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EDICIÓN | Mayo 2015

Gigante del aro

Patricio Briones, básquetbol
Gigante del aro

A los cuarenta y dos años, el emblemático pívot vuelve al Campanil para quemar sus últimos cartuchos, buscando reeditar los títulos de la generación dorada que obtuvo tres campeonatos en la década del noventa.

por Érico Soto M. fotografía Sonja San Martín D.

Con dos metros y doce centímetros de estatura, Patricio Briones Moller es historia y presente
del básquetbol chileno. Fue campeón con la Universidad de Concepción (1995, 1997 y 1998), Provincial Llanquihue (2002 y 2003) y Liceo Mixto (2007, 2008 y 2009), además de Atenas de Córdoba (1999), en Argentina. Militó en otros dos equipos trasandinos, dos peruanos, uno venezolano, uno colombiano, uno mexicano y otro uruguayo. También posee una rica trayectoria en la selección nacional.

Hoy, con cuarenta y dos años y luego de tres temporadas de regreso en el país, arregló su retorno a la U. de Concepción después de quince años sin vestir esa camiseta. Briones viene a potenciar un equipo que sintió la partida de varios referentes, como es el caso del escolta Evandro Arteaga, y que busca volver a los abrazos después de caer en la final del último torneo nacional.

En su nueva estación, el histórico pívot de la selección nacional llega a juntarse con un viejo conocido, el entrenador Pablo Ares, con quien trabajó por cinco años en Liceo Mixto, además de varios jugadores con los que compartió equipo. Nuevas expectativas y deseos de reverdecer laureles en la Casa del Deporte, la misma que lo vio jugar al más alto nivel en sus primeros años como profesional.

¿En qué momento de tu trayectoria regresas a Concepción?
No es mi mejor momento, pero tampoco es el peor. Estoy en una etapa en que las cosas las estoy tomando con mesura. El año pasado tuve un repunte importante (Tinguiririca), por el hecho de haber hecho un buen trabajo físico, y los números me acompañaron positivamente. Puede ser que jugué en una liga de exigencia menor, pero no menos importante. Los sacrificios que uno ha hecho durante toda su vida, en algún momento tienen que dar resultados, y es el sentido de haber tenido una vida sana, saludable y sin lesiones que me hayan dejado alguna secuela.

ÚLTIMOS CARTUCHOS

Con cuarenta y dos años, ¿en qué se piensa siendo basquetbolista?
En el básquetbol, es la etapa en que se empieza a pensar en el retiro. Es una palabra que está ahí. Yo no lo he alargado, porque son procesos naturales y cuando sienta que no tengo la capacidad de recuperarme rápido y no me sienta útil, al nivel de mis compañeros, voy a dar un paso al costado. Pero sé que puedo brindar algo todavía.

¿Cuál es tu función en la U. de Concepción?
De rol, pero de apoyo al protagonismo. Es una tarea importante, porque en el equipo se generaron cambios drásticos. Mi intención era compartir camarín con Arteaga, por ejemplo, pero hay que centrarse en los compañeros que tengo. Estoy acostumbrado a jugar con presión, en instituciones de primer orden, pues genera carácter a quienes estamos acostumbrados a ser exigidos. Acá hay una buena infraestructura, conozco al entrenador (Pablo Ares) y sé cómo trabaja. Tengo la expectativa de ganarme el aplauso y reconocimiento por intermedio de los logros.

¿Cómo se gestó tu regreso?
Fue por una cosa circunstancial, pues tenía cerrada mi libreta de contactos ante posibles ofrecimientos, porque había puesto mis fichas en la Región del Libertador. Eso no fructificó y de repente me encontré en el aire, sin un lugar donde poder jugar mis últimos cartuchos. Entonces, yo mismo me puse a disposición, sabiendo que no era la primera, sino la cuarta opción de la U. de Concepción. Se dio mi chance, sé lo que puedo ofrecer y voy a trabajar con un grupo de jerarquía.

¿Qué recuerdas de tu primer paso por el quinteto del Campanil?
Grandes recuerdos. Yo formé parte del plantel histórico que fue la generación de los noventa y tantos. Fue un equipo dorado de la UDEC, que estuvo marcado por un trabajo impresionante, con la gente necesaria para que resultara la juventud, experiencia y sapiencia. Teníamos entrenadores, como Luis Pérez y Cipriano Núñez, y compañeros como Roland Fritsch, Carlos Ahuile, Ricardo Funke, Andrés Salas, Jorge Brito, Pedro Alonzo, entre otros. Me quedo con todo lo vivido, desde mi llegada al campus, la gente, el valor agregado de haber empezado acá y tener esa historia. Algo que sigo viviendo con el cariño recibido, encontrarme con auxiliares, guardias, el señor que vende dulces o los mismos vecinos de Chiguayante, que nuevamente será mi comuna. La historia no está terminada.

GRAN TRAYECTORIA

Pese a poseer una vida ligada al básquetbol, Patricio Briones recién tomó a los catorce años la decisión de acercarse a este deporte. Probó con el fútbol, el karate e, incluso, fue desechado en la Fuerza Aérea. Entonces, guiado por su padre, decidió probar con el baloncesto, una disciplina que apenas había practicado de manera ocasional en el colegio.

A partir de entonces, sus primeros pasos rápidamente lo encaminaron al profesionalismo. Desde Santiago llegaría a la Universidad de Concepción para formar parte de aquel equipo tricampeón de la Dimayor, en una actuación personal que lo catapultó como un pivote de proyección, llegando a fichar en el competitivo básquetbol de Argentina.

Posees la mejor trayectoria de un basquetbolista nacional...
He jugado en muchos lugares, pero eso de que soy leyenda es mentira. Construí mi pequeña historia, que se hizo por la trayectoria, con equipos de afuera y de acá. Pero se ha escrito con harto sudor, dolor, alegrías y tristezas. Es por eso que cada título para mí es muy especial, y los recuerdo claramente. Hay que aprovechar los minutos y las horas con la gente que tienes al lado.

¿Qué es lo que te dejó el básquetbol?
Me ha dejado una vida de enseñanza. Mi grado de éxito personal fue gracias al trabajo, porque no me considero un jugador talentoso. Tengo aptitudes, pero fue el esfuerzo, y la gente adecuada a mi alrededor, lo que me permitió lograrlo. Soy un agradecido de la actividad, porque a pesar de las desventajas de hacer deporte en un país tan poco respetuoso con el deporte como el nuestro, con políticas solo recreativas, tuve la oportunidad de jugar, estudiar, trabajar y aprender. Quería ser distinto y no ser del montón, y lo logré: eso me dejó el básquetbol.

¿Te gustaría que tu familia siguiera con el baloncesto?
No creo. Tengo dos hijos (Maximiliano y Renata), pero ellos son distintos. Capaz que suceda como a mí. Mi papá fue futbolista, jugó en Aviación, yo lo iba a ver los fines de semana, pero a mí me gustaba ver a un tío que era arquero, porque volaba y atrapaba con las dos manos. Yo quería ser como él. En ese tiempo el básquetbol no existía en mi vida. Entré a una academia de karate, y si bien aprendí un par de cosas, tampoco me llamó la atención. Quise ir a la Fuerza Aérea, pero me dejaron fuera por un tema físico: era muy alto para las utilidades militares. Fue entonces cuando me metí al básquetbol, a los catorce años. Antes, solo había jugado en el colegio, pero nunca de manera formativa, como una escuela. Conocí a muchos técnicos que me fueron guiando. Tuve entrenadores de primer orden, por lo que siempre digo que mi carrera fue un aprendizaje.

De tus experiencias fuera de Chile, ¿con cuál te quedas?
De todas rescato cosas. Me gustó México (Halcones), porque jugué un basket más maduro, estaba clarito y no tenía presiones. Además, fue un excelente contrato. También destaco Colombia, porque tienen una liga similar a la nuestra, así como Venezuela, que son países de un biotipo distinto, lo que hace muy dura su competencia. En esos países era impensado que un tipo de Chile estuviera jugando allá. Fui la nota curiosa, porque donde llegaba decían que el club miró para el sur y no al norte, donde era lo lógico, y siempre fui el primer chileno. En Argentina traían a buenos refuerzos norteamericanos, pero ese año Atenas de Córdoba (1999) me llevó para darle descanso a Diego Osella, es decir, palabras mayores.

Estuviste en diversos momentos en la selección chilena. ¿Consideras que existe un recambio para poder optar a mejores resultados?
Puede ser. Pero a mí la selección me definió, humildemente, porque no se conoce a otro jugador chileno afuera. Hay nombres dando vueltas, como el hijo de Pablo Coro en Estados Unidos, pero competitivamente no hay un jugador que nos permita visualizar un referente de la liga chilena

 

“No he alargado mi retiro, porque son procesos naturales y cuando sienta que no tengo la capacidad de recuperarme rápido y no me sienta útil, al nivel de mis compañeros, voy a dar un paso al costado”.

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