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Columnas » Pilar Sordo

EDICIÓN | Mayo 2015

Acompañada pero sola

Psicóloga
Acompañada pero sola

Es bien sabido que las mujeres estamos más preparadas que los hombres para estar solas. Toda la vida hemos retenido afectos, y nuestras redes y el amor por los detalles permiten que nuestro paso por la soledad no sea tan difícil como lo es para los hombres. Es por esto que cuesta encontrar hombres realmente solos que no tengan por ahí alguna compañía, aunque sea esporádica.

Sin embargo, hay una soledad que es muy difícil de procesar y que tiene que ver con la soledad de estar acompañada o acompañado. Esa soledad que se siente cuando se tiene al otro al lado sin tema ni miradas en común y donde la comunicación y los proyectos funcionan como en paralelo y no en conjunto.

En la calle, el otro día, me paró una señora para preguntarme por qué, aunque tenía pareja, ella se sentía tan sola. Esto me hizo pensar en que muchas veces me he sentido así, una sensación muy desagradable y hasta cierto punto difícil de codificar.

Al respecto, creo —y ese ha sido por lo menos mi trabajo con el tema—, que nos cuesta mucho asumir que somos seres solos y que los otros no tienen la responsabilidad de hacernos felices y de completar lo que nosotros no hemos logrado por nosotros mismos. El apego tan característico del occidente nos genera más sufrimiento del necesario.

Por otro lado, parece que con más frecuencia que los hombres, las mujeres necesitamos estar “conectadas” emocionalmente con el otro, para no sentir esa dolorosa sensación de estar con otro y ser transparente.

Creo que esta sensación hay que revisarla dentro de nosotros mismos, pues es un tema de expectativas, de cómo yo, dentro de mí, me invento la sensación de cómo debiera ser mi pareja. La otra pregunta es si tengo asumido que la responsabilidad y la decisión de ser feliz es mía; el otro viene a compartirla, pero yo tampoco me puedo hacer responsable de la de él.

Si ambas respuestas son afirmativas, entonces lo que queda es una conversación con el otro o con la otra —ojalá fuera de la casa— para manifestar esa sensación desde mí y no criticando al otro y responsabilizándolo de mi conflicto. Es más como invitar a la reflexión sobre un tema naturalmente humano y no asumirlo como una discusión de pareja.

La señora que me lo preguntó, lo hizo y le resultó. Yo a veces no he tenido el mismo resultado, pero creo que asertivamente es la forma más honesta de resolverlo. En todo caso, esto es un camino de vida y no algo que se cierra en algún minuto. Dependiendo de la etapa de vida se vuelve a presentar porque las necesidades cambian con los años.

Es muy importante que aprendamos a pedir lo que necesitamos y, sobre todo, que aprendamos a escucharnos, para detectar aquellas necesidades que, por la rapidez de la vida, a veces no somos capaces de ver.

Estar solos o solas estando acompañados nos puede llevar a rupturas y a desencantos que se evitarían si habláramos cuando fuese necesario. Ese un factor que debemos considerar.

Tenemos la obligación de hacernos amigos de la soledad y de compartirla con los demás; si lo logramos, estaremos ganando una batalla de la vida, de esas que tienen que ver con nosotros mismos.

 

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