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EDICIÓN | Junio 2015

La isla del tesoro

Juan Fernández

Viajamos al archipiélago de Juan Fernández y visitamos la isla Robinson Crusoe. Territorio lejano, mágico y poco conocido, históricamente visitado por navegantes y piratas, hoy habitado por un puñado de chilenos que no solo hacen patria, sino que disfrutan de su belleza y recursos. Esta es la historia.

Texto y fotografía Rodrigo Ponce V.

La isla fue descubierta, en 1564, por el marino y piloto español Juan Fernández, quien buscaba realizar el viaje desde el puerto de Callao a Valparaíso en menor tiempo que el usual, para lo cual se alejó de la costa evitando la corriente de Humboldt. Además de hacer el viaje más rápido, descubrió no sólo Robinson Crusoe, sino las islas San Félix y San Ambrosio. Claro que por su desusada rapidez en arribar al puerto chileno tuvo que dar explicaciones (satisfactorias, afortunadamente para él) a la Santa Inquisición, la que no dudaría en encender la hoguera para expiar el supuesto pecado de brujería… pero esa es otra historia.

El libro Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, debe ser uno de los más leídos de la historia; ha sido traducido a muchos idiomas e inspirado diversas películas. En él se cuenta la historia de un marino abandonado por años a su suerte en una remota isla, y de donde logra salir para contar la historia repleta de peligros y aventuras. Si bien la isla del libro —imaginamos que por recursos literarios—, se sitúa frente a la desembocadura del río Orinoco y es habitada por indígenas (algunos caníbales), la historia del náufrago es real y ocurrió en la isla que antes se llamó Más a Tierra y que hoy conocemos como Robinson Crusoe, y que junto a las islas Alexander Selkirk (antes Más Afuera) y Santa Clara forman el archipiélago Juan Fernández.

LA HISTORIA

La historia, brevemente, es más o menos así: Alexander Selkirk, marino escocés oriundo de Largo, navegaba en el galeón Cinque Ports en 1703. Tras tener problemas con el capitán del navío, fue dejado en la isla, sin más compañía que algunas semillas, herramientas y una Biblia; con eso tuvo que sobrevivir cuatro años y cuatro meses, hasta ser rescatado por el Duke, en 1709. Volvió a Escocia, donde relató su aventura que luego sería escrita por Defoe, y comenzó a navegar nuevamente. Murió en 1721 y fue enterrado en el mar frente a las costas africanas.

En la historia más reciente, otros expatriados y solitarios vivieron en la isla: sirvió de prisión para algunos patriotas durante la guerra de independencia: aún podemos visitar “las cuevas de los patriotas”, donde vivieron, entre otros, Manuel de Salas, los Egaña y una larga lista de notables de los que tenemos noticias en los libros de historia de Chile.

Tres siglos después, la isla Robinson Crusoe nos recibe con su inconfundible silueta cargada de misterio. El acceso a la isla no es simple, pero forma parte de su identidad y atractivo; se puede llegar vía aérea en aviones que llevan entre seis y veinte pasajeros, tras dos horas de vuelo. Luego, se toma un bote en el sector de Bahía del Padre, cercano al aeródromo, que nos llevará hasta el único poblado de la isla, San Juan Bautista, distante a una hora y media de navegación, dependiendo del estado del mar. También se puede acceder vía marítima, aunque es más lento y no del todo cómodo, salvo que tengan la suerte de conseguir un pasaje en el buque Aquiles de la Armada de Chile.

Una vez allá es imposible arrepentirse y solo las primeras vistas hacen que todo valga la pena. La isla presenta una parte seca y más bien desertificada, y otra con abundante vegetación, casi imposible en la práctica de penetrar, con laderas escarpadas y cerros cortados a pique.

A pesar que la sobre explotación llevó a la extinción de algunas especies vegetales, como el sándalo, y tiene en peligro a la palma local (conocidas como chontas), nos sentimos maravillados con la flora y fauna locales: dado el aislamiento del archipiélago, existen variadas especies endémicas, es decir, que sólo se dan acá, como algunos helechos, las palmas antes citadas y otras del mundo vegetal. Particularmente vistoso es el colibrí de Juan Fernández, cuyo macho tiene la cabeza de un intenso color rojo, fácilmente distinguible, y que junto con el cachudito, son también endémicos. Por su parte, el único mamífero endémico de la isla es el lobo fino de Juan Fernández, especimen que se creyó extinto tras una larga y exhaustiva caza debido a lo apetecida de su piel y subproductos; pero hace unas décadas se encontraron nuevamente ejemplares en una de las islas, y tras ser declarado especie protegida logró recuperar su población. Hoy es posible nadar y bucear con ellos y disfrutar de sus juegos y “buen humor”.

La isla nos presenta una fisonomía particular: prácticamente no existen lugares planos, salvo la cancha de fútbol del poblado San Juan Bautista, y las laderas se nos muestran escarpadas y de difícil —cuando no imposible— acceso; para los amantes del trekking o senderismo será un placer recorrer la isla, llegar a los diversos miradores desde donde se puede apreciar además de la geografía insular, la vastedad del océano. Además, una porción de la isla es de un color verde intenso, con una selva de baja altura pero prácticamente impenetrable, y algunos bosques; y otra porción es absolutamente desértica y un poco erosionada, con vestigios de actividad volcánica primitiva. ¡No olvidemos el origen volcánico del archipiélago!

TREKKING Y BUCEO

Si además del trekking tenemos la posibilidad de sumergirnos en las aguas insulares, incluso con una simple máscara y aletas, nos veremos recompensados con posiblemente el mejor lugar de Chile para bucear. Tal vez pocos lo sepan pero las aguas de Robinson Crusoe son tibias (o tibias respecto al continente, digamos unos 20ºC o 22ºC), tienen mucha visibilidad y además presentan una abundante fauna. Además de poder nadar junto a los lobos marinos, veremos a corta distancia diversos tipos de peces (pampanitos, jurelillos, lenguados, morenas, vidriolas, y un largo etc), pulpos, langostas, y otras especies como anémonas, estrellas de mar y otro largo etc. Vale la pena intentarlo.

Ahora bien, si a usted no le interesa el buceo o el trekking, o ya buceó y caminó, tal vez sea la hora de referirnos a la comida, otro de los puntos altos de la isla. Y como tal, debemos esperar una mayoría de productos marinos en nuestro menú: comenzando por la clásica y apetecida langosta de Juan Fernández, acaso el producto más conocido de la isla, y que no sólo degustaremos en su preparación más clásica (cocida y con mayonesa o salsa), sino que también en cazuelas y empanadas. A esto hay que agregar el sabroso cangrejo dorado, también con distintas preparaciones, así como sabrosos pescados como la vidriola (no se olvide de degustar el clásico “vidriolazo”, un símil del churrasco completo pero con vidriola en lugar de carne). Y por si esto fuera poco, se puede degustar cerveza artesanal Archipiélago, fabricada y embotellada en la isla (y visitar la embotelladora, si quedó con sed). Si la opción es sin alcohol, podrá degustar jugos naturales de murtilla de la isla.

UN TESORO INCALCULABLE

Permítanme un consejo: si pueden, ¡visiten la isla!, olvídense de los prejuicios: que es caro el vuelo, que es peligroso, que el tsunami, que no hay resorts, etc. Se encontrará con un lugar único, mágico, con gente muy amable y cariñosa, lejano, pero donde uno se siente a gusto. Y es nuestro.

Probablemente han oído hablar sobre la búsqueda de un tesoro en la isla, que supuestamente contiene una cantidad incalculable de oro y plata, posiblemente enterrado en el siglo XVIII por piratas, y cuya búsqueda la ha realizado el ciudadano estadounidense Bernard Keiser, quien año tras año excava en el sitio donde los documentos que se han tenido a la vista señalan como posible. Sea cierto o no la existencia de ese tesoro, no cabe duda que la isla en si es un tesoro. ¡También incalculable!

Antes de tomar mi avión de regreso al continente, pasamos a metros de un yate de unos amigos franceses; uno se asoma por la borda y agitando, por un lado, un arpón con un hermoso ejemplar listo para servir de cena, y por otro, su mano, nos grita a modo de despedida: C´est le paradis! No hay que saber francés para estar de acuerdo…

Nuestro dato:
Para alojar, La Robinson Oceanic de mi amigo Rudy www. lro.cl y Mas a Tierra Eco Lodge www.masatierraecolodge. com, donde también se come de maravillas. Para bucear, mi amigo Germán Recabarren de Marenostrum. Para viajar a la isla y organizar todo, Extremo Norte www.extremonorte.cl

 

La isla presenta una parte seca y más bien desertificada, y otra con abundante vegetación, casi imposible en la práctica de penetrar, con laderas escarpadas y cerros cortados a pique.

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