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EDICIÓN | Mayo 2015

Nepal y el parto de las montañas

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Nepal y el parto de las montañas

Estamos sobre la Tierra, nuestro hogar; más aún, como si fuéramos sus células estamos adentro de ella, de Gaia, el planeta vivo, como la llamó James Lovelock. Gaia, parte del cosmos igualmente pletórico de dinamismo, late y se estremece, agita las aguas y las moviliza. Nosotros, pequeñas y vanidosas criaturas, no somos más importantes que otras especies. Así, cuando la Tierra se acomoda y sigue su plan, clamamos al cielo pidiendo explicación. Si el cielo respondiera, diría: “¿Porqué ocupáis valles y montes repletándolos de caseríos? Desnudáis el suelo, hacéis con porfía construcciones que habrán de colapsar; entonces, es vuestra culpa”.

Karma: la consecuencia de los propios actos, pues esta vez les tocó a los nepaleses, quienes asumen su triste situación. Sus ciudades y pueblos vetustos y mal hechos ahora están destruidos, su invaluable patrimonio estaba mal resguardado y ahora casi ha desaparecido. Estaban advertidos; una semana antes de la catástrofe una reunión de expertos anunció la posibilidad de un gran terremoto. Y vino el sismo que remeció una ancha franja a lo largo de los Himalayas. El subcontinente indio desde hace millones de años se hunde e introduce bajo la corteza que sostiene el Asia Central, subducción que ha arrugado y alzado capas de corteza que en sí son los Himalayas. Es una situación parecida a lo que ocurre en Sud América, con la placa de Nazca que se introduce debajo de nuestro subcontinente y levanta Los Andes. El terremoto de abril lo causó un quiebre y aceleración de esa presión. Tremendo movimiento de masas subterráneas que en segundos metió a la India tres metros por debajo del continente asiático, generando ondas de enorme poder destructivo.

En Nepal los pueblitos se amontonan; las casas se encaraman unas sobre otras. Por las callejuelas desordenadas se aprietan las edificaciones, donde cada cierto tiempo hay un templo hindú, o sino una stupa budista; todo hecho de ladrillos apenas pegados con algo de cemento. Un sismo de mediana intensidad ya es una debacle. El de abril fue apocalíptico. Pobre Nepal; diez veces pobre. Nepal vive del turismo, de viajeros y deportistas que van a los Himalayas. ¿De qué vivirá? ¿Cómo reconstruir su inestimable patrimonio? El cielo no tiene respuesta. La humanidad sí debiera tenerla; todo aquel que alguna vez fue a Nepal y acuñó entre sus vivencias una estadía en Katmandú, o en Pathán, debiera dar con máxima generosidad.

Nepal se llama Sanghiya Loktāntrik Ganatantra, algo así como “Comunidad y Lugar de Poder”. No tiene mar ni les interesa. Gaia les lleva las aguas hasta las montañas: las más grandes y majestuosas. El país se extiende desde las planicies glaucas del Terai (valle del Ganges) hasta las más altas cumbres. En las zonas bajas está Lumbini, lugar donde nació Buda. Pero, casi toda la población vive en el amplio valle de Katmandú, justo la zona recientemente más azotada. La historia del país de los montes poderosos es muy antigua. Nepal fue parte del gran imperio budista creado por el rey Ashoka (siglos III a.C. al I d.C.). Después, parte de los reinos hindúes que logran extenderse hasta los montes: el reino Licchavi, luego el reino Thakuri, y a ese le sigue el reinado de los príncipes Malla; pero todos esos reinaron desde India. En 1768, el rey Gorkha Prithvi Narayan Shah, capturó Katmandú y la hizo su capital. Se puede decir que desde entonces Nepal es un Estado aparte, un reino de las montañas. En 1814, Nepal pierde una guerra contra la Compañía de las Indias Orientales que obligó a ceder el Sikkim y el sur del Terai (valles bajos). Pero como los gurkhas (terribles guerreros nepaleses) ayudaron a los ingleses a aplastar el “Motín de los Cipayos” (1857), Nepal recibió devuelta la zona del Terai. The British Empire daba, the British Empire quitaba. Así eran por entonces las cosas.

Nepal que tiene una población en su mayoría hindú; y los que no, siguen el budismo, no es precisamente un reino de paz. En 1846, el príncipe Jang Bahadur Rana tomó el gobierno tras asesinar a varios cientos de príncipes y jefes en la llamada “Masacre del Kot”. La nueva sucesión de maharajáes gobernó hasta 1948, cuando el British Empire dio a Nepal la independencia. Mas la India, que había reemplazado regionalmente con su poder al imperio, impuso al rey Tribhuvan como nuevo gobernante y patrocinó al Partido del Congreso Nepalí, organizado a la manera que convenía a Delhi. Siguen los reyes: Mahendra, Birendra, Dipendra y Gyanendra (2001), quien disolvió el gobierno y asumió todo el poder ejecutivo para combatir a la guerrilla maoísta que amenazaba el país. Pero, se rebelaron todos contra él y sobrevino una guerra civil que acabó con la monarquía y secularizó el Estado. Al fin, una Asamblea Constituyente proclamó la República Federal y Democrática de Nepal.

Nepal, el venerable reino hindú de las montañas, se ha desmoronado de a poco. Las terroríficas diosas Shakti (la Fuerza de la Tierra), Devi, Parvati, Durga, o Tara, no pueden ser apaciguadas con aromas a ghee (mantequilla hervida), ni humos de inciensos, porque ya no hay templos. Solo rumas de ladrillo molido, mucha desorientación, drama y tristeza. Las fuerzas de la Tierra han vuelto a sus socavones, y ermitas en los subsuelos a parir entre gritos estremecedores más sismos y temblores.

 

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