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EDICIÓN | Mayo 2015

Hanami, la contemplación de lo efímero…

Por Marcelo Molina Schwarzenberg Arquitecto R8 HCHR marcelo.molina@r8.cl - www.r8.cl
Hanami, la contemplación de lo efímero…

De la observación deviene la conciencia, de la conciencia la contemplación. De la contemplación, la iluminación y de ella nuestra esencia que existe en todas las cosas… Observa tus movimientos, tu respiración, tu vida, tu entorno, tu monotonía… Observa desde el principio lo poco que te has dado cuenta…

Una vez al año, en el mismo período que va entre los últimos días del mes de marzo y los primeros días del mes de abril, sucede un instante mágico y precioso que brota como una pradera de nubes suspendida en el aire y que se multiplica al interior de la ciudad, transformándola. Una vez al año se reescribe esta misma historia urbana con una caligrafía de sinogramas (kanji) que en sus contornos, formas y pétalos murmuran palabras que la brisa confunde con su propio susurro. Una vez al año, los japoneses salen a la calle a pasear, caminar y disfrutar de la belleza del Sakura. A esto, ellos lo llaman Hanami, palabra y concepto que se refiere al acto de la contemplación de las flores de los árboles de cerezo que iluminan y visten la ciudad con su característico color rosado. Esta pequeña flor simboliza el término del invierno y, con ello, la llegada de la primavera. Es una hermosa costumbre cargada de festividad y humildad, donde se celebra a la naturaleza en la belleza efímera de una flor que solo dura un par de semanas para luego desprenderse y caer…

Hanami, en cierta forma, es la contemplación de lo efímero, de lo intangible que se hace tangible solo un momento en la escala de nuestro tiempo paralelo, para luego desaparecer hasta un nuevo ciclo que volverá a repetirse el año próximo.

Una de las tantas esencias de esta cultura milenaria se manifiesta en hechos tan sutiles y sorprendentes como este. Hechos que están arraigados en la tradición, en el respeto y la observación de esta.

La contemplación de todo no distingue entre grande o pequeño, arriba o abajo, lleno o vacío. Por ello, lo efímero es tan especial y grandioso, porque nos invita a darnos cuenta y ser conscientes de la verdadera dimensión del tiempo, de la naturaleza, de nosotros y de todo lo que nos rodea al observar su belleza y complejidad, sin importar la duración de su existencia. Lo perecedero y lo imperecedero se relativizan, así como comprender que la materia en su estructura está en esencia vacía, somos espacio porque somos vacío. La vacuidad es la esencia que la materia contiene al igual que la arquitectura contiene y configura espacios y tiempos.

Es propio de nuestra cultura occidental centrarnos en lo material de las cosas y no en sus esencias inmateriales. Así nos quedamos en el materialismo, en la superficie circunstancial, en la dimensión del largo, ancho y alto, sin embargo, ¿cómo podemos dimensionar o comprar un trozo de amor, o de felicidad?… ¿Dónde o cómo se consigue eso en nuestro plano material?

Tal vez por esto no apreciamos nuestra arquitectura, porque sencillamente no la comprendemos en su esencia y una vez más nos quedamos en la superficie del objeto. La arquitectura existe mucho más allá del edificio en sí. La arquitectura es sutilmente delicada y efímera en lo más importante de ella, el espacio, porque su percepción depende únicamente de nosotros.

Cómo poder explicar solo desde la perspectiva de la materia obras tan hermosas como La Casa de la Cascada, de Frank Lloyd Wright; el Pabellón de Barcelona, de Mies van der Rohe; La Casa de Cristal, dePhilip Johnson; la Iglesia del Agua, de Tadao Ando; el Museo de Arte, de Teshima de Ryue Nishizawa; el Salk Institute, de Louis Kahn; o el Monasterio de Los Benedictinos, obra de Martín Correa y Gabriel Guarda, entre tantas otras…

Soy un convencido de que la arquitectura existe en el vacío efímero. Como arquitecto me concentro en su contemplación…

 

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