Es la mujer fuerte de la cultura chilena. Se hizo cargo del GAM cuando aún estaba en obra y en cinco años ha logrado convertirlo en el polo cultural más importante del país. Pero ella no se cree el cuento, dice que hay que trabajar pensando en que el resultado trascienda a las personas. Por mientras, administra un espacio que es visitado por más de dos mil personas al día y que organiza doscientas actividades al mes. ¿Y cómo lo hace? “Mirando el bosque desde afuera”.
Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.
Se nota que es simpática. Fresca, divertida y espontánea, es de las que llega contando anécdotas, habla de sus niños, de la pega y de los temas domésticos como lo haría cualquier mujer de cuarenta y ocho años, separada y con tres hijos hombres adolescentes. A primera vista, nadie podría creer que sobre sus hombros descansan los veintidós mil metros cuadrados del Centro Cultural Gabriela Mistral y las casi ochenta personas que allí trabajan.
En su familia la cultura es un tema, pero, como ella misma lo dice, un tema tardío. Es prima hermana de Andrés y María Elena —cineasta y documentalista respectivamente—, pero como ellos, llegó a esto por la vuelta larga. “Andrés es ingeniero comercial y la Mane, periodista. Yo estudié Licenciatura en Historia. Cuando éramos chicos nadie podía imaginar que terminaríamos en esto, aunque crecimos en familias muy abiertas de mente”, explica.
Alejandra terminó de estudiar Historia e ingresó a trabajar a la Minera La Escondida, una compañía que desarrolló una política de apoyo cultural basada en iniciativas que tuvieran impacto en la población y lograran real acceso. Bajo ese alero surgieron iniciativas como Santiago a Mil, Santiago en 100 Palabras y Nanometrajes Urbanos. “Así entré de lleno en el mundo de la gestión cultural, porque nuestra vinculación no pasaba por entregar plata y poner un logo, sino que nos involucramos con los equipos para mantener vivos los proyectos, aumentar el impacto y perfilarnos como iniciativas de participación masiva”.
Igual debe ser fuerte pasar de eso a trabajar en un espacio como este, teniendo que sacar adelante un proyecto de esta envergadura con presupuesto limitado…
El proceso de venirme al GAM fue bastante inconsciente. Mi alma encontró que tenía todo el sentido del mundo venirme a armar un proyecto tan lindo como este, en una estructura tan simbólica y no lo pensé demasiado en términos prácticos. Llegué en mayo del 2010 con la meta de inaugurar en septiembre, con el edificio en obra. Queríamos hacer una marcha blanca, pero no hubo tiempo, ahora creo que fue mejor no tener todo el tiempo del mundo para planificar.
El GAM funciona como una inversión del Estado administrada por una corporación sin fines de lucro de derecho privado, donde están representadas diez de las más importantes instituciones culturales, además del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Su modelo de gestión es mixto; el 2014, tuvieron un setenta y tres por ciento de recursos estatales y el resto—alrededor de mil millones— lo generaron operando un parque de estacionamientos, un café, un restaurante, tres tiendas y realizando eventos como lanzamientos de libros o arrendando espacios para seminarios. “Todavía tenemos un espacio para aumentar esos ingresos variables, sobre todo intentando que los privados se interesen por apoyar un espacio como este”.
¿Podrías identificar alguna clave para esta gestión exitosa?
Probablemente en lo que hemos sido exitosos fue en definir una misión y una visión que le diera sentido a lo que estábamos haciendo y que constantemente pudiésemos preguntarnos si lo que estamos haciendo tiene que ver con eso. Y eso se relaciona con el tipo de personas que trabajan en el GAM y si tienen conciencia de que estamos trabajando para una organización que nos trasciende. Repetimos todo el tiempo que queremos ser un espacio de transformación social. El presupuesto que uno maneja es un desafío permanente, porque hay que priorizar en todas las decisiones y preguntarnos si es pertinente o no gastar plata en algo.
El mayor logro es no haber transformado esto en un elefante blanco…
Esa era la pregunta típica cuando empezamos. Pero de esa misma imagen definimos lo que había que hacer: si queríamos brindar acceso a las personas que tradicionalmente están excluidas de la participación cultural, había que traer la mayor cantidad de gente posible. Y para eso era necesario una oferta diversa, ágil y contingente, además de todas las estrategias necesarias para derribar barreras y crear hábitos.
Y parece que lo están consiguiendo, porque un promedio de dos mil quinientas visitas diarias parece un sueño para el mundo cultural.
Sí, pero es importante hacer una distinción. Esas son las visitas al edificio, gente que se sienta, se junta para compartir un café u otros que recorren la infraestructura del edificio. De ese total, alrededor de setecientas mil personas al año participan de la oferta y un cuarenta por ciento de ellas paga una entrada. Eso pasa porque una parte de la oferta es gratuita.
¿Cómo elaboran una programación que satisfaga todos los gustos?
Tenemos líneas curatoriales que son la memoria, el territorio y la utopía, es decir, el quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Con estos tres grandes lineamientos buscamos algunos temas por año, que pueden tener que ver con conmemorar. El 2013 fueron los cuarenta años del Golpe, el año pasado el centenario de Parra y este año, los setenta años del Nobel a Gabriela Mistral y las ópticas femeninas en el arte. Se deciden con un año de anticipación y se realiza una convocatoria en teatro, danza y fotografía abierta a todo Chile, se presentan creadores independientes con proyectos que evaluamos y de ahí sale el setenta por ciento de nuestra programación. También participamos en otros proyectos como productores o co-productores. Y con eso hacemos la parrilla del año.
BAILAN SIN CESAR
Recorrer el GAM a cualquier hora es una experiencia. En las salas de exposiciones, decenas de jóvenes dibujan, en la explanada algunos patinan, otros bailan y muchos muestras distintas facetas artísticas, en un espacio que se ha transformado en símbolo de libertad, de creatividad y de derroche de talento. Es como si nadie tuviera vergüenza de ser o hacer en ese lugar.
“Si una mira estas comunidades flotantes, los que están en las plazas bailando, patinando, el club de la tercera edad, el de los jóvenes críticos, es gente que está participando y se transforma en parte de la oferta del centro. Más del sesenta por ciento de los que vienen tienen menos de treinta años y es como una suerte de mineral de alta ley exquisito y, por lo mismo, trabajamos para fidelizarlos. Este es un centro de la cultura, las artes y las personas y eso es porque tenemos un foco puesto en eso, tenemos un equipo que trabaja con el público, que está atento a que si hay chicos bailando pop coreano vamos a organizar una maratón para que vuelvan.
¿Qué cosas te han sorprendido estos cinco años?
Desde cosas muy superficiales a otras más profundas. Por ejemplo, que al chileno le gusta bailar en la calle, cuando antes pensaba que éramos más recatados. También me sorprende el tremendo deseo de participar, sobre todo de los más jóvenes, que buscan espacios donde se sientan relevantes. Más profundamente, ha sido importante conocer la tremenda vocación de los creadores chilenos, que hacen lo que hacen contra viento y marea y, la mayoría de las veces, por amor al arte.
Debe ser duro no poderle decir que sí a todos.
Es muy complicado, estamos todo el tiempo analizando qué implicancias tiene cada decisión que tomamos. Hay un mundo de creadores muy postergados y muchas expectativas respecto de este lugar. Pero es complejo hacer una gestión que haga la diferencia, pero que al mismo tiempo tome en cuenta todas las particularidades del mundo del arte.
CUIDADO CON EL ÉXITO
No le gusta que la identifiquen como la mujer tras el éxito del GAM. No le interesa ser un icono. “Soy la cara visible, pero este es el trabajo de un gran equipo y es un hijo de todos. No soy experta en programación ni en trabajar con audiencias, probablemente mi rol principal ha sido orquestar a un grupo de personas siempre recordando el sentido de nuestro trabajo. No estoy enamorada del éxito y sé que hay que tener mucho cuidado con el ego, porque es traicionero. Trabajo mucho las expectativas, porque este es un espacio complejo, un desafío permanente y lo que se espera de mí es que tome decisiones, pero también que construya una institución que pueda continuar cuando yo me vaya”.
Pero coordinar tantas actividades parece una carga enorme de trabajo.
Diría que, como buena mujer, soy muy pragmática y productiva en las horas de trabajo, pero también soy muy celosa de mi tiempo libre y de mi tiempo familiar. Y con el tiempo he aprendido a decir que no y a estar donde quiero estar. Tenemos una gran coordinación, hacemos turnos y aunque es una pega demandante, no queremos morirnos ni enfermarnos en el camino.
¿Queda tiempo para ti?
Todo tiene que ver con el lugar desde el que uno se para. Hay un menor costo y una sensación de tener más tiempo y libertad si permanezco fuera del bosque, porque si me meto empiezo a enredarme. Es como una posta, como dirigir una orquesta en que cada uno hace lo que se supone que tiene que hacer. A los cuarenta y ocho años es relevante sentir que no tengo que estar aquí catorce horas todos los días y poder estar con mis hijos.
Porque tres hijos dan bastante trabajo…
Sí, pero tengo los espacios y una buena red de apoyo. Tampoco me vuelvo loca por hacerlo todo bien. Los niños tienen la mamá que conocen y somos las mujeres las que nos ponemos presión. Yo me he ido reconciliando con ser la madre que soy y mi prioridad son mis hijos. Creo, honestamente, que ninguna mujer exitosa tiene a los niños, el marido o la casa botados, porque no sería feliz. Por eso mismo, siento que la palabra éxito es más engañosa para las mujeres, porque nuestra realización no está puesta afuera, sino en que nuestros hijos sean buenos, sanos y felices… que canten en la ducha cada mañana. Los míos lo hacen y cuando los escucho me siento feliz… si además de eso al GAM le va bien, tanto mejor.
“Yo me he ido reconciliando con ser la madre que soy y mi prioridad son mis hijos. Creo, honestamente, que ninguna mujer exitosa tiene a los niños, el marido o la casa botados, porque no sería feliz”.