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EDICIÓN | Junio 2015

Fragmentos sanadores

Isabel Ponce, mosaico arte terapia
Fragmentos sanadores

Más que un taller para enseñar la técnica del arte mosaico, Isabel creó un espacio de relajo y desconexión. Aquí, el aprendizaje y la creatividad de sus alumnos se fortalece, a través de los vínculos de una conversación amena y de un ambiente acogedor. Su propuesta: crear y sanar.

Por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.

Aficionada a las manualidades, Isabel se decidió, hace cinco años atrás, a intervenir una angosta pared de su comedor. Pequeñas piezas de cerámica con atractivos colores dieron forma a una espigada mujer africana. El resultado la impulsó a continuar con otras obras, esta vez, en una puerta del antejardín y, más tarde, en el piso del acceso principal de su casa.

Un grupo de amigas motivó a Isabel a iniciar un taller en su casa. Fue tal el estado de relajo que le produjo aplicar esta técnica en diferentes superficies y con diversos fragmentos de colores que no dudó en dar clases, creando un espacio terapéutico, a través del arte de mosaicos.

Desde entonces, y hace tres años, Isabel Ponce distribuye su tiempo entre su trabajo como farmacéutica y este taller. Enseñar la técnica del mosaico —aprendida de manera autodidacta— simplemente la cautivó, pues siempre tuvo claro que lo suyo no era realizar obras para venderlas, por el contrario, su leit motiv es entregar las herramientas necesarias para que cada aprendiz desarrolle sus habilidades en este arte milenario.

¿Cómo describes el ambiente que se genera durante tus clases?
A través de cualquier manifestación artística, la persona que lo realiza entra en un estado de meditación y eso ya es terapéutico. Se logra un momento especial de concentración y eso permite que puedas continuar el día de manera relajada, incluso, tener la mente más abierta para tomar decisiones asertivas.

¿Eso es lo que buscan o esperan tus alumnos?
Se deciden porque quieren aprender la técnica de mosaico, pero están conscientes que este taller tiene una connotación especial. Aquí encuentran un espacio de relajación y se generan vínculos de amistad. Antes de comenzar la clase nos tomamos un café, conversamos y hacemos un círculo para conocernos. Se crea un ambiente muy acogedor.

¿Y en qué consiste el taller?
Al principio hice un taller de dos días y dos horas de clases. Me di cuenta de que era muy breve, porque las personas no se atrevían a continuar solas para realizar obras de mayor tamaño, entonces, lo extendí a cuatro días para que las alumnas crearan su propio mandala. También, hago un taller de seis a ocho días con la finalidad de que puedan crear un espejo de cincuenta centímetros. Yo lo divido en intermedio y avanzado, pero no por un concepto de menor o mayor conocimiento, sino por el tiempo que se requiere para completar un trabajo.

¿Es relevante la edad del alumno?
Cualquier persona puede aprender la técnica del mosaico, porque es una disciplina muy versátil y permite trabajar con variados elementos, entre ellos, papel, plástico, azulejos, piedras, cerámicas y material reciclado. Respecto a la edad, he realizado clases a niños desde los seis años y a señoras de ochenta y cinco ¡Eso es lo mágico y lo bonito de este taller!

¿Tenías experiencia en hacer clases?
Yo estudié química y farmacia en la Universidad de Concepción. Hice clases relacionadas con mi profesión en la carrera de odontología y, además, he hecho clases particulares de matemáticas y química a niños, de manera que la docencia me gusta mucho. Ahora, enseñar esta técnica ha significado un proceso de aprendizaje, también, para mí, porque todo este conocimiento lo he adquirido de manera autodidacta.

¿Por qué razón optaste por enseñar y no por comercializar tus obras?
Fue una opción muy personal, siento que cuando desarrollo un trabajo artístico me cuesta mucho deshacermede él. Todo lo que hago es para mí o para obsequiarlo a alguien en una ocasión especial. Pongo tanto amor y dedicación que no es fácil para mí fijarle un precio.

AUTOESTIMA

Dedicarse en un ciento por ciento a dar clases es a lo que aspira Isabel. Tal es su pasión por lo que hace, que ha extendido su conocimiento de este arte, con un fin social. Hace tres años, Isabel dicta un taller de mosaico a un grupo de mujeres de la Fundación Casa de la Esperanza, en La Serena. Una labor que la llena de orgullo, porque sabe que no solo les está entregando herramientas para desarrollar un oficio o generar recursos.

¿Esta experiencia reafirma la intención de tu taller?
Precisamente lo que entrego en estas clases comprueba que el objetivo que me propuse sí existe y es real. Las mujeres de esta fundación descubren sus capacidades y habilidades y reconocen que pueden hacer lo que ellas se propongan. Las motiva a no faltar a sus tratamientos, porque aquí existe mucha deserción. Les encanta, llegan contentas al taller, porque además les brinda un trabajo estable y pueden hacerlo en sus propias casas.

 

“Cualquier persona puede aprender la técnica del mosaico, porque es una disciplina muy versátil y permite trabajar con variados elementos”.

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