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EDICIÓN | Junio 2015

Nos falta calle

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Nos falta calle

La palabra patrimonio suena a día de recreación, visita a museos y edificios del Estado. La masiva participación del público en la más reciente conmemoración deja una sensación ambivalente: hay interés por conocer y participar, pero el concepto se asocia poco con gente, vida, ingenio, triunfo, creencia o encanto chileno.

Precisamente porque lo que se hereda no se hurta, estaría bueno que el patrimonio fuera considerado como una riqueza propia, que nos trasmiten —ojalá— desde chicos en la casa y en la educación formal, y no como un solo domingo al año con actividades culturales.

Los museos, casonas y edificios son importantes, qué duda cabe. La contemplación presencial de una pintura clásica, los volúmenes sensuales de una escultura, las pausas, ritmo y armonía de una pieza musical pueden salvar vidas. No es exageración, el genio creativo tiene partes de mentira y de verdad. El punto es que hoy no hay que moverse para ver la Mona Lisa o entrar a la Noche Estrellada; lo puede descargar, poner de protector de pantalla, compartir y hasta hacerse un “meme”.

En mayo se vivió con intensidad en la capital el Día del Patrimonio. Las familias se armaron de paciencia y entusiasmo para visitar los “lugares patrimoniales”: ministerios, las hermosas casas consistoriales de municipalidades, como el palacio Vásquez de Macul, edificios públicos como el Consejo de Monumentos Nacionales en su casa de las Gárgolas, templos coloniales, cuarteles de bomberos, estaciones ferroviarias, universidades, liceos.

Curiosamente, reina una visión tradicional del patrimonio; las instituciones obvias dentro del ranking de las más visitadas: La Moneda, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Museo Histórico Nacional están abiertas todo el año y recorrerlas es gratis, aunque hay que hacer reserva previa para entrar a la sede del gobierno.

Es complicado asociar nuestra cultura sólo con ellas. El patrimonio, legado presente de esta, incorpora tantos otros elementos que merecen ser celebrados. Porque ahí están las respuestas de lo que hemos sido, ciertas claves para el futuro. ¿Habrá alguien más perdido que el teniente Bello? ¿Cuánto dominio personal te queda si ya estás “peinando la muñeca”? ¿Por qué los productos de dudosa calidad son marca “chancho”? ¿Por qué la marraqueta es un orgullo mundial? ¿Cuántos minutos de espera significan “altiro” o “tipín”? ¿Me “cachai” lo que te digo o estoy quedando como “chaleco de mono”?

Así como cada quien decide qué hacer con su patrimonio económico, cuidar o transmitir la herencia cultural es responsabilidad propia, no de los alcaldes, artistas o autoridades. Es decisión de uno si le va a dar continuidad al charquicán o al puré con salchicha, acompañar con pebre o salsa de soya, se va a proteger del destino con un chancho de tres patas modelado en greda o con el gato de la suerte dorado que agita su mano izquierda.

Esperanzas, en todo caso, tenemos, con buenos indicios. Lo auténtico se aprecia de forma creciente. Ya palpita algo, ya se empieza a ver cocineros, como en Pebre o la feria Ñam, agrupados para el rescate de recetas y preparaciones; los vecinos de Yungay, Las Lilas o Suárez Mujica, por ejemplo, que defienden su vida de barrio; el Ave Fénix, que tiene a vecinos, ex maquinistas y operarios en búsqueda de revivir el extinto tren de Pirque.

Los “Santiago a pie”, “en bicicleta”, recorridos literarios, la ruta de las picadas —La Piojera, el Hoyo—, el día nacional del Barros Luco, el viaje a la nostalgia en una de las antiguas micros amarillas, la valoración de la medicina ancestral de nuestros originarios.

Los de Valparaíso siendo porteños, los chilotes como tales, el desenfado de nuestros mineros, el santiaguino urgido, apurado, de sonrisa fácil; esa atmósfera espiritual en que nacen y que hace de ellos quienes son. Una fuente y reservorio de identidad. Por ahí también va.

 

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