Artista textil y en madera, Paola, desde muy niña, siempre estuvo ligada al arte. Tejía y dibujaba y durante años tuvo la inquietud de desarrollar sus habilidades y dar rienda suelta a su creatividad. En el norte descubrió su talento para plasmar cuadros con lana y otros materiales de la naturaleza, lo que dio vida a su emprendimiento “Antu”, que significa sol en mapudungun, elemento omnipresente en sus obras.
Por Soledad Meléndez R. / fotografía Andrés Gutiérrez V.
Cada una de sus obras es una oda a la energía de la naturaleza, pues ese es uno de los objetivos de Paola Moreira: rendir tributo a nuestro entorno a través del arte. Simpática y relajada, habla con mucho entusiasmo de su trabajo, que podría describirse como una explosión de colores, donde la protagonista es la lana, estrella principal de esta sinfonía, que comparte roles con otros materiales que recolecta, como madera, ramas o conchas.
Vivió en Antofagasta y, hoy, el destino la llevó de regreso a Iquique, ciudad donde estuvo por cinco años y conoció el amor. En unas vacaciones se enamoró de Jorge, su esposo, unión de la que nació Paolo, su pequeño hijo y fiel compañero en su taller. Su familia ha sido un gran apoyo en esta aventura artística que se gestó en el norte.
¿Cómo llegas al norte donde desarrollaste tu pasión por el arte?
Nací en Santiago, viví en Iquique cinco años y cuatro años en Antofagasta. Fui de vacaciones a Iquique y me quedé porque conocí a Jorge. Fue amor a primera vista. Después Jorge armó su negocio y yo era su brazo derecho, así que me dediqué a ayudarlo; luego, por un tema de trabajo, nos trasladamos a Antofagasta. Aquí estudié Prevención de Riesgos y cuando hice la práctica me di cuenta de que nunca iba a trabajar en eso. Me deprimí, me apagué y dije esto no es lo mío y por eso busqué sacar todo lo que tenía adentro y me puse a hacer cuadros, telares, árboles, recogí madera en la Pampa del Tamarugal, entre otros materiales.
¿Cómo surge la idea de trabajar con lana en tus cuadros?
Tejo desde los ocho años, mi mamá y mis abuelas me enseñaron. Siempre estuve ligada a las lanas. En la adolescencia uno deja eso de lado, pero siempre me llamó la atención, siempre me gustó. Mi sueño era estudiar arte.
¿Desde niña estabas ligada al arte?
Sí, siempre estuve ligada con el arte textil. Santiago está lleno de exposiciones y a mí lo que me marcó, en el 2002, fue una exposición en el Bellas Artes, donde vi el trabajo de Ester Chacón, que trabaja con nudos, que tiene obras preciosas, esculturas hechas con nudos de distintas lanas y productos textiles.
¿Tú idea era mezclar la pintura y el tejido que eran técnicas que desarrollabas por separado?
Sí, eso fue lo que empecé a buscar. Hubo un tiempo en que me desligué de eso y cuando llegué acá, viajaba al interior y pensaba que quería producir algo, recogía conchitas en la playa, madera, siempre estuve buscando qué hacer. Cuando desarrollé mi primer cuadro no busqué una técnica, sino que hice lo que me nació. Cuando me dijeron que quizás otras personas podrían interesarse y comprar, nunca creí que algo tan mío podría gustar a los demás.
¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Cuando estaba haciendo la práctica en Iquique fui a una Expo Fosis, eso fue un clic porque conocí a una pintora iquiqueña que estaba exponiendo que se llama Claudia Balcarce. Ella tenía sus cuadros expuestos, me acerqué y le conté que también pintaba y le mostré unas fotos. Ella me aconsejó que siguiera mis sueños, habló con la encargada de la sala, a quien también le gustó mi propuesta y ahí decidí que me dedicaría a esto.
TEMÁTICA
Paola sintió, al fin, que había culminado su incesante búsqueda de un lenguaje propio. El interés del público le dio sentido a su trabajo y se dio cuenta de que no solo ella tenía esa inquietud. Expuso, realizó talleres y generó vínculos a través de su arte.
¿Qué inspira tu trabajo?
Mi trabajo está marcado por los colores del sol, el calor, por eso mi marca se llama Antu, que significa sol en mapudungun. Siempre estuve investigando sobre los telares mapuches porque para mí es prioritario el rescate de nuestras raíces. Cada uno debe buscar la manera de proyectarse desde ese conocimiento ancestral que llevamos en alguna parte de nuestro ADN y, en mi caso, es la técnica del telar la que busco preservar y también por eso hago árboles grandes con las raíces a la vista, que representan la tierra con sus antepasados. Me gusta todo lo relacionado con la cultura latinoamericana.
¿Cómo ha sido la respuesta de la gente en torno al éxito de las ferias artesanales y de emprendimiento de Nuevo Arte que se han institucionalizado en la ciudad?
A la gente le gusta lo hecho a mano, lo original. Por eso que me gustaba ir a las ferias porque la gente queiba a mirar conversaba conmigo y me daba su opinión y eso para mí es importante. A veces uno no ve los detalles que nos entrega la naturaleza, somos indiferentes a escenas como una puesta de sol y eso es lo que quiero expresar, la fuerza y la energía de la tierra. Para mí es muy importante que la gente me diga que le gustan mis obras, que la emocionan, eso es muy sanador.
También ofreces talleres, ¿cómo ha sido esa experiencia?
En mi caso, comencé a trabajar con niños, en una línea más social. Hice talleres con Consciencia Creativa, que son quienes realizan las ferias de Nuevo Arte, donde los niños estaban fascinados tejiendo, independiente que fueran niños y niñas. Eso para mí fue muy inspirador porque sentí que estaba transmitiendo una herencia que alguna vez recibí de mis abuelas. Entonces estoy con el corazón bien hinchadito, lleno de energía y orgullo. Ya encontré el punto de partida y ahora quiero avanzar cada vez más y más.
“Cada uno debe buscar la manera de proyectarse desde ese conocimiento ancestral que llevamos en alguna parte de nuestro ADN”.