio 2015

Vinos y viñedos en La Serena Colonial

Hernán Cortés Olivares, académico e historiador de la Universidad de La Serena.
Vinos y viñedos en La Serena Colonial

La introducción de las viñas en Chile, especialmente en los valles de La Serena y sus términos ––que, en 1536, abarcaba desde el trópico de Capricornio hasta el valle del Choapa––, permitió muy pronto elaborar un vino de muy buena calidad y su producción creció en gran cantidad porque los andaluces y extremeños “entienden mejor el modo de hacerse”.

La mano de obra de todo el proceso viñatero la aportaban los indígenas de las encomiendas, quienes debían trabajar por turnos la propiedad de su amo y luego cultivar sus propios parrales. Las labores de cultivo, tales como preparar los suelos, podar y guiar las vides, desmalezar y vendimiar, están reseñadas en el censo de indígenas de 1558. Posteriormente, la disminución violenta de la población originaria, obliga a regular la intensidad del trabajo mediante una Tasa, la cual establece los tiempos de trabajo y su valor; así la vendimia contaba con quince días, la cava de la viña duraba diez días, y el de la poda diez: en total, treinta y cinco días.

Las parras también fueron introducidas en la región y como el terreno era tan fértil pronto llegan a semejar árboles. Estos parrones producían gran cantidad de uvas para comer y hacer vino, pero la materia prima no era de la mejor calidad para hacer vino, pues las uvas nunca maduraban bien al faltarles el sol. Por su parte, la viña cultivada permitía elaborar un excelente vino. Existían plantas de dos tipos: unas altas de tres a cuatro pies, que llamaban “de abrazaderas”, porque estaban sostenidas por palos; y las otras eran muy bajas, formando una gruesa cabeza y no crecían medio palmo de tierra, los sarmientos con sus uvas tocaban la tierra cargando menos, pero con ellas se hacía un vino más generoso, de mejor paladar y de mayor duración. Casi toda esta uva era negra y el vino era rojo, que tiraba al negro, de buen cuerpo y se conservaba bien durante el traslado marítimo hacia los puertos de Cobija, Arica y Callao.

Las variedades de cepas más comunes eran la Italia negra y blanca, que maduraban antes que las otras y servían para hacer el vino moscatel y, fundamentalmente, el aguardiente o pisco. La uva Gallo, de grano largo y redondo, era de color negro oscuro, al igual que su vino. La uva San Francisco de Copiapó, tenía un excelente gusto y se elaboraba un generoso de excelente calidad; por su parte, la uva negra común, llamada País, de cosecha más abundante y productiva, era utilizada en su totalidad para fabricar vino común.

El vino en toda época ha sufrido gravámenes e impuestos, como asimismo contribuciones forzosas para la construcción de obras de bien público u obligaciones de carácter religioso. Una de ellas fue entregar, en forma gratuita, vino y aceite a las iglesias y conventos con el fin de descargar las arcas reales, y cumplir con el compromiso de la evangelización. Los jesuitas fueron los únicos que elaboraban su propio vino para el consumo de sus Colegios y Residencias, pero el gran volumen de la producción era enviado al mercado del virreinato peruano y el Alto Perú. La Iglesia, siendo parte en el compromiso de los hacendados con la Corona para proveerles de vino, contribuyó de manera entusiasta a incentivar y promover el desarrollo vitivinícola, favoreciendo su expansión durante los siglos XVII y XVIII.

La producción y el comercio del vino deparaban extraordinarias ganancias favoreciendo la roturación de nuevas tierras, pero abandonando un cultivo esencial para la dieta mediterránea: el trigo, cuya escasez causó graves problemas a la población. A este conflicto entre viñateros y trigueros por el agua y la tierra, se suma la minería. La Real Audiencia y los Cabildos debieron establecer rígidas regulaciones en cuanto a las cuadras a cultivar y los turnos para el agua. Por ejemplo, en Copiapó, la cruda sequía de 1690-1700, obligó a sembrar no más de seis fanegas de trigo y solo media de porotos. La sequía de 1787 y las copiosas lluvias de 1796, arruinaron durante nueve años las cosechas, sufriendo la población el hambre, el frío y las epidemias, por lo cual se ordenó eliminar la producción de vinos, aguardientes, favoreciendo el trigo y toda clase de verduras para la alimentación inmediata de la población.

 

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