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Entrevistas

EDICIÓN | Julio 2015

UN ADIÓS FELIZ

Enrique Opaso, Sacerdote
UN ADIÓS FELIZ

Es el penúltimo de cinco hermanos. Criado en el campo, en el seno de una familia conservadora, asistió a colegios laicos y de ellos lo echaron por desordenado. Fue hippie, tuvo muchas pololas y quiso estudiar agronomía. Pero a los dieciséis años sintió un llamado que fue mucho más fuerte que todo lo anterior y del cual no pudo hacerse el sordo. De ese llamado nació el padre Enrique Opaso, quien fuera el famoso párroco de Reñaca por casi veinte años y que hoy, después de treinta y tres de sacerdocio, inicia la que, asegura, será su última etapa. De ella y muchas cosas más, nos habla en esta entrevista.

Por Macarena Peri R. / fotografía Teresa Lamas G.

Son las cinco de la tarde en el Hospital del Niño en Viña del Mar, y el padre Enrique Opaso llega con su mochila al hombro. Sencillo y cercano, se pasea por los pasillos del lugar saludando a todos de manera muy familiar; nos invita a una sala, la misma que lo acogerá en un par de horas con el resto del directorio del hospital, como es habitual los días jueves.

Aterrizó hace dos días en Chile, después de haber estado viajando durante un mes por Europa, peregrinando, conociendo y disfrutando: sus tres cosas favoritas. Congestionado y con disfonía, nos cuenta que las veinte horas de aire acondicionado en el avión lo dejaron muy afectado y cansado, pero también tranquilo y feliz. Está listo para asumir y empezar de nuevo.

UNA NUEVA MISIÓN

¿Por qué se va?
Ya estaba un poco chato en Reñaca, sentí que había topado techo. En la parroquia se hizo un trabajo hermoso, fueron casi veinte años, pero yo quería algo nuevo. Tengo sesenta y tres años y llegué de cuarenta y cinco; sé que estoy en la última etapa de mi vida, tengo mucho vigor, mucha fuerza y quiero hacer algo diferente. El obispo me ha enviado a La Calera y estoy feliz.

¿Por qué La Calera?
Tiene que ver con que me hizo mucho sentido cuando llegó el Papa Francisco y nos invitó a los curas a irnos a las periferias, “¡vayan a atender a la gente que no se ha atendido, a la gente necesitada!”, ese grito del Papa lo sentí con mucha fuerza. La Calera es otro mundo, es cierto, pero lo que más me gusta es que está todo por hacer, tengo una nueva misión.

¿Algo así como Reñaca hace veinte años atrás?
En ese entonces, era un pequeño balneario que se notaba que estaba creciendo. Yo llegué justo cuando se iniciaba este boom y creo que la obra icónica del crecimiento de Reñaca fue la parroquia. Una iglesia que costó dos millones de dólares y que se financió en un ciento por ciento por la gente.

Pero la gestión titánica de la construcción fue mérito suyo…
Si me tuviera que colgar de algún mérito es el de convocar a un equipo. No creo en las dictaduras, en que uno se lo sabe todo; creo que hay que saber armar equipos y aquí se formó uno grande, de primer nivel. Hubo dieciocho arquitectos trabajando, otro número similar de ingenieros. Uno es un poco el rostro de esto, pero también nosotros somos Iglesia, yo hice esto para la Iglesia, no para mí.

¿Extrañará?
Tengo muy buenos amigos en Reñaca; he pasado de los mejores años de mi vida aquí, pero cuando sentí que esto era mío me di cuenta de que estaba mal. O hacía algo nuevo o me instalaba y yo creo que ya estaba un poquitito instalado... Si acaso extrañaré, sí, pero no me quitará el sueño.

¿Algún tema pendiente en Reñaca?
Sí, la construcción del santuario. No quise hacerlo porque pasó lo de la chilena: hagamos esto por mientras, y el por mientras ya lleva casi veinte años. Hay un diseño para seguir con el mismo estilo de la parroquia. Ojalá que el padre Edwin lo haga.

EL INFIERNO, ADÁN Y LOS HOMOSEXUALES

El Papa Francisco ha dicho que el infierno no existe, ¿qué piensa usted? Evidentemente, el Infierno concebido como el de la Edad Media, del viejo con cachos, cola, ojos rojos, con azufre y fuego no existe. El infierno significa algo muy doloroso, algo muy tremendo y es fundamentalmente una pena de daño, el no poder ver a Dios, sabiendo que Dios existe. El estar privado de esa bienaventuranza, ese es el infierno.

Pero el Papa dice que Dios no es juez, sino un amante de la humanidad, en ese sentido ¿no estaría contraponiéndose a la idea de ese dolor de no verlo que dice usted?
Para nuestras catequesis son importantes esas ideas, porque uno aprende por imágenes, necesitamos hacer tangible lo intangible, por lo menos para nuestra mente, y de ahí, entonces, estas imágenes metafóricas. Lo que dice el Papa es que no nos podemos quedar pegados con el infierno, porque el infierno así dicho no existe, el amor es más fuerte.

El Papa Francisco también ha señalado que si una persona es homosexual pero busca al Señor y tiene buena voluntad, quien es él para juzgarlo. ¿Usted qué piensa al respecto?
Yo creo que hemos sido muy duros con todo lo distinto, sobre todo con los homosexuales. La sexualidad es un tema que, como sociedad, no hemos trabajado como corresponde. La Iglesia tiene una pastoral muy hermosa para la gente que se manifiesta homosexual. Nosotros vamos a acogerlos, vamos a aceptarlos, pero no creemos que el matrimonio entre dos hombres sea una idea que brote de la naturaleza, lo que no significa que no respetemos a quienes tienen otra visión. Lo que tenemos que desarrollar es el principio de la tolerancia, si una pareja de gays quieren hacer vida juntos, ¿quiénes somos nosotros para juzgar eso?

Pero igual usted está diciendo que no es natural…
No es natural desde nuestra concepción, pero a una persona que no es creyente o que tiene otros valores, por qué le vamos a decir que es antinatural. Lo que sí es claro es que hay cosas para las que nosotros nunca daremos el voto como es el matrimonio homosexual y la adopción de hijos por matrimonios homosexuales.

UNA GRAN DESILUSIÓN

¿Y la homosexualidad en la Iglesia?
Nosotros venimos saliendo de algo que es más grave que la homosexualidad: la pederastia. Si he vivido una crisis grande en la Iglesia fue cuando estalló lo de la pederastia hace unos cinco años. Me sentí tan decepcionado, tan frustrado, que pensé en dar un paso al costado y dije: esta no es la Iglesia que yo quiero. Fue todo muy tremendo y me costó mucho. Usted en ese minuto salió a defender al padre Karadima… Exacto. Yo pertenecía a su parroquia, fui cercano a él.

¿Y nunca vio nada extraño?
Nunca. Pero me equivoqué y lo reconocí. El padre Karadima falló a su ministerio sacerdotal, fue juzgado por la Iglesia y ahora ya está condenado.

¿Cuándo se dio cuenta de que se había equivocado?
Los hechos me lo demostraron. Cuando vi el testimonio de los jóvenes por televisión no tuve ninguna duda, porque vi a tres cabros hablando desde el corazón. Negarlo no tenía sentido.

¿No piensa que la condena de la Iglesia a veces es muy liviana para la gravedad de las faltas cometidas?
Lo que pasa es que el código y la tradición de la Iglesia tienen una penitencia distinta respecto a esossacerdotes que tienen más de ochenta años. Ochenta años para nosotros es un tiempo de venerables. En el caso del padre Karadima se le quitó su poder, su entorno, no puede salir de la pieza de un convento, uno dice: qué más.

Respecto a la formación sacerdotal, ¿debiese ser más estricta?
Aquí hubo un antes y un después. Actualmente hay una revisión completa del proceso vocacional, de las instancias por las que debe pasar un joven para ingresar al seminario, hay procesos psicológicos, comunidades a las cuales se les encarga un seminarista para que lo observen, lo acompañen.

¿Y antes no era así?
No, no era tan así. Había, pero no tanto. Hoy un joven que llegue a ordenarse sacerdote ha pasado por mucho cedazo.

El Papa Francisco ha actuado rápido y eficazmente ante esto, ¿por qué cree usted que no se había hecho antes?
Bueno, las cosas fluyen, hasta que de pronto dejan de fluir. Al parecer antes era muy normal que si un cura se portaba mal aquí, lo llevaban para allá, y si se portaba mal allá, se trasladaba a otro lado; era lo que se hacía, pero hoy día eso es impensable. La primera señal potente de esto fue con el Papa Benedicto XVI. El Papa Juan Pablo II nunca supo lo de Irlanda, lo de Estados Unidos ni lo de Maciel. Piensa tú que el Papa propuso al padre Maciel como modelo para la juventud del tercer milenio. Esta gente es capaz de tener una doble vida tan potente que nadie se da cuenta; el caso de Karadima, por ejemplo, cuánta gente creyó en él ciegamente.

Volviendo a Karadima, ¿usted vio la película El bosque de Karadima?
No, pero la voy a ver porque me parece interesante verla, porque todos, no solamente los curas, tenemos que estar atentos a lo que pasa con nuestros cabros. Yo me pregunto por la mamá de estos cabros, los papás, los hermanos, los tíos, los abuelitos, los amigos, ¿nadie vio nada?, ¿nadie se preocupó por qué pasaban tanto tiempo allá? Aquí callamos todos. Ver la película significa preocuparnos de nuestra gente. Una mamá no puede sentirse contenta porque su hijo no llega nunca a la casa porque pasa en la parroquia.Eso no está bien, la parroquia no es para estar todo el día, es para ir, formarse y salir.

Va a ser muy fuerte…
Fuerte, pero necesario.

CRISIS GENERALIZADA

¿Qué piensa de todo lo que ha pasado en el gobierno?
En Chile hay un problema muy serio de gobernabilidad, de credibilidad; no entiendo cómo todavía el grito popular no es que se vayan todos. Yo espero que esto se solucione, que venga gente sensata, que el ministro que falta sea una persona que ayude y no que destruya como el que estuvo.

En cuanto a los temas polémicos que buscan ser ley como lo es el aborto, ¿cree usted que a la Iglesia le ha faltado fuerza?
La Iglesia está herida en un ala. El tema de la credibilidad en Chile es totalmente transversal. Hay una crisis fuerte de la autoridad, en la Iglesia, los curas, los políticos, los militares. Aquí tiene que venir alguien inteligente, alguien con carácter, con carisma, que sea capaz de devolverle a sus instituciones la credibilidad, porque un país no se sostiene así.

¿Algún candidato?
El que más podría darle estabilidad a esta cosa es alguien de personalidad tipo Ricardo Lagos. No veo en la gente joven candidatos en ningún lado. Pero ahí uno vuelve a la fe, a los valores y los principios que son intransables, inmutables. Yo no le tengo miedo a ideologías, creo en las personas, pero a pesar de que existan no veo hoy a nadie que pueda dar el equilibrio necesario. Quizás aparezca en un par de años más, o quizás no, y tengamos que fabricarlo o inventarlo.

 

"El tema de la credibilidad en Chile es totalmente transversal. Aquí tiene que venir alguien inteligente, alguien con carácter, con carisma, que sea capaz de devolverle a sus instituciones la credibilidad, porque un país no se sostiene así”.

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