Hay bandas capaces de reemplazar al cantante con éxito. Genesis lo hizo con el cambio de Peter Gabriel por Phil Collins. Pero si el grupo se llama Queen corre la excepción. Los ingleses, gestores de un rock operático y grandilocuente, a la vez de gran sensibilidad pop, tenían en Freddy Mercury una voz única y las maneras de un encantador de multitudes sin paralelo. Desde su muerte han intentado mantener la institución sin mucha fortuna, más bien por la inercia de una discografía gloriosa plagada de éxitos mundiales. Por largo tiempo se especulaba con George Michael, dada la fenomenal versión que hicieron juntos de Somebody to love en el homenaje al fallecido vocalista, en el estadio Wembley en 1992. Más tarde se rearmaron con Paul Rodgers, el ex cantante de Bad company, un intérprete con oficio más que singularidades, a distancia kilométrica del talento de Mercury.
Con el estadounidense Adam Lambert (33), Brian May y Roger Taylor encontraron al fin al tipo necesario, y con él se presentarán el próximo 30 de septiembre en la pista atlética del Estadio Nacional. Lambert es un genuino artista de estos tiempos. Aunque no ganó American Idol, ha sido una de sus figuras más notorias, y fue en ese espacio donde conoció e impresionó a May y Taylor, invitados como jueces. Desde entonces se ha convertido en estrella por derecho propio con apenas un par de álbumes, una aparición en la serie Glee, y un histriónico estilo escénico, cercano al musical de Broadway. En las notas biográficas se suele destacar su condición gay, y una extraordinaria capacidad vocal de varias octavas. Los sobrevivientes de Queen no niegan ni confirman la posibilidad de pensar en un álbum en conjunto. Por mientras, disfrutan de un tour mundial de dos años, como en los viejos tiempos.