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EDICIÓN | Mayo 2015

El patriarca

Juan Rosenberg, fundador de Rosen
El patriarca

Hace sesenta años decidió emprender. Dejó de vender las píldoras del Doctor Ross y puso los esfuerzos en su incipiente fábrica. Con su hermano levantaron un galpón en Temuco y, cuchillo en mano, destrozaron un colchón para saber de qué estaba hecho. Aquí el testimonio de un angolino que, a punta de esfuerzo y garra, levantó el imperio del colchón

por Carolina Vodanovic G. / fotografía Alexis Yáñez V.

El próximo 12 de noviembre, don Juan Rosenberg Villarroel —Juanito, para sus amigos— cumple noventa años. Completamente vital, camina a paso firme, luce con estampa un impecable traje oscuro y ríe cada vez que recuerda las mil y una historias sabrosas que vivió durante su vida profesional: “recién hace un par de años que solté los bueyes, ahora vengo poco a la oficina”, dice, refiriéndose a su reciente retirada del negocio familiar.

Coleccionista de relojes antiguos de pared e incondicional hincha de la U, y de sus cuatro hijos y diez nietos, recuerda a su querida mujer “Lucha”—María Luisa López—, quien falleció hace un par de años, y confiesa sentirse solo. “Tengo una amiga, pero no es lo mismo, ¡no pienso volver a casarme!”. Conversar con don Juan es un gusto, te hace reír y a la vez te emociona—y nada tiene que ver con su avanzada edad—, sino con los cientos de vivencias que trae a colación y que le recuerdan a cada minuto de dónde viene y dónde está ahora.

“Nosotros fuimos más pobres que una rata. La misma mesa donde comíamos se transformaba en mesa de corte y cerrábamos cada uno de los colchones a mano. Mi mamá y mi hermana Rebeca se amanecían cosiendo”.

Hoy, con orgullo, mira su legado, Empresas Rosen, y aplaude la labor de su hijo Mauricio, a la cabeza del negocio familiar, desde que él y su hermano José se hicieran a un lado. “Pasamos de producir dos colchones al día a más de mil trescientos diarios. Estamos presentes en siete países y solamente en Chile damos empleo a más de cinco mil personas”.

LOS INICIOS

Pero como toda buena historia, no fue nada de fácil. Nacido en Angol, tuvo un buen pasar durante sus primeros años de vida, sin embargo, tras el fallecimiento de su padre y la total destrucción que dejara el terremoto de 1939 en Chillán, debió trasladarse a Valdivia, para empezar a trabajar con sólo trece años y poder ayudar a su familia. Solo llegó hasta quinto año de humanidades.

“Empecé fabricando juguetes de madera en las instalaciones de mi tío Pedro Klerman. Ahí mismo confeccionaba maletines especiales para los jugadores de básquetbol, deporte que practicaba. Creo que por ese entones ya nacía el empresario”, recuerda en las memorias que escribiera a los ochenta y tres años.

Su primer empleo fue en la maestranza de ferrocarriles, donde hacía aseo en los carros. De ahí pasó a vender artículos electrónicos en una tienda alemana y calzados en la fábrica Rudlof Hermanos. Ingresó a Sydney Ross Company y fue el encargado de comercializar Mejoral, Aliviol y las píldoras del Doctor Ross. Su trabajo era de “afichador”: “de un día para otro me vi vestido de overol, con un tarro de engrudo, una brocha en una mano y un rollo de afiches en la otra”, recuerda.

Pero gracias a su empuje, esa función quedó atrás rápidamente; luego fue “bolichador”, chofer, vendedor viajero y propagandista. Con veintidós años llegó a ser vendedor jefe. “En ese tiempo aprendí el valor de la publicidad y cómo es esta la que impulsa las ventas. Un empresario que confunde la inversión publicitaria con un gasto jamás llegará a triunfar”.

¿Y cómo llegó a los colchones?
De tanto viajar comprobé que las camas de las pensiones tenían unos colchones tan malos e incómodos que era mejor dormir de pie o sentado en una silla. Nos reunimos con mi hermano José y decidimos empezar a hacer colchones. Yo puse mis ahorros, él renunció a la Fuerza Aérea, vendió su auto y construimos un galpón de ocho por ocho metros en la casa de mi madre en Temuco. Tuvimos que comprar un colchón y enterrarle un cuchillo para ver cómo estaba hecho… no teníamos idea.

El 24 de abril de 1958, inauguraron la primera fábrica de colchones Rosenberg. “El Banco de Chile se tiró a la piscina con nosotros, nos tuvo fe y nos prestó diez mil pesos. Con esa plata compré las primeras telas”.

Súper ordenado con las platas y pensando siempre en ahorrar, cada peso que tenía lo invertía en maquinaria. “Siempre fui súper disciplinado, especialmente con los bancos”.

A la vanguardia en tecnología, cruzaban el Atlántico varias veces al año para visitar ferias y mantenerse actualizados. “Yo no sabía ni inglés, ni francés, ni alemán, pero me las arreglaba. A todos lados viajábamos con José y pedíamos un traductor”.

El primer año de producción lograron vender trescientos colchones; al año siguiente, mil quinientos. Casi sesenta años después, Rosen posee cerca del cuarenta por ciento del mercado.

SU ATERRIZAJE EN LA CAPITAL

Convencidos de que “Dios está en todos lados, pero atiende en Santiago”, se trasladó a la capital junto a su señora y desde ese día se hizo cargo de la comercialización. “Llegué a Santiago a nado, no conocía a nadie. De a poco me fui conquistando al “perraje” y así empecé a vender. Los invitaba a comer y les regalaba alfombras”.

Pidió permiso a las grandes tiendas de la época —París y Falabella— y se instaló con su primer local en Ñuñoa. “Compré el primer local en Irarrázaval 1710, y nos instalamos con una tienda. Vendía colchones y alfombras Wiener y dedicaba medio día a cada cosa”.

¿Qué anécdotas recuerda de aquellos años?
Hay muchas. En una oportunidad, Carabineros hizo una licitación y llegué a la reunión sin un colchón. Cuando me tocó el turno le dije al encargado de compras que lo que me importaba era asegurarle calidad, por lo que lo desafié y le di dinero para que fuera a comprar un colchón Rosen a cualquiera de las tiendas. Nos juntamos y, con cuchillo en mano, lo abrimos para que viera de qué estaba fabricado. Ganamos la licitación y desde ese día somos los proveedores de la institución.

Se entusiasma y nos sigue relatando otra de las “locuras” que hizo por salir adelante: “Le vendí a París veinte colchones, se los entregué, y en la nota de venta coloqué un cerito más. Me fui a Falabella y le comenté al encargado de ventas que recién le había vendido una buena cantidad a su competencia y le mostré la nota. Falabella me dijo que no podía comprarme doscientos colchones, pero que le trajera cincuenta”. Con pedido en mano llamé a José y le encargué los colchones; me dijo, ¡pero de dónde quieres que te saque tantos! Trabajamos día y noche y lo logramos.

¿Cuál cree ha sido la clave del éxito?
Hemos sido exitosos porque hacemos buena mercadería. Nuestras utilidades son chiquititas, pero tenemos un gran volumen de venta. No me puedo quejar, nos ha ido bien, me puedo morir tranquilo… y voy a dejar una buena herencia.

¿Algún sueño pendiente?
Sí, me hubiera gustado traer la fábrica a Santiago, pero sale muy caro. Para el puro terreno necesito veinte millones de dólares… y si los tuviera no estaría aquí.

Don Juan está consciente de que fue un padre ausente, pero asegura que no había otra manera de sacar el negocio adelante si no era trabajando 24x7. “Soy un convencido de que los padres no tienen que hacerle la vida fácil a los hijos. Es un error, porque los chiquillos se acostumbran a tener de todo sin hacer nada. A mis hijos les di de todo, pero hasta ahí no más. Debí haberles restringido más todavía”.

¿Algún consejo que le quiera dar a su hijo Mauricio, hoy a cargo del negocio?
Que siga aquí y que sea tolerante. La clave de nuestro éxito ha sido la calidad y esa debe perdurar. Con buenos productos las cosas se venden solas.

 

“Llegué a Santiago a nado, no conocía a nadie. De a poco me fui conquistando al ‘perraje’ y así empecé a vender. Los invitaba a comer y les regalaba alfombras”.

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