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Entrevistas

EDICIÓN | Mayo 2015

Profundo y disperso

Matías del Río, periodista
Profundo y disperso

No tiene grandes ínfulas ni va de guapo por la vida. Trabaja a diario en controlar el ego, porque asegura que el cementerio está lleno de tipos imprescindibles. Un comunicador innato, que no se siente parte de la televisión, pero que mueve masas y acarrea a más de un millón de seguidores en twitter.

Por Carolina Vodanovic G. / fotografía Andrea Barceló A. / Agradecimientos a Tígalas Decoración.

Hace mes y medio que se bajó del avión y ya se siente completamente “arriba de la pelota”. Fueron siete meses sabáticos en Boston, junto a su señora y cinco hijos, y aunque la idea inicial era aprender inglés, “llegué hablando menos de lo que quería, pero más de lo que llevaba. Bajé un poco mis expectativas porque no me expuse tanto y en la casa hablábamos español”.

“Fueron meses fantásticos y creo que lo más notable es, sin duda, la calidad de vida de los norteamericanos, la calma con la que se vive. No sé qué pasa acá, pero estamos tan locos; es como la vida del nuevo rico: hay que parecer, ser, estar. Allá la vida ya es de país rico, entonces uno solo se suma”.

Recuerda que sus niños jugaban en casa con una vecina y que a cierta hora a ella la llamaban para cumplir con ‘una hora de silencio’… “¡Qué sofisticado!, pero cuando a un niño lo forman con una hora de silencio en casa son capaces de vivir consigo mismo, saben tener vida interior y saben pensar las cosas”.

¿Y tú logras lo del silencio?
Para nada. Yo no tengo silencio, no tengo vida interior. Voy en el auto escuchando noticias, soy un animal. Y lo único que quiero es que mis hijos no sean como yo.

Cada día se acuesta a las tres de la mañana y se levanta con despertador a hacer mil cosas. “Me entretengo, pero no tengo tranquilidad. Soy hiperkinético, enfermo de la cabeza, no profundizo ningún pensamiento, disparo, con todo lo que ello significa, por eso me carga tanta exposición, dar entrevistas, me miro desde afuera y me veo convertido en un animal”.

¿No pensaron quedarse más tiempo en Estados Unidos?
Me habría encantado; de hecho, los niños me lo plantearon, pero lo que más puedo hacer ahí es trabajar en un McDonald’s, pero como no pagan bien y hay olor a fritanga, no me tincó. Una de las cosas de mi trabajo que no me gusta, es que no me permita vivir en cualquier otra parte. O sea, hay periodistas que sí, pero son más capaces que yo, con más idiomas, tipos más avanzados, pero a mi nivel no da. Pero bueno, no me quejo; en el campeonato local, juego bien.

EL REGRESO

De vuelta en Chile, ha retomado su rutina en televisión —es panelista en Tolerancia Cero y conductor del noticiero Última Mirada—, además de comenzar en Radio Duna en el programa Terapia Chilensis. También es emprendedor y hoy no sólo produce, junto a su cuñado, colaciones saludables y galletas de arroz —Mizos—, sino que lleva a cabo un programa de reciclaje con puntos limpios en quince colegios. Y espera llegar a quinientos en el mediano plazo.

Da la sensación que estás todo el día haciendo cosas, ¿eres un papá presente?
Más de la cuenta; lo que creo es un error, es contraproducente, pues quita autonomía a los niños. Cuando no estoy una tarde en mi casa, llega el sentido de culpa, no es muy sano.

¿Tienes culpas de mamá?
Totalmente, en ese sentido soy muy femenino. Hago tareas, los llevo al doctor, sé exactamente en qué está cada uno. Tampoco quiero plantear el mundo del Bilz y Pap. Mi señora y yo trabajamos mucho en la casa y eso conlleva los roces propios de estar todo el día ahí; creo que padre híper presente e híper ausente son igualmente malos. “Les recomiendo a los padres que son independientes como yo, tener una oficinita fuera de la casa, y que sus hijos se aburran, se peleen y arreglen solos sus conflictos”.

A la hora de dar consejos paternos, tiene dudas: “pienso que soy un poco latero, siempre les digo las mismas cosas: que lo único que vale es el esfuerzo, que no me traigan notas, sino que quiero verlos esforzándose”.

¿A ti te criaron así?
No, a mí me criaron libre como un pájaro. Lo que tiene cosas buenas y malas. Me hubiera gustado que me hubieran impuesto un poco más de rigor cuando chico.

¿Pero tenías déficit atencional?
Hasta el día de hoy. Y pienso que mis papás no me exigieron porque igual no iba a dar.

¿No te tenían fe?
Por el contrario, me tenían mucha fe, soy hijo de la autoestima, pero de una autoestima inteligente. Mi mamá sabía que no sacaba nada con castigarme un fin de semana si traía promedio rojo. Ella buscaba en lo que yo era bueno y me lo realzaba. Mis papás lo hicieron extremadamente bien. Es muy raro que haya tenido promedio 5.2 en el colegio, que haya repetido de curso, que sea disléxico, disgráfico, zurdo, miope, que entrara a la universidad porque mi papá tenía plata y no por mérito, y que hoy sea un tipo que se desempeña por sí mismo, que vive de lo que le gusta. Conmigo algo hicieron bien porque no me siento superdotado, pero tampoco imbécil. Soy un tipo feliz, normal y corriente, no soy un tipo que anda pateando piedras. Y tenía todo para andar en eso”.

Matías asegura que no sólo ha aprendido a lidiar con su déficit atencional —hasta el día de hoy toma remedios—, sino que además se ha reencantado con su condición, pues le entrega otras herramientas: “es como el tipo que tiene tres o cuatro pelotas en el aire, si vivo de las monedas que me dan haciendo eso, tengo que aprender a que no se me caigan. Veo gente unidimensional, y de seguro profundiza más que yo, pero no tiene esa capacidad de estar en dos o tres cosas a la vez”.

En el fondo, eres exitoso.
Definamos bien qué es ser exitoso, porque aquí el éxito consiste en tener al auto del año y yo ando en auto prestado… además que vivo en la misma casa desde hace diez años. Pero me levanto todas las mañanas con estas ganas, miro para arriba y digo qué rico, hago algo que me gusta y mis niños están todos bien. Mi señora está contenta en lo que hace y tenemos calefacción en la casa porque hoy hace un poco de frío. Entonces, sí, soy exitoso.

¿Eres un tipo gozador?
No, me gustaría andar más cagado de la risa. Siempre estoy pensando qué va a pasar después, qué ocurre si se me pasa la mano con una cerveza, mañana me va a doler la cabeza, cómo me voy a levantar. Admiro mucho a esos cara’ de raja, al tipo que en el asado se come la grasa de la carne porque es exquisita… yo no me doy permiso. Con decirte que llevo dos años sin comer azúcar, porque sé que hace mal.

SU MIRADA SOCIAL

Criado en el núcleo de una familia católica, severa, adusta, como la denomina, hasta el día de hoy acarrea culpas que saca a colación a cada momento. “Yo no siempre hago lo que me gusta, me cuesta mucho soltarme las trenzas. La lógica del sacrificio, que no me gusta, la llevo dentro y la culpa me jode más de la cuenta”.

Confiesa que no tolera la idea de gastarse en un fin de semana el sueldo mínimo de una familia. “Me duele que mi teléfono cueste una mediagua, me complica profundamente”. Y no es porque no se lo merezca, sino por una cosa de respeto: “es como refregarle al otro en la cara sus carencias económicas”.

¿Y en esa lógica, el viaje no te produjo culpa?
No tuve culpa con la porrada de plata que me gasté, porque sentí que estaba aportando a mi país. Fui a formar cinco ciudadanos, cinco niños bilingües. En parte fui a repartir la herencia en vida.

¿No has pensando, dado que tienes inquietud social, en dedicarte a la política?
Sí, pero no sé si sería un aporte como lo soy en lo que hago ahora. La única posibilidad sería como parlamentario, pues no soy un buen gestor y en una municipalidad me robarían la plata y caería preso. Me gustaría ser senador, pero claro, vuelvo a preguntarme, por qué no estoy en la junta vecinal, si eso también es hacer política. Me gusta mucho la política social y ahí sí trabajo harto en cosas que me entretienen, en colegios, fundaciones. Me siento súper realizado cuando puedo ayudar a cambiar la vida de la gente, y creo ser un buen puente para poder conseguir cosas.

Como miembro de la fundación educacional Astoreca, asegura tener mucha conciencia del privilegio, “y eso es bueno, yo me siento muy bien cuando sirvo a los demás. Y no lo digo desde el tipo bueno, sino porque lo veo como mi deporte favorito; satisfacer a los otros me produce mucha satisfacción”.

UN CHILE MEJOR

Tras siete meses de ausencia asegura haberse encontrado con un Chile muchísimo mejor. “Siento que este país está fascinante, está creciendo y crecer duele. Salen espinillas, hay que ir al dentista y ponerse frenillos, pero si se hace bien el tratamiento, al cabo de un tiempo te van a dar de alta y te vas a ver bien”.

Desde tu rol de comunicador, ¿cómo crees que se sale de esta crisis de confianza en la que estamos sumergidos?
Partiendo porque las autoridades sean confiables. Yo me siento engañado y el problema es que muchos han elegido mentir. Nadie está libre de meter las patas, el punto es por qué agravar la falta buscando una salida por la puerta de atrás. Aquí nadie cuida nada, todos se cuidan a sí mismos. Los políticos tienen problema de egos, se creen demasiado importantes y no saben que son un fusible. El cementerio está lleno de tipo imprescindibles.

¿Tú haces control de ego?
A diario, porque en los medios ese curso tampoco lo han pasado mucho. El control de ego es como el control de plagas en la agricultura. Vivo en un medio donde si te descuidas un minuto se te arranca… pero ojo, el tipo que sale en la tele no eres tú. Yo llego a mi casa y soy un marido más, un papá más. Y eso me ayuda a mantener los pies en la tierra.

 

“Este país está fascinante, está creciendo y crecer duele. Salen espinillas, hay que ir al dentista y ponerse frenillos, pero si se hace bien el tratamiento, al cabo de un tiempo te van a dar de alta y te vas a ver bien”.

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