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EDICIÓN | Julio 2015

A costa de la revolución

Por Marcelo Contreras
A costa de la revolución

En las vitrinas de una gigantesca tienda de instrumentos en Sunset strip en Los Ángeles, cuna del metal escarmenado de los ochenta, se exhibían hace unos años la guitarra y pedalera de Eddie Van Halen, junto a la batería de su hermano Alex, usadas en discos definitivos de la banda que lleva su apellido como 1984, con exitazos como Jump, Panama y Hot for teacher. Llamativa la manufactura de los efectos del legendario guitarrista, claveteados y soldados por él mismo, en la búsqueda de un sonido personal que estalló en el debut de 1978. El solo de Eruption, segundo corte de aquel álbum, jubiló el estilo de monarcas del riff como Jimmy Page y Tommy Lommi. Eddie era voluptuoso, inventivo, sorprendente, listo para moldear el volumen y la técnica en la década de los ochenta.

El complemento de David Lee Roth, un cantante de figura atlética con los gestos de una striper, y Michael Anthony al bajo, dueño de un registro perfecto para coros pop, hacía de Van Halen una banda única e influyente. Hoy están más cerca de una teleserie que de un grupo rock. No hay mes que no den noticia por acusaciones cruzadas entre Eddie y ex miembros como Sammy Hagar —el cantante de la segunda mitad de los ochenta con quien sumaron varios clásicos—, y Michael Anthony, reemplazado hace casi una década por Wolfgang, el hijo del guitarrista. A Hagar no le permiten interpretar las canciones de su periodo, y al bajista no le dan crédito alguno, a pesar de los treinta y dos años en la banda. Aunque David Lee Roth retornó, las viejas rencillas persisten. Según Eddie, al cantante le gusta la música bailable, así que no habrá nuevo álbum. Por mientras, siguen de gira, pasando el sombrero, la larga cosecha que disfrutan por haber revolucionado el rock.

 

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