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EDICIÓN | Mayo 2015

Desde Chile... con tutti

Lorenzo Constans, Comisionado chileno para la Expo Milán
Desde Chile... con tutti

Han sido dos años intensos para quien aceptó el desafío de armar desde cero el pabellón chileno en Milán. Dos años que se vieron recompensados el 1 de mayo cuando abrió las puertas “El amor de Chile”, un espacio que pretende mostrar nuestra diversidad, con un foco importante en la comida. Entre empanadas y costillares, toda una experiencia para este empresario y dirigente gremial.

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

Es intenso y le gusta estar en todas. Por lo mismo, todo lo que hoy está en Milán pasó, en algún momento, por su aprobación. Y no cualquier aprobación. Si un cantante quería ir a tocar a Italia, primero debía audicionar para él. Si un plato iba a servirse, primero había que probarlo. Y si los anfitriones iban a usar un uniforme, primero debía haber un desfile.

De risa fácil, como él mismo dice, “dispara para todos lados” y mientras conversa, firma papeles y mira de reojo una pantalla de televisión. Lorenzo Constans fue presidente de la Cámara Chilena de la Construcción y de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC). O sea, de grandes ligas sabe bastante.

El 2013, el entonces presidente Piñera le encargó la misión de preparar la representación chilena en la Expo Milán. Nuestro país siempre ha tenido gran presencia en este tipo de eventos, como en Shangai hace cinco años o en la inolvidable Expo Sevilla en 1992, donde trasladamos un iceberg. Por lo mismo, la vara era bastante alta. Y compleja, porque no existe un manual ni instrucciones para actuar en estos casos, sólo intuición y contactos.

“Lo primero que hice fue pedirle ayuda a Daniel Hurtado, que en ese momento presidía la Cámara de la Construcción, quien me ofreció su apoyo y las dependencias del edificio. Después me acerqué al encargado de la Corporación Cultural de la misma organización para que me diera algunas pautas y, por último, a mi amigo de la época de voleibolista, Jorge Hevia, quien me guió respecto de algunas personas a las que debía acercarme”.

El tema central que debía aunar a los ciento cuarenta países participantes era “Alimentar al planeta, energía para la vida”. Con esa idea, Juan Sabag le sugirió que no convocara a los distintos actores por separado, sino que llamara a un concurso público en que los postulantes reunieran, en un mismo proyecto, contenido, diseño y relato. El jurado eligió la propuesta de Cristián Undurraga y Eugenio García.

¿Qué era lo llamativo de esta propuesta?
Presentaba una lógica del desarrollo de la idea, cuyo recorrido concluía en una mesa, que es una escultura de lenga de cuarenta y cinco metros y que reúne el relato y la arquitectura de una forma muy entretenida que nos permite, además, acercar a la gente el restaurante y la tienda temática. Ha sido un concepto muy valorado y una estructura visualmente muy atractiva.

Los pabellones suelen ser visualmente atractivos, pero acá llaman la atención conceptos como “el paisaje alimentario” o “la cadena de afectos”.
Todo está basado en un poema de Raúl Zurita que se llama “El amor de Chile” y que le da nombre a nuestro pabellón. Lo que queremos mostrar es que todas las personas vinculadas a la producción ponen algo de corazón en su trabajo; el que planta, el que cosecha, el que embala y el que exporta. Y eso es muy atractivo como mensaje. El amor es un sentimiento y aquí hay muchas sensaciones, ruidos, imágenes, personas en sus lugares de trabajo, hay una sala sensorial, otra llena de pantallas táctiles.

“El amor de Chile” también evoca a la idea de que en Chile se quiere a través de la comida… El ser humano, cuando quiere demostrar cariño, invita a comer. Y por lo tanto, el lugar donde cada país pone algo se transformaba en la mesa mundial de la alimentación. Es complementación y eso se refleja en un lugar físico como una mesa, que es donde se conversa, se pelea, se juega, se estudia. Eso explica por qué esta mesa y por qué el amor de Chile.

¿La mesa es el iceberg de esta Expo?
El iceberg fue una gran idea, pero fue algo físico. Esto es la idea concretada de un senfotografía timiento, de lo que representa. La gente se sienta y se queda, hay familias completas que terminan su recorrido con nosotros porque les agrada el espacio que creamos.

SOPAIPILLAS Y ZAPATOS

Como el tema es la alimentación, la planificación incluyó la creación de un comité de expertos en materia gastronómica y la designación de dos grandes chefs: Rodolfo Guzmán del Boragó, como asesor gastronómico, y Carlo Von Muhlenbrock a cargo de la tienda temática, que busca potenciar pequeños productores locales.

“Rodolfo tiene una capacidad de adaptarse al contenido que es muy notable. La idea era mostrar comidas relacionadas con Chile; tenemos locos, empanadas, costillas con puré picante, sopaipillas pasadas, cosas muy criollas pero no tan sofisticadas. Se hizo una degustación con una carta muy chilena y se designó al chef Tomás Saldivia. Juntos hicieron un casting con un equipo de catering inglés a los que hubo que entrenar. La gracia está en los sabores, en crear un buen lugar de encuentro. También se convocó a expertos que nos ayudaron a elegir cocineros y cultores populares que van a viajar durante estos seis meses a cocinar al pabellón”.

¿Cómo se cuantifica el éxito de un pabellón?
A mi juicio, por el número de visitantes y su satisfacción. Cuando uno ve que la gente comenta lo que ve, que se motiva, se nota que les gusta. Hemos triplicado las expectativas de visita, tenemos fila esperando entrar. A mí me gustaría que la gente supiera que Chile es un país diverso que encanta al visitante. El ambiente es muy importante, para los anfitriones la instrucción clave es que sean cordiales, que acojan a la gente.

“Esta es una responsabilidad que conlleva hartas presiones, porque todas las decisiones que se toman tienen más de una opción. El uniforme, los zapatos, la música, la película, la mesa, el piso… y todo el mundo opina. El resultado es una suma de aciertos, porque hay más de trescientas personas participando en esto y cuesta bastante conciliarlos a todos.

Toda una experiencia en términos personales y profesionales…
Sí, yo tengo experiencia trabajando con el mundo público, pero lo que aquí pasa es que hay mucho interés por participar y eso a veces significa que las puertas se traban. Hay momentos imprevistos y algunos incómodos, pero mucha satisfacción. En lo personal, he aprendido desde zapatos hasta de floreros, porque todas las decisiones pasan por uno y hay que cortar los queques, muchas veces hay seis ideas para una sola cosa. Por ejemplo, cuando elegimos los anfitriones me di cuenta de que había muchos cabros chilenos estudiando en Milán y que necesitaban la plata. Y otro potencial inmenso en los mismos italianos. Así que decidí que el personal se iba a dividir en tres tercios:uno de acá, otro de chilenos allá y el último de italianos. Pero eso también fue una lucha. Todo funciona por convencimiento.

“Me sirvió mucho haber sido deportista. De esa experiencia aprendí que hay cosas que pueden parecer triviales pero son básicas… por ejemplo, no tomar agua en el país al que llegas, porque si te enfermas de la guata todo se acabó. O preocuparte de que no vaya a darte un dolor de muelas… saber que hay cosas que pueden fallar, que las maletas pueden no llegar, que la gente se pelea”.

 

“Hemos triplicado las expectativas de visita, tenemos fila esperando entrar. A mí me gustaría que la gente sepa que Chile es un país diverso que encanta al visitante”.

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