Pastillas Pololeo, tés que recuerdan a la reina Victoria, bolsas de pan con serigrafía hecha a mano; ilustraciones, postales y fotografías de época son parte del rescate cultural con que esta “porteña por adopción” vino a la zona a aportar con su granito de arena.
Por María Inés Manzo C. fotografía Teresa Lamas G.
El enorme legado de Valparaíso a nuestra identidad cultural, que se encuentra en graficas antiguas, relatos y personajes típicos de la ciudad, fue lo que motivó a la santiaguina e historiadora del arte, Agustina Phillips (33), a crear La Vida Porteña. “La idea fue desarrollar productos clásicos que rememoren una época y que sean representativos del notable pasado del que un día fuera el gran emporio del mar del sur. Es una manera de rendir un merecido homenaje a Valparaíso, fomentando el interés y el cariño por nuestro puerto Patrimonio de la Humanidad”, comenta.
Todo comenzó en 2012, cuando por el trabajo de su marido en el Consejo de la Cultura, se trasladaron a vivir a Valparaíso. Agustina venía recién llegando de España por una beca de restauración en el Museo Arqueológico de Madrid y allá le llamó la atención la importancia que le daban al suvenir pero “con historia”. Entonces, al llegar al puerto, comenzó a investigar, recorrer, visitar ferias de las pulgas y a comprar, por ejemplo, etiquetas antiguas para averiguar su pasado. Postuló y ganó un Capital Semilla y generó la marca que, de inmediato, comenzó a llamar la atención de turistas y residentes que vieron en sus productos un delicado e interesante trabajo.
Así se instaló con un carrito de suvenires (un restaurado y antiguo carro manisero) en el ascensor El Peral, ubicado en el Paseo Yugoslavo de Cerro Alegre, vendiendo productos de papelería (libretas, postales, timbres, individuales, etc.), emporio (variedades de té y dulces) y tocador (jabones, perfumes sólidos, cremas, bálsamos de labios, etc.). En ellos está plasmados, por ejemplo, la historia de Mary Graham, cronista, pintora y dibujante inglesa que vivió en el barrio Almendral; la Perfumería Unión que formaba parte de la Botica y Droguería Alemana ubicada en la Plaza Aníbal Pinto desde 1888; los cigarrillos Geisha fabricados por La Colmena de la calle Victoria; el libro El cocinero práctico porteño, editado en la imprenta Gutenberg; cafés y salones de té emblemáticos como el Vienés, el Riquet, el Múnich, el Bavestrello, el Hesperia, La Condesa y el Ideal Room de Plaza Victoria, entre muchos otros.
UN VIAJE AL PASADO
“La Vida Porteña nació con un compromiso con su entorno, por esta razón casi todos los productos son hechos en Valparaíso, aportando a la economía local de manera directa. Desde la imprenta, a quienes confeccionan las libretas a mano y los caramelos de época”, señala Agustina.
¿Cuáles fueron los personajes o historias que más te llamaron la atención?
El que me encanta es el turronero, un señor impecablemente vestido de blanco, con corbata, que las vecinas del barrio recuerdan con nostalgia. Era un viejito que andaba con dulce de anís y un martillito y se instalaba fuera del teatro mientras la gente iba a ver películas. También me fascinan las historias de las pastelerías, pero sobre todo de los salones de té. Antiguamente, existía la costumbre de “ir a tomar el té” y, en 1940, había más de veinte lugares especializados y no solo ingleses, sino que franceses e italianos. Otra de mis favoritas son las “pastillas Pololeo” que las usaban para pololear. Al ser un puerto, llegaban productos de todas partes del mundo y fueron bienvenidos muchos personajes que dejaron su huella.
¿Y cómo creaste los suvenires?
Yo no inventé ningún producto, lo que hice fue rescatar los recuerdos de Valparaíso. Por ejemplo, volver a vender los dulces Pololeo de 1930 (con los clásicos mensajes de amor: “olvídame”, “eres mía” o “soy celosa”), las “almendritas” y “violetas” traídas por los italianos; o los dulces de anís, todos en los pastilleros metálicos que compraban nuestros antepasados. Lo que más me gusta es trabajar sobre lo que ya existe. Para el diseño del “té de la reina” (en honor a la reina Victoria) compré una propaganda antigua donde salía su historia, le cambié los colores y le asigné un sabor a cada uno.
Quisiste ir más allá de lo típico…
Sí, por ejemplo no tengo nada de los trolebuses porque quise indagar mucho más atrás, hasta que encontré los carros de sangre. Eran carros de fuerza con caballos que el norteamericano Harry Old fotografió. Antiguamente, las fotos eran para la clase alta y él gastó todo lo que tenía para sacar fotografías populares. Además, gracias a su trabajo se rescataron muchos oficios como los panaderos, los que vendían hierbas, pescado, etc.
También rescataste el comercio de época…
Sí, las distintas marcas comerciales de Valparaíso como El Araucano, que aún existe, o Hucke, muchas tiendas y bazares que al solo nombrarlas nos trasladan al pasado. Además, me interesó el trabajo del francés Claudio Gay, que pasó tres veces por Valparaíso. Él estudió toda la historia de Chile, su etimología y plantas, que plasmó en distintos grabados y trabajos.
PUNTO TURÍSTICO
Cada uno de los productos de La Vida Porteña cuenta con una reseña histórica, que Agustina Phillips recopiló de alguna biblioteca, libro o relato popular, permitiendo crear un pequeño museo del recuerdo.
¿Fue complicado emprender?
Yo sentía que la idea era buena y las historias que fui encontrando lo reforzaron. El tema es que cuando uno está recién partiendo es difícil abrir una tienda. Por eso, al ver a tanto turista en los cerros, recorriendo y subiendo a los ascensores, me di cuenta de que era un punto ideal y se me ocurrió lo del carrito. Pero estuve más de un año esperando la patente, sin respuesta… y justo en un viaje me encontré en un avión con el alcalde de Valparaíso; estaba tan nerviosa ¡como si hubiera visto a Brad Pitt! (ríe) y me acerqué a contarle mi proyecto. Gracias a ese encuentro, donde él quedó encantado con la idea, pude abrir mi negocio. Pero ha sido José Domingo, mi marido, quien me ha ayudado con todo. Tenemos a Domingo (4) y recién nació Francisco (tres meses), por eso este proyecto también es familiar.
¿Tu sueño es colocar una tienda?
¡Sí! En el plan están recuperando el barrio puerto y van a rescatar el edificio Astoreca en plena Plaza Echaurren, donde se encuentran todos los emporios antiguos, y me encantaría tener un pequeño local allá. Espero que a futuro pueda concretarlo
¿Quiénes son tus clientes frecuentes?
De los turistas extranjeros, a los franceses les encanta la idea por las historias y, a los gringos, porque les gusta comprar de todo. También me piden mis productos de museos, del Centro Cultural de La Moneda, del Drugstore-El boulevard de Providencia y el mercado gourmet de Carlo von Mühlenbrock. Él llevo mis productos a la Expo Milán con un grupo de emprendedores chilenos. Fue muy emocionante escuchar cómo promocionaban mis pastillas Pololeo por la radio y ver las fotos de la exposición. Por otro lado, hago regalos corporativos para todo tipo de empresas, desde medios de comunicación hasta el Senado.
¿Dónde te podemos encontrar?
Tengo mis productos en el Hotel Astoreca, Casa Higueras y en el bazar La Pasión. También participo en ferias como la MásDeco, Bazar ED y Feria Mujer. Y mientras el ascensor El Peral se encuentre en reparación, por este año, voy a estar con mi carro en el ascensor Reina Victoria del Cerro Concepción.
INVESTIGACIÓN
“Ahora estoy creando un concepto con los tradicionales dulces de salón. Joaquín Edwards Bello fue un escritor y cronista chileno que en sus obras siempre hablaba de las costumbres de las familias aristocráticas y, justamente, se refiere a estos caramelos (que tenían diseños de picas, diamantes, ases, corazones, tréboles, etc.). Además, otro mundo que estoy investigando es el de la sastrería, en una época en que no existían las tiendas y solo estaban los sastres, y me encantaría confeccionar pequeños costureros que recuerden esa profesión”.
¿En qué más estás ahora?
Me contacté con una antropóloga de la Universidad del Mar y ella me ha ayudado con toda la recopilación de esta historia, tanto en texto como en imágenes. Por otro lado, estoy en la búsqueda de la antigua propaganda de los cines, recopilando los afiches en diarios y libros antiguos. Al público le gustan muchos los pósteres, por lo que también he ido juntando varias etiquetas de paqueterías, con una gráfica hermosa, y unas ilustraciones que me gustaría imprimir en cortinas de baño.
¿No volverías a la restauración?
Tuve demasiada suerte de haberme ganado becas y viajar al extranjero, pero ya perdí el training; hoy hablo de facturas en vez de restauración. Me cambié de área, pero con mis productos siempre pienso en el público de museos, aeropuertos, que viaja y se da el tiempo de leer, se interesa por la historia y pasado de un lugar.
“Otro mundo que estoy investigando es el de la sastrería, en una época en que no existían las tiendas y solo estaban los sastres, y me encantaría confeccionar pequeños costureros que recuerden esa profesión”.