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EDICIÓN | Junio 2015

China, ¿para dónde vas?

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
China, ¿para dónde vas?

Li Keqiang, primer ministro de China estuvo en Chile. Firmó acuerdos, hizo anuncios de promoción de inversiones, respondió a inquietudes de numerosos empresarios reunidos en Santiago. El discurso de Li fue coherente y en la línea de lo que dice Xi Jinping, presidente de China toda vez que habla en público. China está enfocada en buscar el equilibrio entre crecimiento y desarrollo, acomodándose a una expansión intermedia, tal como lo sugirió hace treinta años Deng Xiaoping.

China es factor de máxima relevancia para la economía chilena (y para toda Sud América). Cuando China creció a tasas descomunales, las materias primas y los commodities estuvieron por las nubes. Hubo enjundiosos ingresos fiscales que financiaron “ofertones” y todo tipo de disparates políticos en nuestra región. Mas, ese crecimiento espectacular de China, con su consecuencia de dulce y abundante dinero, no volverán. Y no es culpa de China. Evo Morales no podría acusar a los chinos de frustrar sus expectativas. Beijing es consecuente con sus proyecciones; y lo que viene es modesto y más sereno.

Notando la desazón que causan los desabridos anuncios de China, decidí revisar estudios recientes, que han comparado de manera desapasionada la expansión de China de los últimos cincuenta años. Lo que primero subrayo es que China nunca ha dejado de crecer. Aún más, ha sido el país con el mayor crecimiento, superando a Japón y a Alemania, considerando el estado desastroso que ambos beligerantes de la Segunda Guerra tuvieron como punto de arranque para su reconstrucción. Lo segundo que se debe aclarar es que el reciente desarrollo de China no es tan milagroso ni se debe atribuir solo a Deng Xiaoping, y de paso denostar el maoísmo. Tal opinión políticamente correcta, solo encierra ignorancia. Los desastres de la era maoísta no alcanzan a disminuir y empañar lo que el pueblo chino consiguió; y en esa misma línea la apertura de Deng Xiaoping tampoco fue una gran revolución. En sí, toda la transformación de China es como un poderoso río que fluye lento y lo riega todo. China viene mejorando todos sus parámetros como no lo ha hecho ningún otro país, no obstante haber atravesado por desastres mayúsculos. Comparativamente, todos los países asiáticos han crecido y se han desarrollado; pero ninguno estaba tan atrasado como China. Luego, nadie supera ese hecho; que a partir de una pobre economía agraria (que todavía tenía en 1949, y que era equivalente a lo había en toda Asia en 1850), se haya transformado en la súper potencia que es hoy.

En ese desarrollo, se debe reconocer la conducción de Mao Zedong, que impulsó la primera etapa con la colectivización obligatoria y la movilización de masas de campesinos que fueron la base de la fuerza de trabajo. Para un país con una economía paupérrima, esa fue la manera de crear en poco tiempo una infraestructura básica, mejorar la educación, la salud, y todo lo necesario para el crecimiento económico (Banco Mundial, Informe sobre China, decenio 1953-63: “Desde una situación que era la peor del mundo, China mejoró en todos los marcadores sociales hasta crear un elemental estándar de bienestar”). Por cierto que hubo errores espantosos, atropellos a gente inocente y abusos inaceptables. El avance social y económico se logró a costa de represión brutal en contra de “los privilegiados” y de los opositores políticos, adentro y afuera del partido comunista.

Por otra parte, los chinos estaban dispuestos al sacrificio. En un siglo, China apenas había visto un poco de paz. Buena parte del siglo XIX y comienzos del XX fue una sucesión de guerras fratricidas, a lo que se debe añadir la atroz anarquía y la adicción al opio, que corroyó como un cáncer a la clase dirigente transformando la estructura administrativa estatal en una banda criminal organizada. Después de ese caos, cualquier remedio era aceptable.

En China hoy se debate sobre lo sucedido en el siglo XX. Se sabe que las estadísticas oficiales no son confiables; y aunque usted. no lo crea, se conocen los trabajos académicos hechos en Occidente, que tampoco son muchos y pecan de la misma falta de información. Superando prejuicios ideológicos y sesgos de toda naturaleza, los mejores estudios convergen en reconocer el esfuerzo sostenido de la sociedad china, que con estoicismo (o mejor, con sabiduría china auténtica) se superó y mejoró hasta llegar a ser una nación sana y fuerte. En los círculos familiares, los chinos hacen acalorados debates en que los más jóvenes tachan al maoísmo como calamitoso, mientras los más viejos defienden sus logros. No obstante, nadie tiene un juicio claro; aunque se llega a cierto acuerdo que acepta el proceso vivido como si fuese un largo tratamiento que salvó a China de una enfermedad mortal. Haber utilizado la colectivización y la extrema planificación para la fase inicial de desarrollo, fue como una terapia de shock. Luego, tenía que venir una transición a un crecimiento más rápido; China es el único lugar del planeta donde esa combinación dio resultado.

Entonces, el acierto de Deng más que la liberalización y la apertura, es la gradualidad, el modo discreto y cuidadoso. Exactamente el camino que hoy ha retomado Beijing con toda fuerza. ¿Para dónde va la China de Xi Jinping? Hacia dónde iba la de Mao y la de Deng. Como lo publicó en primera plana China News: “Mao Zedong sigue siendo la inspiración, y el pragmático Deng Xiaoping el motor del cambio. Para volver a encender la nación, Xi lleva ambas antorchas, una en cada mano, la de Deng a la derecha, la de Mao a la izquierda”.

 

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