Nemesio Moscoso encarna, en grado máximo, la destreza y técnica necesarias para manifestar la vida cultural del pueblo aymara y la perdurabilidad del patrimonio inmaterial chileno. Este músico y fabricante de mandolinas, nos cuenta su vida y qué sintió al ser escogido Tesoro Humano Vivo.
Texto y fotografía Soraya Valdivieso V.
Lo encontramos en su parcela en el pueblo de La Tirana, junto a su esposa Daniela Mamani. Nemesio Moscoso tiene ese semblante único que solo los hombres con experiencia pueden tener. De edad indefinida, su mirada es la de un hombre paciente y alegre, arraigado a la tierra, a la vida en familia y con una añosa pasión por la música.
Nacido en Chijo, poblado cercano de Cariquima, a 240 kilómetros de Iquique, fue reconocido como Tesoro Humano Vivo, por su calidad de maestro luriri aymara, una actividad con riesgo de desaparecer.
En su etapa más temprana comenzó a experimentar con instrumentos andinos, escuchando e imitando los acordes de su padre y abuelo. A los quince años ya tocaba más de siete instrumentos, y cuando fue mayor de edad comenzó a construir sus propias bandolas, similares a las mandolinas. Así fue como se hizo creador y guardián de una destreza y técnica única, herencia de toda una historia.
APRENDIZ
Nemesio iba camino a Mamiña cuando encontró un maestro en Huara, de apellido Liandro. A él le pidió que hiciera cuatro mandolinas para tocar en el próximo carnaval. Le hizo el pedido y se fue. Pero al llegar a casa, tuvo la inquietud de visitar el taller del maestro, de modo que, al día siguiente, fue y observó detenidamente el trabajo de Liandro.
De a poco comenzó a hacer mandolinas, a veces chuecas o imperfectas, pero “la voz” —como llama Nemesio al sonido— era tan cautivadora que decidió seguir confeccionando mandolinas, una tras otra hasta alcanzar la perfección.
Las bandolas se inspiran en las mandolinas, un instrumento de principios del siglo XVI. Construidas en Italia, fueron utilizadas por los compositores más fabulosos de la historia como Vivaldi, Mozart, Beethoven. En los procesos migratorios, lograron influir de lleno en el folclore latino. De este modo, la mandolina fue adoptada por las tribus primigenias, bautizadas en el altiplano como bandolas aymaras.
Los floreos o carnavales son ocasiones donde, por cuatro días, se escuchan sus acordes musicales, se baila y se homenajea a la madre tierra. El sol durante el día y el frío intenso en la noche son cosa poca, ya que la música anima y transmite energía para que la fiesta continúe.
EL TRABAJO
Con sierras de pequeños tamaños, Nemesio se maneja entre maderas, las que son utilizadas para dar forma ovalada al instrumento. Hay una leyenda aymara que dice que si se lleva el instrumento a una cascada o al lecho del río, el instrumento se afina por sí solo. No obstante, Nemesio afirma que su secreto es afinarlo él mismo, tal cual aprendió de sus abuelos y ellos de sus abuelos, “es una técnica especial que nunca se me va a olvidar”, agrega.
Una bandola hecha por las manos de Nemesio, mide 75,5 centímetros de contorno y está hecha de raulí. Demora entre seis y siete días, porque su fabricación es por etapas. Primero el brazo, la caja, la tapa trasera, la delantera y los trastes. Posteriormente se barniza, y luego, el detalle de las cuerdas, proceso más largo, donde se necesita mucha paciencia. Cuando le preguntamos qué se necesitaba para construir mandolinas, respondió “voluntad”.
Por último, Nemesio les agrega dibujos, como una forma de hacerlos únicos. Existen instrumentos de doce o dieciséis cuerdas, lo que varía según los intereses del cliente. Sin embargo, el artesano prefiere el de dieciséis, pues tiene más sonido. Es importante destacar que las mandolinas duran entre diez y veinte años, por lo tanto, las ventas son a largo plazo. Actualmente, un ejemplar cuesta ciento cincuenta mil pesos.
ENCANTO MUSICAL
El paisaje salvaje de Cariquima, con colores entre verdes y cafés, fauna libre, el sol y el viento, fueron la inspiración natural de las tradicionales melodías que hablan de la madre tierra, la quínoa y las llamas. Los tonos de la mandolina hacen vibrar hasta el corazón más frío, son notas musicales que emocionan y siguen un ritmo alegre y constante.
La señora Daniela Mamani sigue a su esposo en la inspiración musical y no duda en cantar acompañándolo. En cuanto a sus hijos, que son siete, todos saben tocar la mandolina, pero Raúl, el mayor, es quien asumió la herencia de su fabricación y se encuentra animado de preservar el legado, aunque los otros también conocen la técnica y contribuyen.
Este hombre de baja estatura y marcados rasgos, es un claro ejemplo de cómo torcer la mano al destino. En 2014, gracias a la postulación de una de sus nueras, fue nombrado Tesoro Humano Vivo, denominación que, según él, lo llena de orgullo, sobre todo porque destaca el sacrificio y empuje que tuvo al perseverar en la fabricación de las mandolinas.
Durante su juventud formó parte de la banda Sierra Pampa, una comparsa famosa y reconocida por su aporte al folclore nacional. “En ese tiempo grabamos música en estudios, visitamos cientos de radios, nuestros conciertos eran muy cotizados y hasta realizamos una gira desde Temuco al Norte”, rememora Nemesio. Con la quena, la zampoña, las sikuras, las tarkas, los lichiguayos, las lakas y otros instrumentos, fue que Sierra Pampa cautivó a un gran público, incluso presentándose en el Foro Económico del Asia-Pacífico –APEC 2003.
“Éramos más de veinte músicos a cargo del director Freddy Albarracín, más conocido como Calatambo”, agrega.
El amor de Nemesio por su arte, la pasión con la que nos relata su historia y la necesidad de preservar nuestro patrimonio cultural, son factores que lo mantienen como uno de los únicos fabricantes y reparadores de la bandola aymara.
Hay una leyenda aymara que dice que si se lleva el instrumento a una cascada o al lecho del río, el instrumento se afina por sí solo. No obstante, Nemesio afirma que su secreto es afinarlo él mismo, tal cual aprendió de sus abuelos.