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EDICIÓN | Junio 2015

De armas tomar

Francisca Crovetto, Tiradora modalidad skeet
De armas tomar

Mientras fija la mirada en los platillos que vuelan, el país debiera poner los ojos en ella. Con determinación, confianza y mucho trabajo, esta deportista espera, algún día, ganar una medalla olímpica. En estos días apunta muy lejos y muy alto, compitiendo por un cupo a Río 2016.

Por María Jesús Sáinz N. / fotografía Andrea Barceló A. y Mauricio Palma.

En el discurso del veintiuno de mayo, la presidenta Bachelet no hizo ninguna mención al deporte de alto rendimiento y a Francisca Crovetto le pareció mal. Por eso, a los pocos días, estaba reunida, junto a la directiva de DAR Chile, que representa a los deportistas chilenos, con la ministra, el encargado de alto rendimiento y la subsecretaria del ramo. Ella es así. Activa, directa, y comprometida. Preocupada de entregarnos algún día una medalla, pero también de que otros deportistas logren grandes cosas.

Tiene veinticinco años, es delgada, muy femenina y se expresa con seguridad. Al hojear una revista de la Federación Internacional de Tiro y buscar su nombre en el ranking mundial, se puede ver que aparece en el lugar número diez. “¡Estás en el top ten del mundo!”. A lo que responde con humildad; “No sé, puede ser porque el año pasado terminé quinta en el campeonato mundial”.

Así, con la sencillez de alguien que está consciente de su nivel (con veintidós años fue octava en Londres) y tranquila de estar haciendo todo para alcanzar sus objetivos, despeja con paciencia cada duda que cae sobre un deporte, que si bien ha dejado en la paupérrima historia del medallero olímpico chileno una meritoria presea de plata para Alfonso de Iruarrizaga en 1988, es poco conocido.

Francisca explica que se trata de un deporte olímpico, fundador de los juegos modernos de Atenas de 1896, como queriendo dejar en claro que este no es el pasatiempo de unos cazadores de pájaros, ni una humorada de un grupo de amigos. “Se dispara con escopeta y hay tres modalidades: fosa, fosa doble y tiro skeet, que es lo que yo hago”, y luego explica cómo es el semicírculo desde donde tira, cuáles son las ocho estaciones y sus torres, cómo son los tiros simples y cómo los dobles. En fin, una serie de detalles, algunos muy técnicos. Haciendo un esfuerzo por simplificar al máximo termina describiendo que apunta a platillos que simulan el vuelo de unas tórtolas que se cruzan en el aire a más de cien kilómetros por hora. Y debe ser divertido, porque lo cuenta con mucha pasión.

¿Cuál es la clave?
Yo creo que es la capacidad de reacción y cómo uno coordina la parte visual con la parte física. No es un deporte donde el fenotipo marque una diferencia, como en el básquetbol, donde los más altos siempre van a tener un hándicap. Aquí el factor físico no determina el desempeño. De hecho, es un deporte súper longevo, en que hay gente de cincuenta años o más que sigue rindiendo a nivel mundial.

¿Cuál es la edad de la plenitud?
Entre los treinta y los treintaicinco años. O sea, tenemos Francisca Crovetto para rato… Sí. Obviamente hay excepciones. Hay deportistas que han sido campeones olímpicos a los diecisiete, pero los grandes tiradores, y uno lo ve en las estadísticas, a los treinta años están alcanzando su peak.

MUJER DE ARMAS

Aunque la mayoría de los tiradores al vuelo llegan a este deporte porque alguna vez fueron cazadores, Francisca no solía salir a disparar a animales. Sí lo hacía su padre. Cazador de tórtolas, perdices y conejos, y apasionado de este pasatiempo, fue uno de los fundadores del Club de Caza Ecológica H. Parentini de Calera de Tango.

Ella, con apenas diez años, “planillaba”. Es decir, anotaba los resultados, aprendía las reglas de seguridad y armaba las escopetas. Hasta que un día, de tanto acompañar a su padre, disparó una y sintió por primera vez el placer de hacer desaparecer aquellos los platos que volaban por el cielo. “Nunca fue una imposición de mi papá. Siempre fue algo que nació desde mí, era yo la que lo levantaba los fines de semana. Al principio me gustaba porque era buena. A lo mejor no era buena para tocar la guitarra, pero sí para disparar”.

Y se cumplió eso de que “lo que mejor haces es lo que más te gusta”…
Sí, aunque siempre he considerado que mi principal talento en el skeet es mi capacidad de trabajo. Tengo una cuota de habilidad natural, pero me comparo con mis compañeros y a mí me costó muchos años tener el nivel que ellos han obtenido en poco tiempo. Eso me ayudó a entender el valor que tiene el trabajo. Tal vez si no fuera así, no sería lo metódica y obsesiva que soy.

¿Es placentero?
Cuando empiezas a pegarle a los platos ves que hay una cosa adictiva. Es una droga, pero también es un deporte bien ingrato, con hartos sinsabores. En el tenis, por ejemplo, puedes paletear un poco y pasarlo bien un rato. Aquí le pegas o no le pegas. No hay términos medios.

¿Es frustrante?
A veces, pero es un deporte que te hace conocerte mucho a ti mismo, porque es individual. Te pone en distintos escenarios y ves cómo vas reaccionando. Yo he crecido mucho en términos personales.

Francisca recuerda que cuando comenzó eran siete mujeres, pero hoy ella es la única que queda. No le sorprende, pues reconoce que es un deporte “un poco inhóspito” para las ramas femeninas. “En los clubes de tiro no hay baños de mujeres”, ejemplifica, aunque a ella le guste la relación de las mujeres con las armas y la encuentra bonita.

¿Dónde ves la belleza?
Es elegante. Súper bonito. No es común y se asocian a lo masculino, pero hay fotos de mujeres en el mil ochocientos vestidas con sus trajes de esa época y con armas de fuego. Me gusta.

UN SACRIFICIO DOLOROSO

El 2010, Francisca entró a estudiar Ingeniería en Biotecnología en la Universidad de Chile, pero vinieron las movilizaciones estudiantiles, la falta de clases y, entre tanto desorden, la buena noticia de que había clasificado en cancha —no por invitación— a los Juegos Olímpicos de Londres. La decisión no fue fácil, pero finalmente congeló la carrera y, desde entonces, se dedica ciento por ciento al tiro.

¿Se puede ser profesional en este deporte?
El tiro ha ido evolucionando en el mundo. Al principio era un deporte que no estaba profesionalizado. Hace veinticinco años alguien podía ir a un campeonato mundial sin tener preparación y ganar. Ahora las grandes potencias, que son Estados Unidos, Italia, China y Rusia, tienen a sus tiradores dedicados a la actividad. Y si yo quiero competir con ellos, tengo que prepararme en las mismas condiciones.

Hoy entrena seis veces a la semana en el Club de Tiro de la Fuerza Aérea y en la Base Aérea El Bosque, y por las tardes hace trabajo físico en la Clínica Las Condes, auspiciador del Team Chile, del cual es la capitana. “Ahí hago pesas, cardio, ejercicios de estabilización, ejercicios kinésicos y de fortalecimiento cervical, que son necesarios porque disparo mucho. Uno ve el tiro y parece un pasatiempo, pero va provocando mucho daño”.

¿Tienes habitualmente dolor?
Sí. Es un deporte que va provocando daños cervicales, de hombro y de espalda, entonces el trabajo físico está enfocado en evitar el dolor. Un culatazo tiene uno punto dos toneladas de fuerza, entonces hay que tener una armatoste que soporte todo eso. El deporte de alto rendimiento no es sinónimo de salud y uno tiene que saber convivir con el dolor a diario.

¿Haces mucho trabajo mental?
También. Trabajo hace ocho años y medio con el sociólogo del CAR. Es un deporte súper mental y tiene mucho de concentración.

Hoy es deportista PRODDAR y ADO, lo que significa que recibe recursos para desarrollar su deporte. Además, cuenta con el auspicio de TEC Harseim y escopetas de la marca italiana Beretta, con quienes tiene contrato hasta 2020. A pesar de estos apoyos deja claro que “mi gran auspiciador es el Estado. A mí el plan olímpico me paga todo: preparación, entrenador y viajes”.

¿Y es suficiente?
Siempre hay mucho por hacer y por eso formamos la Asociación de Deportistas de Alto Rendimiento, pues nosotros trabajamos como cualquier persona pero no tenemos contratos, AFP, previsión, seguro de cesantía o pre y post natal. Estamos desamparados.

¿Han obtenido logros?
El año pasado lo más mediático fue el aumento del presupuesto, pero nuestro aporte como asociación va mucho más allá. Es un trabajo diario, de hormiguita. Hemos ayudado a modificar el nuevo programa PRODDAR, pero además tenemos que ver el seguro de accidentes, solucionarle problemas a los deportistas que no les han pagado, ver qué podemos hacer con el hotel del CAR que está copado.

¿Pero tú no debieras estar entrenando mientras otros se encargan de estas cosas?
A mí me corresponde hacer esto. Obviamente quita tiempo de entrenamiento, pero es mi responsabilidad, porque en mi preparación se gastan recursos fiscales, por lo que tengo que ser capaz de ayudar a mis compañeros.

Nadie sabe mejor que los mismos deportistas qué es lo que necesitan...
Exacto, estar todos en la misma parada y juntos para que las soluciones surjan. Me corresponde devolverle a Chile la mano.

¿Y lo harás en las Olimpiadas?
Ese es mi sueño. Cuando vi la final de Massú y González me enamoré del olimpismo y dije “quiero estar un día allá. Quiero ser parte de esto”. Lo mismo que sembraron en mí Fernando y Nicolás lo puedo sembrar en generaciones futuras que se motiven a soñar y trabajar por un triunfo. Estoy haciendo todo para conseguirlo.

 

 

“Un culatazo tiene uno punto dos toneladas de fuerza, entonces hay que tener una armatoste que soporte todo eso y que uno pueda competir en la mejores condiciones. El deporte de alto rendimiento no es sinónimo de salud y uno tiene que saber convivir con el dolor a diario”.

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