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EDICIÓN | Mayo 2015

Ley del propósito

Rodrigo Achá Segovia, mandalas tejidos
Ley del propósito

Solo en un día, este artista se afana haciendo cerca de cuatro mil nudos. Como una araña tejedora va entrelazando hilos, cuentas y piedras, todo con una intención: lograr el equilibrio personal, a través de una herramienta milenaria que permite acceder al propósito realizado y por medio de la meditación.

Por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.

Se autodefine como un eterno aprendiz y, por cierto que lo es. Estudió licenciatura en arte en la Escuela de Bellas Artes en Valparaíso, pero con el tiempo se convirtió en matricero textil. Fueron ocho años de estudio y, en total, dieciséis largos años de aprendizaje en la empresa de la familia Rosenberg. “Un cuarto para las siete de la mañana tomé la decisión de renunciar. Opté por partir solo y de cero. Me compré un horno, materiales y trabajé en puertas y vitrales desarrollando varias ideas”, recuerda Rodrigo Achá (48), oriundo de Valparaíso y padre de tres hijos.

Nunca dejó de trabajar en diferentes manualidades. Mientras elaboraba los bordados para los uniformes de Carabineros y de la Armada, se entretenía haciendo cerámicas, algo de orfebrería, tapicería en grandes formatos y otras obras en metales.

Hace ocho años, obedeciendo a su intuición y a esa búsqueda de un nuevo ciclo de inspiración, tomó sus maletas y se trasladó a Chañar Blanco, en el Valle de Elqui. Hoy, tiene un nuevo hogar en Montegrande, donde disfruta del ferviente sol elquino y de una terraza que lo invita a crear.

Después de este largo camino, ¿cómo llegas a los mandalas?
Fue una mera casualidad. Cuando cumplí cuarenta años, tuve la inquietud de hacer algo relacionado con el valor esencial, con una manifestación artística que no solo fuese bella, sino que, además, tuviese una intención. En la plaza de Pisco Elqui teníamos una tienda y, un día, un alambre acerado de parra se enganchó en mi polera. Lo tomé y con el hilo que estaba usando mi hija para hacer una pulsera, me puse a hacer nudos sin cortarlos y me gustó la forma. Dije “esto es a lo que me quiero dedicar… hoy, ya son cerca de quinientos cincuenta las mandalas que he tejido”.

HILOS DE LA VIDA

Rodrigo afirma que su patrón de vida ha sido sumar a un objetivo claro, la constancia y dedicación. Precisamente es esto lo que lo ha llevado, durante cuatro años, a sentarse frente a una mesa cubierta de pequeñas cajitas de cuentas, hilos de todos los colores y piedras como la combarbalita, ónix, zafiro y turquesas tibetanas, entre otras.

¿Cuándo comienzas a incorporar estos materiales?
Siempre he sido cachurero y reciclador. En una ocasión, tomando un jugo en la plaza, vi pasar un camión lleno de fierros. Hablé con el jefe del chofer y le compré todo. Cuando lo descargué me encontré con la historia del proceso pisquero. Había una infinidad de herramientas increíbles y, en ese momento, sentí que debía rescatar ese material y fusionarlo con los tejidos para darle una identidad.

¿Del alambre pasaste a los zunchos?
Hice cerca de doce mandalas en alambre, hasta que me encontré con estos zunchos que eran utilizados para cerrar las cajas de madera para la recolección de uva. Otros zunchos son de barril o de prensas de molienda. Se me ocurrió, entonces, usar estos fierros circulares y tejer en ellos las mandalas.

¿Tuviste una buena recepción?
A mi tienda llegó la artista Ximena Tannembaum. Me dijo: ¿tú hiciste esto?, ¿cuánto cuesta? Cuando le respondí, me dijo “¡Estás loco! Esto vale cuatro veces más ¡Esto es único!”. Le hice caso y dos días después llegó un extranjero. Cuando me preguntó el precio de uno de los mandalas, le respondí exactamente cuatro veces más su valor. Me dijo “me lo llevo”. Eso dio un giro fundamental, porque le puse valor a los trabajos y comencé a incorporar piedras de porcelana. Con esto sentí que tomaba los hilos de mi vida y me enfoqué totalmente.

EL VALOR DE LA CONEXIÓN

Cada vez que alguien se siente atraído por un mandala, Rodrigo se adelanta en explicar el valor esencial de esa pieza. Solo cuando se da esa conexión, el artista siente que le pertenece a esa persona.

¿Tenías conciencia de que tus trabajos eran mandalas?
¡No! No tenía idea. Fue Alfredo Sfeir quien me lo dijo. Yo solo creaba una estructura. Comencé a investigar acerca de la concreción y a interiorizarme en que los mandalas abren el campo que permite acceder al propósito realizado y que esto se dirige al universo. Para mí, esta herramienta es el sumo de las terapias, incluso cuando tenía cuatrocientos mandalas hechos, comencé a dar clases.

¿En qué consisten estos talleres?
Las clases duran un día, con un máximo de veinticuatro personas. En rigor enseño a conectarse con la herramienta que te puede cambiar la vida. Más de doscientas personas han hecho este taller y se produce una frecuencia increíble. En este momento estoy acondicionando el taller, pero quienes deseen aprender me pueden escribir a mandalasdelvino@gmail.com.

Uno de tus principales clientes es Andrónico Luksic, ¿cómo se gestó esta relación?
Hace un par de años, él iba saliendo de misa en Pisco Elqui junto a su mujer y se acercó a mi tienda. Me dijo que conocía mis trabajos y que quería que yo hiciera una intervención artística en su dormitorio. Fue una obra en formato grande y quedó espectacular. Desde entonces, ya me ha comprado nueve mandalas.

Tu próximo desafío es exponer en el Hotel de Santa Cruz ¿en qué consiste esta muestra?
El nombre de esta serie es Terruño y el proceso de trabajo consta de seis meses. Pretendo exponer en septiembre, cerca de veinticinco piezas. Uno de mis grandes sueños es exponer en este lugar, por su valor patrimonial. Siento que mi trabajo aquí estará en un contexto real.

 

“Hice cerca de doce mandalas en alambre, hasta que me encontré con estos zunchos… Se me ocurrió, entonces, usar estos fierros circulares y tejer en ellos las mandalas”.

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