Con solo veintiséis años decidió hacer un cambio radical en su vida y partir rumbo a Etiopía. Pero este no es un viaje cualquiera, tampoco un voluntariado como otros, sino una apuesta donde vivirá en una comunidad misionera por tiempo indefinido.
Por María Inés Manzo C. fotografía Teresa Lamas G. y gentileza Amigos de Etiopía.
Voluntaria, vocera y valiente son las palabras que hoy definen mejor a Valentina Correa Uribe (26), una de las creadoras de Amigos de Etiopía (www.amigosdeetiopia. cl). Fundación que nace en Chile debido al interés que manifestaron voluntarios chilenos en colaborar con la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol, quienes trabajan en Etiopía, desde hace veintidós años, en los ámbitos de educación, salud, nutrición, agricultura y recursos acuíferos. “Cuando partimos con el proyecto no queríamos ser muy ambiciosos y crear “Un Techo para África” ni nada por el estilo, pero sí hacer permanente el apoyo desde nuestro país. Aspiramos a contagiar el voluntariado entre las familias, conocidos y amigos, porque entendemos que nuestro producto de exportación no es el vino, ni la fruta, sino el capital humano”, señala.
Valentina estudió hasta octavo básico en el Colegio Sagrada Familia y luego emigró al Colegio Saint Dominic de Viña del Mar. Al entrar a la universidad estudió medio año ciencias políticas en la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero justo en ese tiempo acompañó a su mamá a un curso de medicina complementaria y quedó encantada.
Así dejó su carrera y estudió un pregrado llamado Salud Integrativa en la Universidad Pedro de Valdivia de Santiago, el 2008. Pero en paralelo, siempre estuvo vinculada a la Fundación Un Techo para Chile, primero como voluntaria y al terminar su carrera, como funcionaria. “Trabajaba y estudiaba cuando se dio la oportunidad de colaborar en el terremoto 27F. Fue en ese periodo en el que conocí a las misioneras que me invitaron a Etiopía… antes yo tenía muchas ganas de participar en América Solidaria, pero pedían profesiones específicas en las que yo no calificaba. Entonces, empecé a averiguar sobre otras ofertas internacionales”, recuerda.
¿Cuál era tu motivación?
La experiencia intercultural desde el voluntariado. Nunca quise hacer un simple intercambio o viajar por el Sudeste Asiático como lo hacen muchos jóvenes. Reconozco que yo no tenía un amor de toda la vida por Etiopía, sino que conocí a las personas que lideraban el proyecto allá, me enamoré de ellas, de su modelo de intervención y hoy realmente vibro con ese país. Entonces viajé, por primera vez, el 2010. Me fui por cuatro meses y dos de ellos los viví con las misioneras.
¿Quiénes conforman esta comunidad?
Mujeres laicas. No es una congregación y no tienen voto, pero llevan una vida donde se han ofrecido al proyecto. Nació en España y comenzó a ayudar primero en Kenia (también con hombres) y luego en Etiopía.
¿Y cuál es su historia?
Todo comenzó por un párroco muy similar al padre Felipe Berríos de un Techo y la historia de cuando se fue al Congo. En este caso era un sacerdote diocesano, bien disidente, que empezó a trabajar con inmigrantes y gitanos en Barcelona y a vincularse con jóvenes que no necesariamente estuvieran relacionados a la iglesia. Cuando lo trasladaron a Kenia, a un lugar llamado Turcana —donde hoy hay grandes conflictos por el hambre y la sequía— lo siguió un grupo de quince personas que decidió vivir en comunidad para ayudar al prójimo. De ese hito han pasado más de veinte años…
¿Cómo es el modelo?
Es como un apostolado, pero no evangeliza a los niños, sino que los ayudan en sus necesidades básicas partiendo por el agua, para que puedan cultivar y tener mejores alimentos, y con esos alimentos desarrollar mejor su cerebro. Eso fue lo que más me encantó. Muchos apuestan diez años por un proyecto, por ejemplo por la nutrición; pero no se dan cuenta de que esta debe ir acompañada de la educación, de un programa de pozo y agricultura.
AMIGOS DESDE CHILE
Gracias a la experiencia de Kenia, se armaron tres misiones a Etiopía. Una de ellas es Mukituri, que se instaló hace ochos años, y la que recibirá a Valentina en mayo, pero esta vez no como voluntaria sino para integrar la comunidad como colaboradora. “Seguiré vinculada a la fundación, pero desde otro lugar. La idea es relacionarme con otras fundaciones del mundo que apoyan a las misioneras y trabajar directamente en los proyectos”.
¿Cómo logran conectarse las misioneras con Chile?
El arzobispo etíope tenía mucho interés en las universidades técnicas y averiguó que había un chileno llamado Gerardo Rocha, dueño de la Santo Tomás, que tenía una red de universidades, alrededor del mundo, incluyendo África. Si bien Rocha murió por causas “desastrosas”, era reconocido por su lado filántropo.
¿Y Rocha viajó a Etiopía?
No, en ese momento no pudo, pero invitó a dos misioneras para hacer charlas en Chile: Lourdes Larruy y Luz María Mejía, para una primera visita y la segunda vez que vinieron yo las conocí. Cuando hablamos enganchamos de inmediato y surgió mi interés para irme como voluntaria.
¿Cómo se inicia la fundación?
Luego de dos años ayudando nos organizamos informalmente. Lourdes me encargaba que entrevistara a los voluntarios, algunos viajaban y al volver hacíamos encuentros con sus familias para contar la experiencia. El grupo se fue ampliando hasta que se entusiasmó un matrimonio jubilado que partió a Etiopía, donde Ignacio Ovalle, quien es hoy el presidente, fue quien nos ayudó a redactar los estatutos y todo lo que no teníamos tiempo de hacer por estudios o trabajo. Gracias a él pudimos ordenarnos y hoy nuestro principal objetivo es apoyar los proyectos de la comunidad misionera de Mukituri… aunque ya tenemos suficiente fuerza para mandar voluntarios a otras dos misiones.
EN COMUNIDAD
“Mi primera experiencia de voluntariado la defino como intensa. Tuve momentos muy buenos y otros muy amargos. Lloré varias veces y en un principio no me sentí parte de la comunidad misionera por el choque cultural. En la casa compartía con españolas, kenianas y mexicanas, muy frontales, que me costó mucho entender. Yo le mandaba a mi familia correos donde afirmaba que el trabajo era muy bonito, pero a la vez esta es una experiencia conmovedora por la pobreza y el hambre. Además, como es el único país no colonizado de África son muy nacionalistas y cuesta que te acepten, pero cuando te ven volver es increíble cómo se llena tu corazón. Ellos se dan cuenta de que son importantes para ti y te lo hacen sentir”.
¿Por qué regresas a Etiopía?
No quería dejar de ayudar porque la causa estaba muy bien hecha. Ahí comencé un proceso de maduración, de entender que en este tipo de proyectos sociales uno tiene que despersonalizar la experiencia. Darse cuenta de que el fin es ayudar y va mucho más allá de las relaciones con un equipo. Es bonito ver cómo mi trabajo, junto al de mis colegas, ha contagiado a otros para viajar y creo que fue la mejor decisión seguir en esto.
¿Qué experiencia te marcó?
El 2014 volví a viajar pero con mi mamá y fue clave, porque hasta ese entonces no había decidido irme a vivir allá. Ella conoció la realidad etíope, el lugar que sería mi hogar y se dedicó a su pasión que es pintar. Ahora están sus murales en los jardines, los baños, la casa y para mí es muy lindo, pues siempre he estado rodeada de sus trabajos. Es como si me hubiera preparado todo para llegar.
¿Y lo que más te impresionó?
El nivel de normalización de aquello que encontramos “anormal”. Allá están acostumbrados a ver morir a sus cercanos. No quiere decir que sufran menos, son más introspectivos. Pero ver morir a un hijo es muy común. También me impactó cómo la religión los va limitando, es el destino de Dios y si alguien dice que estás enfermo debes acatar. Cuando un niño tiene neumonía la madre no lo llevará a atenderse hasta que esté muy grave.
¿Cuándo decides irte a vivir a Etiopía?
Al regresar a Chile terminé un pololeo de tres años. Al poco tiempo las misioneras me invitaron y realmente no tenía nada que perder. Había estado trabajando en mi consulta, donde me especialicé en acupuntura, desde agosto del 2013. Si bien me fue muy bien, y necesitaba probarme profesionalmente, me di cuenta de que lo convencional no me llenaba. Incluso hice un magíster en intervención social porque quería tener más herramientas para la fundación. Fue así que me cuestioné: ¿será mi vida el casarme y tener hijos?, quizás no…
¿Y no piensas en ser mamá?
Aún me quedan hartos años para pensar en ello. Si tengo hijos allá, sería súper egoísta porque vengo de un mundo en el que podría darle mejores oportunidades. Me voy a una zona en la que el riesgo de polio y tuberculosis es muy alto, por eso digo que me enamoré de un proyecto al cual hay que dedicarle, por qué no, toda la vida.
¿Cómo lo tomó tu círculo cercano?
Mis papás lo veían venir, porque no lo decidí por rebeldía, sino por vocación. Además mi hermana mayor vive hace dos años en Bali. Mis amigos también me apoyaron. La vida me puso una oportunidad y yo decidí tomarla.
¿Tienes fecha de regreso?
No, la verdad es que me voy a vivir indefinidamente y a probar si esto, realmente, es para mí.
MUKITURI
“Voy a vivir en comunidad y no en una ONG internacional en la que trabaje con horario. Aquí se mezcla mi vida personal y profesional, pero sin desconocer mi origen occidental. No es jugar a “ser pobre”, a dormir en las piedras, porque hay que entender que el sacrificio de uno no le sirve de nada al que siempre ha sido pobre. Ellos necesitan que estemos con energía y disponibilidad.
Apoyamos a trescientos cincuenta niños y sus familias y no podemos dejarlos de lado”.
¿Cómo se diferencian de otro tipo de intervenciones?
África está lleno de intervenciones de corto plazo. No es correcto hacer un centro nutricional que va a durar solo quince años. Nosotros estamos cambiando hábitos centenarios, apostamos por una nutrición lo más sostenible posible. En Etiopía hay niños que en el jardín infantil están durmiendo, porque no tienen suficiente energía para estar despiertos. Por eso los padres que matriculan a sus hijos se deben comprometer a tomar un curso de agricultura para producir hortalizas y granos.
¿Cómo es la dieta etíope?
Tienen una tradición muy rígida en la comida y consumen la injera, un grano como el sésamo que muelen, lo dejan fermentar y hacen unas tortillas; y sobre esas colocan algún tipo de leguminosas, lentejas, papas; y una o dos veces al año carne. Nosotros debemos tener cuidado de no ser un “aplanador cultural” e imponer alimentos. Nos pasó con la alcachofa que no hubo caso de incorporarla… nunca entendieron por qué comíamos una flor (ríe).
¿Y te gusta la injera?
¡Me encanta! y cuando la veo se me hace agua la boca… esa fue otra señal. La odias o la amas porque tiene un sabor fuertísimo.
¿En qué otra área trabajan?
Paralelo a la agricultura les damos herramientas de acceso al agua, porque aunque tengas cultivos si debes ir a buscarla a tres kilómetros no sirve de nada. Les construimos pozos para que beban, cocinen y se aseen. Pero si no cumplen se los quitamos. Queremos que aprendan que la educación va de la mano de la alimentación. El plan termina con un taller de cocina y capacitación… porque hasta que la orina salga morada por culpa de la betarraga es un tema para ellos.
¿Cómo ven a los extranjeros?
Nos respetan mucho y es un país muy seguro gracias a su religión. Son mitad musulmanes-ortodoxos y un porcentaje pequeño es tribalista o animista, por lo tanto no roban porque tienen un dios castigador. Para ellos el blanco no es la salvación, saben que muchos van de paso. Además yo, como mujer, no le provoco ningún atractivo, porque estar pálidos en su cultura significa enfermedad… practicante estoy en la UCI permanente (ríe). Pero sí a varios les encanta saber de dónde somos y los pocos que entienden inglés pueden interactuar más.
¿Aprendiste su idioma?
Un poco, porque el amárico es muy complejo y se parece al hebreo. Por ejemplo decir gracias es “amesegënallô”. Por eso en dos o cuatro años, mi idea es poder hacer un curso en la capital.
¿Cómo se puede colaborar?
Nos abastecemos fundamentalmente por la red de voluntarios. Quienes puedan viajar o hacer su aporte, por pequeño que sea, sirve de mucho. Pueden hacer su donación a Fundación Amigos de Etiopía. Cuenta corriente BCI, N° 76786455. Rut 65.068.216-5, tesoreria@amigosdeetiopia.cl.
“Este es como un apostolado, pero no evangeliza a los niños, sino que los ayuda en sus necesidades básicas partiendo por el agua, para que puedan cultivar y tener mejores alimentos, y con esos alimentos desarrollar mejor su cerebro”.