La clásica salamandra quedó en el pasado, remplazada por una nueva generación de estufas más eficientes para el bolsillo y con el medioambiente: las estufas del nuevo siglo.
Si hace un par de años la famosa Toyotomi, una marca asiática de estufas a parafina, rompió todos récords de venta, hoy son las eléctricas —en su variación infrared o convencionales— las que están ganando en departamentos, mientras que las salamandras que consumen pellet hacen lo suyo en casas. A diferencia de las estufas a parafina, las eléctricas no generan gases contaminantes ni malos olores. Las tecnologías LED y PTC han logrado reducir el gasto eléctrico, aumentando la eficiencia con modalidades ecológicas de bajo consumo. Estas nuevas estufas “inteligentes” son las primeras automatizadas por horario o temperatura y en menos de quince minutos pueden calefaccionar 60 m² sin resecar el aire. Al usarla dos horas diarias por un mes, la cuenta eléctrica sube entre cinco mil y ocho mil pesos. Bastante competitivo frente al precio de la parafina.
En el mercado se pueden encontrar estufas eléctricas básicas desde los cien mil pesos, como las Ursus Trotter, hasta los trescientos cincuenta mil, como Biosmart. El equilibrio en precio lo entrega Sonne y Somela —ciento setenta mil— con sus últimos modelos, que integran un mando inalámbrico y luz UV para reducir la cantidad de microbios del lugar, esencial para disminuir enfermedades de invierno.
Con menos tecnología, pero en aumento, están las estufas que consumen pellet. Su precio sobrepasa el millón de pesos, pero son perfectas para lugares amplios, como casas de dos pisos. Su combustible, el pellet, puede terminar costando más de veinte mil pesos mensuales, dependiendo de su uso. Sin duda, las estufas a parafina son las más usadas en el país, pero las opciones se multiplicaron gracias a los avances tecnológicos que han beneficiado el bolsillo y el medioambiente.